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martes, 18 de marzo de 2014

Más vale amigo en mano que ciento volando

A la familia no tenemos la suerte de elegirla, pero a los amigos sí, gracias a Dios, y eso que soy atea (o indecisa, según como se mire), así que si tienes un amigo que valga la pena, consérvalo, y no es un mensaje de la Dirección General de Tráfico, pero debería. 

Desconozco al listo que triunfó con lo de que "el perro es el mejor amigo del hombre" -y que conste que soy muy animal lover, sobre todo de los gatos- pero a mí los únicos que me escuchan cuando he tenido un día de perros, de esos en los que me pasearía por mi barrio con cuchillo jamonero en mano, o quienes me consuelan cuando lo veo todo negro, tienen pelo, pero no tanto. 

Y sí, los cuento con los dedos de una mano, cosa que, por otro lado, a mi coche y a mí nos viene de perlas cuando tenemos que llevarles a algún lado, pero más vale la calidad que la cantidad (sin malpensar, guarrillos). No obstante, cierto es que hay que tener amigos hasta en el infierno, pues multiplicar los contactos de Facebook puede sacarnos de algún que otro apuro en más de una ocasión. Supongo que de ahí viene mi renovado interés por conocer gente nueva, especialmente si son guiris, que tengo que mejorar mi spanglish. 

En cualquier caso, orgullosa y satisfecha me siento con los que tengo, que me valen tanto para hablar inglés como para pedir otra ronda de chupitos. A todos ellos les digo que hay un amigo en mí.



domingo, 16 de marzo de 2014

Qué malo es hacerse mayor

Y qué de gente quiere pegarme por quejarme del paso del tiempo con veinte primaveras a mis espaldas, pero es indiscutible el irrefrenable proceso de cambios que han estado redecorando mi cerebro con el paso de los años. Como todo cambio, no es algo que se note día tras día, ni mucho menos, sino que te despiertas una mañana con más ojeras, más pelo y menos espinillas y con un recién adquirido gusto por todos esos sabores que siempre aborreciste. Ahora, que no falte un vinito por la noche, el cafetito después de comer, ni un par de cervecitas con el aperitivo. 

Te cambia la forma de vestir, de peinarte, incluso de caminar. Desfilas con más gracia y confianza por las pasarelas de Fuencarral y Malasaña. Dejas un poco más de lado esos garitos llenos hasta los topes en busca de cafés alternativos con gafapastas interesantes y libros de autor. Pero al final, mucho indie y pocas nueces. 

La gotita que colma el vaso llega cuando, de paseíto por el retiro, te dedicas a criticar a todo grupo de adolescentes (osea sé, todos los que tienen menos de veinte años, porque tú, con 20 o 21, ya no eres ni adulto ni adolescente, sino un ser incomprendido castigado por los roles arbitrariamente repartidos por la sociedad). Ahí si que te sientes viejo, que no mayor, y tu único consuelo es mezclarte entre los gafapastas de Malasaña pensando que aún te quedan 9 o 10 añitos para pedirte un orujo de hierbas después de comer.

Si te ha gustado, también te gustará La crisis de los 20

jueves, 6 de febrero de 2014

La crisis de los 20

Cuando soplas veinte diminutas velas que se consumen rápidamente y pringan entera tu tarta de cuatro capas de chocolate no te das cuenta de que acabas de abandonar para siempre los diecitantos. Tienen que pasar unos meses y algún que otro altibajo para que seas consciente de que acabas de par un paso de gigante hacia el principio del fin, hacia un adiós progresivo a tu juventud. Te miras al espejo, sonríes, te pones de perfil, haces muecas y comparas con gusto esa cara que parece nueva con las fotografías de hace algunos años. Que has cambiado es un hecho, pero ¿cuánto? No te sientes tan niño como para que te digan que ordenes tu maldito cuarto, pero tampoco quieres ser lo bastante adulto como para acarrear con todas esas aburridas responsabilidades, problemas y papeleos de la vida senior. 

