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lunes, 10 de marzo de 2014

Reencuentro

Fuente: chuecashore

¿Quién dijo que el tiempo corre,
y nos quita la nostalgia,
y nos quita lo vivido
y nos borra la esperanza?

Después de seis meses compartiendo momentazos y depresiones de caballo veinticuatro horas al día y siete días a la semana, se hace verdaderamente difícil volver a acostumbrarse a la rutina de la vida real, pero una vez que aterrizas para no volver te das cuenta de que ese paréntesis que ha sido el Erasmus se ha acabado. Y comienzan los lloros, las pataletas y la ira contra el mundo cruel que te ha arrebatado los mejores meses de tu juventud. Aunque el Erasmus también quita cosas, años de vida concretamente, aporta muchas otras que no tienen precio. Las amistades son, sin duda, una de las más preciadas, pero a mi especialmente me gusta esa nueva visión del mundo, esa compuerta recién abierta que llena de luz mi cabeza. Esas ganas de conocer gente, de salir, de entrar, de viajar, de ver, escuchar y vivir, pero sobre todo, de reencontrar.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Domingos con vino

A todos se nos salta la lagrimilla floja cuando tachamos el viernes en el calendario, con grandes trazos, que se vean bien, sin escatimar tinta del edding. El fin de semana puede llegar a ser el momento más placentero de la vida del trabajador, casi tanto como la hora de meter los pies helados bajo las sábanas. 

No obstante, cuando nos despedimos del viernes y avanza el sábado, el cuerpo empieza a perder energía, más incluso que durante la semana. Adquiere un color cetrino, como si nos hubiesen succionado con jeringuilla hasta la última proteína del ADN, preparándose así para el infinito letargo del domingo. 

Los domingos son días fabricados para romper espejos, para enseñar el más deplorable aspecto de la raza humana. Desempolvamos el chándal incluso antes de lavarnos la cara y con desgana arrastramos nuestros lánguidos pies cruzando el dedo gordo con el meñique, deseando que las cuatro paredes grises que se ciernen sobre nuestras cabezas se derrumben como por arte de magia. 

Ante tal panorama, algunos individuos deprimidos disfrutamos de uno de los pocos placeres que nos permite la vida, esto es, la comida, acompañándola de una copita de vino. Y si la dicha no acompaña, quizá caigan dos o tres, o la media botella vacía que nuestros deprimidos cerebros quieren ver. Así pues, un chorrito de uva dulce aplastada se convierte en el mejor remedio casero para los jodidos domingos. 

lunes, 14 de octubre de 2013

F*cking Antwerpen

8:30 Suena la alarma y se esfuman mis sueños perezosamente por debajo de las sábanas. Me acuesto de noche y el Sol se levanta algo más tarde que yo. 

9:00 Desayuno pasado por leche, tras una rápida ducha de agua ardiente y un par de minutos ojeando Europa Press mientras re-sintonizo RNE.

10:00 Primera toma de contacto con el centenar de árboles amazónicos que mis nuevos profesores me obligan a aniquilar semana tras semana. Folios y folios a medio subrayar mientras el Sol va danzando entre nubes y cristalinas gotas de agua que ensucian el paisaje y, de paso, mis cristales. 

12:30 El rugido de mis tripas me impide concentrarme en la obligada lecura del día. Mendigo por los pasillos algo de compañía en la transitada cocina de la planta baja. Un tupper al micro y en dos minutos en la boca. Entre bocado y bocado, dejo caer algún pensamiento para que lo recojan mis vecinos.

14:00 De vuelta al trabajo, tal vez en casa, tal vez en clase. Depende de si es o no mi día de suerte. 

16:00 Tres largas horas de triste lavandería, mientras la colada se marea en el tambor de la lavadora, aprovecho para rellenar los estantes de la nevera con las provisiones del supermercado más cercano. 

20:00 Corriendo a cenar para tranquilizar a mi pobre estómago, que ruge insaciable la mayor parte del día. 

21:00 Sentada en la silla de la tortura, despliego una nueva ventana, inicio sesión en Spotify y dejo que la música guíe mis dedos por el teclado como si martilleasen un piano nuevo cada día. Publico, comparto y me olvido del blog hasta el día siguiente, cuando la alarma del móvil me recuerda que tengo un pequeño proyecto que atender. 

22:30 Skype echa humo. Las interferencias del micrófono me acompañan hasta que me desmayo envuelta en el edredón. Me acuesto de noche, me levanto de noche.

Silvius Brabo




domingo, 13 de octubre de 2013

Reencuentro

Apoyada en la barandilla, interrogaba con los ojos entrecerrados los orígenes y los destinos de los viajeros que desfilaban airosamente sus maletas por la única terminal de aquél reputado aeropuerto. De cuando en cuando, ella se alejaba de la multitud de carteles y rostros expectantes para comprobar, por enésima vez, los horarios previstos de llegada de cada vuelo parpadeante en las pantallas planas. 

Veinte minutos más de insoportable espera, mientras se entretenía con las historias de un grupo de jóvenes próximos a ella, se encontró de pronto con su sonriente rostro. Totalmente desprevenida y aburrida por la tardanza, no fue capaz de articular palabra ni de torcer la fina línea de sus labios hacia arriba. Una simple mueca de sorpresa precedió a un abrazo interminable, lleno de todos los besos y caricias que no cabían en un sobre. 

Dos días más tarde, ninguno de los dos podía creer la prisa que se había dado el tiempo por desaparecer. Ambos, unidos en el mismo cálido abrazo que se habían dado nada más verse, contemplaban apenados las horas de vuelta del vuelo en las pantallas planas. Sus recuerdos saboreaban todos los momentos que en tan sólo dos días habían vivido, con un suave regusto a cariño y una pizca de melancolía. 

Apoyado en la barandilla de las escaleras mecánicas, guardaba en su retina su pequeña silueta junto al andén helado y desierto. Ella le despedía dulcemente con la mano, con ojos vidriosos llenos de promesas que habría de cumplir a la vuelta, cuando le devolvería todos los besos y caricias que no le habrían entrado en la maleta.