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domingo, 9 de marzo de 2014

Mensaje en una botella para mi suegra

Una horrible jaqueca se había instalado en lo más profundo de mi olvidadizo cerebro, desde las seis y media de la mañana, tras el ensordecedor alarido del despertador. Con una fuerza sobrehumana arrastré mi cadáver hasta la ducha y lo empapé con agua gélida para borrar todo rastro de resaca ante el impertinente de mi jefe. Con la ayuda de un par de analgésicos las ocho horas de penitencia en mi minúsculo cubículo gris se pasaron más rápido de lo que  me esperaba, por lo que llegué a casa con la mayor de mis sonrisas improvisadas. Atravesé el porche con tres zancadas y me abandoné en los cojines del sofá, tras besar a María en la frente. “Estaba deleitándome con un vino de Navarra cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo: es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo”. Antes de que pudiera articular palabra, me encontré sujetando con pulso tembloroso el inalámbrico.

La noche anterior, tras un soporífero día encerrado en la oficina, me las arreglé para liar a Díaz y llevarle a tomar un par de vinitos. A la segunda botella llamé a Sara, la vecinita de mi suegra, pero no contestó. Ocho intentos fallidos más tarde, se me ocurrió la brillante idea de dejarle un detallito en la puerta, así que cogí una de las botellas recién descorchadas y escribí en una servilleta la declaración de intenciones más romántica e indecente que se me pudo ocurrir, con tal mala suerte de que al llegar al descansillo de su puerta, entre el traspiés del último escalón, la bombilla fundida y las copitas de más que llevaba, confundí A con B y dejé la botella en el felpudo de mi suegra.

Este es un microrrelato para el concurso que organiza www.turismodevino.com

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Gatitos pardos

Cuando las miradas curiosas se atraviesan al cruzar la calle, los gatos pardos de los tejados bajan a dar un rodeo, sólo por curiosidad, para entretener sus pequeños cerebros en las noches más frías de la ciudad. Pero han de tener sumo cuidado, no vaya a ser que alguno se mate en el intento y, para colmo, espanten a los ojitos brillantes que van al encuentro en la oscuridad de la noche.