Eres un objeto no volante y no identificado que busca su camino en el mundo. Tienes pelos hasta en el carnet de identidad y alguna que otra arrugita asoma por la cara, pero no es nada de lo que preocuparse por ahora. Te sientes lleno de energía y con ganas de comerte el mundo, hasta que sales de fiesta, te pillas el pedo de tu vida y la resaca, en lugar de media mañana, te dura tres días. Alerta de tu hígado y de tus pies que ya no soportan más de dos horas seguidas unos tacones en condiciones, y el cansancio te vuelve irremediablemente más casero. 

En los estudios no mejora la cosa. Menos concentración y menos motivación, con unas crisis existenciales que te hacen replantearte tu vida entera. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Y sobre todo, ¿para qué coño estudiamos? Para aprobar, matar medio millón de neuronas en el verano y recibir una palmadita en la espalda. 

Y para colmo, nos llaman la generación perdida. No niego que lo estemos, pero al menos somos la última esperanza que les queda. Nosotros levantaremos el país o huiremos de él...

lunes, 16 de diciembre de 2013

Virginia

Cuando se levanta la infinita melena rubia con las yemas de sus efímeros dedos para apartar los molestos hilillos que vuelan con el sonido del viento alrededor de su rostro cansado, todo el mundo se detiene a observar el tedio y delicadeza que le dedica a ese ritual matutino. Con la más absoluta y preciada calma, recoloca uno a uno los mechones rebeldes que sobresalen de la cascada lacia que muere más allá de sus hombros. Una vez que están en su sitio, juguetea con los dedos de la mano derecha, como toqueteando una melodía infantil sobre su brillante pelo, repasando una y otra vez los dibujos que el Sol proyecta sobre su pelo bien estirado. Se olvida a menudo del peine y el cepillo, como de tantos otros rostros, pero repite mecánicamente siempre los mismos pasos hasta llegar a la goma de la muñeca izquierda. Negra y firme, pero elástica como su temperamento, le da vueltas hasta perder la noción del tiempo. Alguna que otra mañana se atreve a dejar las puntas dentro de la gomita, dejando caer un gran cascabel sobre la parte baja de su cabeza, pero normalmente prefiere que la brisa juegue con su gran pincel rubio. 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Víctor

Se cree que es el amo del mundo, salvo cuando eleva sus ojos negros al cielo y se siente infinitamente pequeño, acosado por las estrellas que le señalan con el dedo en los días de frío. Camina con paso firme, clavando los talones con soltura entre baldosa y baldosa, con la esperanza de que el sonido de sus pisadas sea más fuerte que el murmullo  de los que le espían desde la ventana. Con el paso del tiempo, se ha construido una envidiable coraza de escamas que le separa un par de centímetros de la realidad. Es, hasta ahora, su mayor obra, y ha sido fruto de años y años de desengaños. Se siente seguro al desfilar por los castillos que sus ex le colorean en el aire, pero le sigue aterrando la oscuridad de la noche. 

No es atractivo, no tiene ojos de escándalo ni sonrisa perfecta, pero tiene ese "algo" que desconcierta a quiénes le conocen y despierta deseos de conocerle en aquellos que se le cruzan por casualidad en la acera de enfrente. Más que un dios, es un mito viviente, latente en las paredes de su habitación, donde recrea con soltura mundos a los que le gustaría pertenecer. 

Se considera una mala persona al verse reflejado en el lago de su narcisismo, pero en realidad sólo es un inconformista al que le ha tocado vivir una mala época, en la que puede tenerlo todo sin necesidad siquiera de chasquear los dedos. Es el recuerdo de la miel en los labios y la persona que algunos insensatos aspiran a ser. 

