Cuando se sentía intranquila, angustiada por un temor indefinible
y desconocido para la gran mayoría, pero latente bajo los poros de su piel, se
agarraba a la soledad de su casa con tanta fuerza que al final caía rendida por
la tensión. Al abrigo del sueño y del frío, a veces se zambullía en eternas
pesadillas de las que nada recordaba, salvo la horrible sensación de seguir
haciendo algo mal día tras día. El sudor frío calaba sus frágiles huesos cada
vez que salía a la calle a deambular por la ciudad desierta. De vez en cuando
cruzaba dos o tres palabras con algún conocido que se detenía frente a sus
diminutos pies, pero ninguna conversación tenía la fuerza suficiente para
evadir su mente de aquél efímero y pasajero mundo que ella creía haberse
inventado. Inventado no sólo por el surrealismo de sus recuerdos, sino también
por los constantes déjà vu que le atropellaban al cruzar la acera. Así pasaban
sus noches acabadas en un sol radiante que no la dejaba ver ni dónde se
estaba metiendo.
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martes, 3 de diciembre de 2013
jueves, 24 de octubre de 2013
Good night, and good luck
Las palabras del periodista Edward R. Murrow lanzaron sus críticas contra el sistema mediático que se cernía sobre la sociedad americana, indefensa frente a los dardos televisivos lanzados al centro de la diana. El discurso de Murrow censuró el tejido industrial de los mass media, en especial de la caja ante la que cada día los consumidores, que no ciudadanos, se postraban para rezar sus discursos ideológicos. La televisión consiguió más que ningún otro medio el embebecimiento de los espectadores. Poseía una habilidad hipnotizadora, que sumía a los consumidores mediáticos en un balanceo de distracción, diversión, engaño –en palabras de Murrow- y así sucesivamente, siguiendo un ritmo melódico y armonioso regulado por las sintonías de cada programa televisivo. Aún hoy, la televisión ejerce ese mágico poder sobre la masa de consumidores, incluso lo ha desarrollado estrechando sus alianzas con medios como la publicidad, cuyo lenguaje viperino encauza los deseos de los consumidores hasta convertirlos en necesidades. Puede que más allá de los esfuerzos de la televisión por controlar su dominio sobre los espectadores, sean éstos quienes no habrían sofocado las preocupaciones de Murrow por transformar los consumidores objeto en ciudadanos sujeto. Por ende, el imperialismo televisivo continúa expandiendo los territorios que comenzó a conquistar en la industria cultural.
La televisión se ha consolidado frente a otros medios estancados o en decadencia, como la prensa o la radio. Se ayuda de nuevas herramientas que adornan su fachada desgastada por el paso del tiempo –y del buen periodismo, que se ha ido alejando para dejar paso al amarillismo y al show informativo del prime time- como Internet, en donde amplían sus fronteras coronándolas con las etiquetas de interactividad, hipertextualidad y multimedialidad. Simples florituras que tratan de suplir las cadencias de su rigor informativo. La excepción de la regla se confirma en las televisiones públicas, que cuentan con un mayor grado de independencia frente a las privadas, sometidas a las exigencias publicitarias y a corrientes ideológicas que marcan las decisiones editoriales. En cualquier caso, la “independencia” de un medio de comunicación es un término sustentado por alfileres cuyos límites están delimitados por una línea de puntos.
Por otro lado, existen alternativas a la televisión cuyos adeptos deberían probar al menos una vez en la vida. La peregrinación hacia estos medios es un camino tortuoso hacia una meta indeterminada, pues en la actualidad es una ardua tarea escoger un medio cuyo rigor informativo esté a la altura; la crisis no se remite únicamente a los aspectos económicos, sino que también está muy extendida en los mass media. Las últimas alternativas han venido de la mano de las redes sociales, suspendidas virtualmente en ese abrumador espacio que es Internet. Su proliferación ha contribuido al desarrollo de fenómenos como el periodismo ciudadano, que, hoy por hoy, no es sino otra forma de intrusión en el mundo del periodismo al alcance de cualquiera. La cantidad es mayor, pero la calidad es peor. La interactividad es casi una exigencia a los medios tradicionales, que deben adaptar sus estrategias informativas para captar nuevos followers. Sin embargo, este número de participación periodística aún es reducido, ya que el modelo del consumidor objeto sigue siendo el ideal para el periodismo, especialmente para el televisivo.
