La noche anterior, tras un soporífero día encerrado en la oficina, me las arreglé para liar a Díaz y llevarle a tomar un par de vinitos. A la segunda botella llamé a Sara, la vecinita de mi suegra, pero no contestó. Ocho intentos fallidos más tarde, se me ocurrió la brillante idea de dejarle un detallito en la puerta, así que cogí una de las botellas recién descorchadas y escribí en una servilleta la declaración de intenciones más romántica e indecente que se me pudo ocurrir, con tal mala suerte de que al llegar al descansillo de su puerta, entre el traspiés del último escalón, la bombilla fundida y las copitas de más que llevaba, confundí A con B y dejé la botella en el felpudo de mi suegra.
Este es un microrrelato para el concurso que organiza www.turismodevino.com