martes, 3 de diciembre de 2013

Ese sitio del bosque

Cuando se sentía intranquila, angustiada por un temor indefinible y desconocido para la gran mayoría, pero latente bajo los poros de su piel, se agarraba a la soledad de su casa con tanta fuerza que al final caía rendida por la tensión. Al abrigo del sueño y del frío, a veces se zambullía en eternas pesadillas de las que nada recordaba, salvo la horrible sensación de seguir haciendo algo mal día tras día. El sudor frío calaba sus frágiles huesos cada vez que salía a la calle a deambular por la ciudad desierta. De vez en cuando cruzaba dos o tres palabras con algún conocido que se detenía frente a sus diminutos pies, pero ninguna conversación tenía la fuerza suficiente para evadir su mente de aquél efímero y pasajero mundo que ella creía haberse inventado. Inventado no sólo por el surrealismo de sus recuerdos, sino también por los constantes déjà vu que le atropellaban al cruzar la acera. Así pasaban sus noches acabadas en un sol radiante que no la dejaba ver ni dónde se estaba metiendo. 

martes, 26 de noviembre de 2013

Film maker

Desde hace unos años he cogido la costumbre de imaginarme la vida de cada transeúnte que se cruza en mi camino, más aún después de haber empezado a estudiar comunicación audiovisual. Si ya antes de decidir mi futura carrera sabía más o menos que tiraría por periodismo, debido a mi gran pasión por la escritura, ahora, al saber un poco más de cine, me monto unas películas de impresión con la gente que pasa por delante de fría nariz. 

Os recomiendo que, de cuando en cuando, le deis alas a la imaginación con un redbull, un café o una cerveza en la silla del bar o el banco del parque de la esquina, analizando a los personajes principales, seleccionando extras y gritando acción con cada nuevo desconocido. Es un entretenimiento divertido, barato y saludable para nuestros cerebros adormilados por la rutina diaria del invierno. 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Qué más quisiera yo

Cuando mi jefe me llamó a primera hora de la mañana pensé que lo hizo para reclamar su café y su bollo de arándanos. Esa era la tarea más apasionante de mi trabajo de 8 horas diarias y un salario que mantenía la intriga de si me permitiría llegar a fin de mes o de si tendría que volver a pedir prestado dinero a mis padres. Sin embargo, esa mañana de un frío invierno en el que las calles estaban desiertas, mi jefe no mencionó una sola palabra a cerca de su desayuno. Pocas fueron las palabras que me dedicó, no más que de costumbre, pues para despedirme no quería malgastar saliva, que ya tenía él otras cosas más importantes a las que dedicarla. Su simple explicación “tu periodo de prueba ha terminado, no hay hueco en la plantilla para renovarte” fue lo último que recuerdo antes de abandonar aquél despacho que pisaba por última vez.

Así fue como de la noche a la mañana me convertí en un número más de las listas del INEM. Tras varios meses de una espera que cada vez se iba haciendo más insoportable, decidí buscar con mis propios medios una alternativa, así que después de algunos trabajos cuidando de los niños de las vecinas  y repartiendo propaganda en el las salidas del metro, reuní el dinero suficiente para comprar el billete de avión más barato que encontré. Con un  buen currículo (doble graduado en periodismo y comunicación audiovisual, inglés, francés y portugués) en la maleta y el poco dinero que había ahorrado, me despedí de mis familiares y abandoné España. 

Tras muchas horas de vuelo aterricé en Brasil. Allí vivía mi tío desde hacía más de 20 años, y, sin previo aviso, me presenté en su casa en busca de una cama y algo de ayuda hasta que pudiese mantenerme por mi misma. Empecé mi búsqueda desesperada hasta que por fin encontré trabajo en una pequeña empresa de emprendedores que habían creado un periódico local. 

Han pasado cinco años desde que aterricé en Brasil con poco más que un cambio de ropa en la maleta. Ahora tengo mi propia casa y soy la socia del que un día fue mi jefe. Hemos abierto nueva redacción en otra localidad del país. La semana que viene regreso a España para dar una conferencia sobre periodismo en la universidad en la que estudié. Aún no estoy muy segura de cómo va a ser mi discurso, pero si de algo estoy segura es de que el mejor consejo que les puedo dar es que, pase lo que pase, no se dejen amedrentar por el miedo. Que cojan la maleta y se vayan lejos, lo más lejos que puedan. 

miércoles, 30 de octubre de 2013

El Grinch

Hace no mucho, apenas un par de años, bien podrían -y, de hecho, seguro que alguien lo hizo-, haberme definido como la versión femenina del Grinch, y no sólo por mi rechazo a la Navidad, sino por mi total y absoluta repudia a todas las convenciones sociales y fiestas consumistas, producto de las ambiciones de un puñado de hombres de negocios.