A pesar de la tormenta, la reputación de algunos medios sigue cantando bajo la lluvia. Algunos medios impresos, pese a encontrarse en números rojos, poseen aún la vara mágica de la credibilidad, obviando los tintes ideológicos que cubren cada periódico. Las publicaciones online son una de mis herramientas predilectas, tanto por razones económicas como de tiempo y comodidad. ¡Benditos sean los smartphones! El premio de consolación, a pesar del disgusto que le supondría a Edward R. Murrow, es para las televisiones. Su decadencia no ha hecho sino ir en aumento, apoyándose en el sincretismo para aumentar audiencia, recurriendo al fenómeno de la suplantación para darle a los espectadores los finales felices que no pueden protagonizar, tiñéndose con el amarillismo y combinando realidad-ficción en un cóctel difícil de digerir en la noche. El show informativo y la ciencia ficción hiperrealista son dos sucesos que se alejan mucho del ideal que denunciaba el periodista. En efecto, nos hemos percatado del error demasiado tarde.
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domingo, 13 de octubre de 2013
Reencuentro
Apoyada en la barandilla, interrogaba con los ojos entrecerrados los orígenes y los destinos de los viajeros que desfilaban airosamente sus maletas por la única terminal de aquél reputado aeropuerto. De cuando en cuando, ella se alejaba de la multitud de carteles y rostros expectantes para comprobar, por enésima vez, los horarios previstos de llegada de cada vuelo parpadeante en las pantallas planas.
Veinte minutos más de insoportable espera, mientras se entretenía con las historias de un grupo de jóvenes próximos a ella, se encontró de pronto con su sonriente rostro. Totalmente desprevenida y aburrida por la tardanza, no fue capaz de articular palabra ni de torcer la fina línea de sus labios hacia arriba. Una simple mueca de sorpresa precedió a un abrazo interminable, lleno de todos los besos y caricias que no cabían en un sobre.
Dos días más tarde, ninguno de los dos podía creer la prisa que se había dado el tiempo por desaparecer. Ambos, unidos en el mismo cálido abrazo que se habían dado nada más verse, contemplaban apenados las horas de vuelta del vuelo en las pantallas planas. Sus recuerdos saboreaban todos los momentos que en tan sólo dos días habían vivido, con un suave regusto a cariño y una pizca de melancolía.
Apoyado en la barandilla de las escaleras mecánicas, guardaba en su retina su pequeña silueta junto al andén helado y desierto. Ella le despedía dulcemente con la mano, con ojos vidriosos llenos de promesas que habría de cumplir a la vuelta, cuando le devolvería todos los besos y caricias que no le habrían entrado en la maleta.
lunes, 7 de octubre de 2013
Con puño cerrado
No pasó
mucho tiempo desde que el dolor provocado por sus afiladas caricias atravesó mi
cuerpo, hasta que me arrancó el último suspiro que le regalaron mis labios. El
suelo se convirtió en un rojizo mar de sueños rotos. Mi pulso se paró para
dejar de contar los años que cada golpe me había robado y el miedo huyó para
llevarse mi vida con él. Mis recuerdos se rindieron ante su violencia, pero sus
ojos perdieron toda su fuerza al comprender que acababa de devolverme mi libertad
y que mi alma jamás le había pertenecido.
domingo, 6 de octubre de 2013
En el medio de ninguna parte
Las luces de la ciudad se alejaban de mí lo más rápido que podían, convirtiéndose en destellos intermitentes, cientos de estrellas fugaces lanzándose al vacío a medida que pisaba el acelerador. Ya no podía empujar más el pedal y yo quería correr más, más rápido que el sonido de sus palabras. Resonaban en mi cabeza sin cesar, atravesando mis tímpanos hasta lo más profundo de mi cerebro, que no podía parar de llorar. Las líneas de la carretera se iban difuminando lentamente, volviéndose cada vez más borrosas, más lejanas. El aire quería entrar por las ventanillas y llegar a mis pulmones para darme un respiro, pero sólo conseguía enredar mi cabello, mientras un zumbido constante bailaba en mis sienes para recordarme todo lo que había hecho mal. Dejaba atrás una casa tras otra y, con ellas, cientos de historias que jamás protagonizaría. Sin darme cuenta, el Jeep fue perdiendo velocidad poco a poco, como esa luz que se había apagado en mi interior. Me enjugué las lágrimas y le cedí un espacio al aire que se agolpaba dentro del coche, para que ocupara el hueco desamueblado en mi pecho. Inspira, espira, inspira, espira, me repetía mentalmente a mí misma, tratando de hablar más alto que él, pero su voz aterciopelada no se cansaba de repetirme que yo era una mujer maravillosa y que no le merecía. Mi corazón sólo gritaba disparates, palabras atropelladas, vomitadas, desesperadas, que ni él ni yo éramos capaces de digerir. Se fue, se esfumó de mi vida. Jugó como las olas del mar con la playa y me dejó la boca llena de arena, llorando sal y ahogando gritos bajo el agua.
Un destello de lucidez iluminó mis ojos vidriosos durante unos segundos, para darme cuenta de que me había parado por completo en el arcén. Me bajé del coche de un salto y me detuve en la oscuridad bañada por la tenue luz ocre de las farolas. El aire enfurecido que atravesaba el Jeep hacía escasos minutos se transformó en una suave brisa que acompañaba el vaivén del mar bajo mis pies. El puente se me antojó un lugar tranquilo, seguro. El vals de las olas tenía un efecto calmante sobre mí, como sus caricias por las mañanas; Sus recuerdos volvían paso a paso sobre mí, abrazándome en la oscuridad. Me quedé ahí parada, con los pies clavados en el asfalto, susurrando palabras que nunca más escucharía. Me había olvidado del dolor, pero a medida que la noche se cernía sobre mí, su ausencia escocía más. Las mariposas se habían largado, dejando a sus larvas arrastrándose por mi estómago. Los pinchazos se intensificaron, provocándome arcadas cada vez más profundas. Me sentía desgarrada, agotada, malherida. Sólo quería volver a recuperar esa paz que parecía reinar en la noche, protegida por la brisa y la espuma de las olas. Di un paso hacia la barandilla de hierro y me agarré a ella con todas mis fuerzas. Bajo mis pies, el agua parecía llamarme con suaves susurros llenos de sal que no lograba entender. Subí una pierna por encima de la fría barra y extendí las yemas de mis dedos hacia el abismo. Incliné mi cuerpo para acercarme un poco más hacia la oscuridad, para saciar mi sed y dejar que mis lágrimas murieran en el lugar donde habían nacido. Me sentía cada vez más cerca de mi destino, capaz de curarme si conseguía llegar hasta abajo. Mis dedos se estiraron todo lo que pudieron, mis piernas resbalaron furtivamente de la barandilla de hierro, pero cuando parecía a punto de conseguirlo, de separarme de mis magullados recuerdos, sentí una presión en el estómago mucho más fuerte que sus abrazos, y súbitamente me alejé de la oscuridad.
Caí al suelo, golpeándome fuertemente en el costado. Me sentí aturdida y confundida al no abrigar los fríos pellizcos que el lecho espumoso del mar reservaba para mis huesos. Yacía, por el contrario, sobre el asfalto gris que había recorrido kilómetro a kilómetro durante quien sabe cuánto tiempo. Un suave zarandeo espantó mis ensoñaciones, devolviéndome cruelmente a la realidad. Palabras suaves como el aliento del viento entraban y salían de mi mente, conviviendo escasos segundos con las de él, hasta que, finalmente, se apagaron.
Unas manos grandes y firmes me sujetaban por los hombros, mientras dos ojos negros se clavaban en los míos, en busca de alguna señal, de una respuesta que confirmase que había rescatado un cuerpo del abismo. Una sonrisa afable se dibujó en las comisuras de sus labios cuando me escuchó pronunciar mi nombre.
Horas, minutos o quizá segundos después, nos sentamos en un par de bancos de madera revestidos con una capa de cuero desgastada y roída. Una camarera bien entrada en años con escasos modales nos sirvió un par de tazas del café de mediodía. Jugueteando con la cucharita y el azucarero entre mis manos, me preguntaba qué hacía con un completo desconocido en un bar de carretera, en el medio de ninguna parte, riéndome por primera vez desde hacía meses. Aquél tipo había conseguido con dos cafés fríos y una canción de Boney M lo que ninguno de los psicólogos que me había pagado mi hermana: hacerme olvidar, aunque sólo fuese por un instante, por qué me dejó, y sin pedir nada a cambio, salvo un baile al lado de aquélla máquina de Juke Box, una auténtica joya de los años 50 que milagrosamente todavía funcionaba. Y si esa maraña de cables pelados aún era capaz de darle energía para cantar el estribillo de Daddy cool, ¿quién era yo para apagar el propio ritmo de mis pisadas?
Riendo de nada, hablando de nada, aquél tipo cuyo nombre ni me molesté en aprenderme me había hecho ver que las cosas más viejas, feas e inservibles aún son capaces de salir adelante y que las personas son como canciones; algunas nos hacen reír y otras llorar. Bailamos con ellas, cantamos con ellas, las repetimos una y otra vez hasta que nos aprendemos sus letras. Unas vienen a nosotros para acompañarnos siempre, otras simplemente se apagan y no vuelven a sonar. Pero siempre somos nosotros quienes pulsamos el botón del play o stop, rebobinamos o las obligamos a avanzar hasta el estribillo. Para mí, había llegado el momento de cambiar de disco.
domingo, 29 de septiembre de 2013
Nos esperan días de lluvia, lluvia y más lluvia
El cielo, teñido por un manto gris, anunció su veredicto, pero ni él ni ella le escucharon. Las gotas comenzaron a contarse por segundos y, después, por milésimas de segundos, hasta que el agua deshizo el tiempo y la tormenta se les echó encima. Todos huyeron del orgullo mojado, aunque para ellos nadie se movió, porque siempre estaban solos.
jueves, 15 de noviembre de 2012
Vida
La vida no está en los libros, ni en las paredes sangrantes de un sólo cuarto. No se esconde entre las páginas de un diario desgastado, ni huye por las aceras grises. Me empeño en creer lo contrario, pero la vida no se juega doble o nada. No son las cartas de una baraja, ni los versos de una poesía, por mucho que lo reclamen los románticos. No son, ni serán jamás, las hojas secas de tu jardín, ni el quejido de las olas. ¿Acaso está en la espuma del café de las mañanas? No, ni nunca lo estará. No debería buscarla en las líneas de las manos, ni en las arrugas de mis ojos. Tampoco a las uñas que arañan tu espalda puedo llamarlas vida, ni al alcohol que se resbala por la calle, siendo río de recuerdos olvidados.
Me olvidé de la tinta que empañaba el espejo, de las cálidas mañanas que carcomían las cortinas y de todos los cristales rotos que pisé. Me olvidé porque mis ojos dejaron de ver y mis oídos olvidaron escuchar. Se anularon mis sentidos cuando aprendí a respirar. Un golpe seco, como si acabase de nacer, astilló mi pecho y lanzó las motitas de polvo que flotan a tu alrededor. En ese momento entendí que la vida no es luz, ni risa. No es agua, silencio o verdad. Vida, eres tú.
A ti, que me has enseñado a vivir
domingo, 26 de agosto de 2012
A veces, ocurre
Segundo a segundo la vida se descuenta, se escapa. Huye rodando por la carretera, burlándose de sus dueños, efímera como el calor de una llama. En su carrera hacia el final nos exige recuerdos, hazañas, aventuras, pero también errores y equivocaciones. Así es como trazamos el mapa en el que debe buscar su tesoro; se aprende los caminos cortados, memoriza los atajos y, cuanto más avanza, más rápido se desvanece.
Durante muchos años camina sin detenerse ni un sólo segundo, y sólo echa la vista atrás para repasar las huellas que le han llevado hasta donde está. Esta rutina se entrelaza con la monotonía del tiempo, y los surcos en la arena se convierten en arrugas imborrables. Sin embargo, a veces ocurre un cruce de caminos: ése instante en el que dos vidas se chocan levantando una densa polvareda. Se desorientan, están confusas y alteradas. Dura sólo un instante, los segundos que se mantienen la mirada. Por primera vez, el tiempo se detiene. Las luces de la carretera iluminan la oscuridad de la noche, y dibujan un sendero que nunca antes habían visto. No se hacen preguntas de las que ya saben la respuesta. Entrelazan sus dedos y caminan juntas por ese sendero hasta el fin de sus días.
miércoles, 18 de julio de 2012
Reflejos
Los recuerdos son reflejos de la memoria, que se proyectan a gran velocidad sobre un escaparate adornado por los ojos. Son percepciones efímeras de un pasado más o menos reciente, pero latente. Tal es su presencia, que en más de una ocasión nos aferramos a ellos, revolviendo en el cajón desordenado e inexplorado que mantenemos con polvo, para después seleccionar uno a dedo y contemplarlo por unos instantes antes de que vuelva a su escondrijo. Sin embargo, no siempre los rescatamos de forma consciente, sino que la mayor parte de esos reflejos proviene de un olor, un objeto especial, una persona, e incluso, un sueño, pero como dijo Calderón, los sueños, sueños son.
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