San Valentín, por ejemplo, estaba en mi lista de días negros y, por suerte o por desgracia, lo sigue estando. ¿Quién demonios se cree Cupido que es para decir qué día tenemos que regalarle chorradas al novio o la novia, en caso de que lo tengamos? Tan absurdo es celebrar el día de los enamorados como mantener una relación con una persona a la que sólo amaste un día y, encima, fue porque te lo dijeron. 

Por un momento, me pongo en la piel de Hitch y te aconsejo que, si quieres a alguien, no te esperes a que el maldito Corte Inglés instale la Navidad en tu ciudad; a que sea su no sé cuántos cumpleaños o al dichoso 14 de febrero. Tampoco te plantees esperar a su santo. Olvídate del calendario y dile lo que sientes de inmediato.

PD: las palabras también cuentan, y más cuando están bien dichas. No hace falta arrastrarse hasta Uno de Cincuenta para meter una mariconada carísima en una caja del chino.

martes, 29 de octubre de 2013

Recién casada

Los últimos rayos de Sol se cernían sobre la pálida arena de la playa y sus pisadas se hundían en ella dibujando diminutas dudas. Caminaba sin rumbo, serpenteando entre las altas palmeras, escondiéndose bajo las puntiagudas sombras de mi mirada curiosa. Le llamé varias veces, pero ninguna obtuve respuesta. Se limitó a sonreír y hacerme gestos para que le siguiera. Cuando le alcancé, agarró mi mano firmemente y me susurró al oído un secreto ininteligible que se guardó bajo llave la playa. Dos pasos después, me encontré bailando sobre la suave espuma que la noche bañaba con gusto. Una melodía compuesta por los recuerdos sonaba bajita, casi imperceptible, en nuestras cabezas.

A la mañana siguiente, me despertó con vagas lagunas merodeando a mi alrededor sobre los almohadones de la cama. Mis manos jugueteaban suavemente con el anillo que rodeaba mi dedo anular, mientras mi cabeza y mis labios adormecidos se deleitaban con los besos de mi recién estrenado marido. 

miércoles, 23 de octubre de 2013

Mascarilla de yogur y aguacate

No hay nada que odie más que generalizar -y mira que odio tantas cosas que me he tenido que comprar un disco duro externo para recordarlas todas-, pero hay una tendencia de moda entre las mujeres del siglo XXI, que ha llegado a desarrollar en ellas un sentimiento de total inconformismo consigo mismas y, por desgracia, he de incluirme en este nuevo colectivo de pensamientos compartidos y prefabricados. Aunque me pese reconocerlo, me he visto envuelta en la corriente de la preocupación por el aspecto físico, por conseguir el cutis de portada de revista y las piernas del maniquí de la esquina.

Que sí, que cuidarse está genial, pero sin obsesionarse. Con el paso de los años, una se da cuenta de que no existen mujeres felices con el cuerpo de la Barbie. Reconozcámoslo, no hay mayor placer que comer y, si es con las manos, mejor aún. Y sigo preocupada por el aspecto físico porque, por suerte o por desgracia, no vivo como una hermitaña perdida en el medio de la primera montaña que se me cruzó en el camino. Tampoco creo que llegue a vivir de ese modo nunca, pero la naturaleza se ha colado por debajo de la puerta para traerme un espíritu ecologista renovado. Loca por la cosmética natural y los productos DIY (Do it yourself), procuro sonreírle por las mañanas al espejo, a la espera de que algún día me devuelva la sonrisa el reflejo que me observa receloso, aún con legañas en los ojos. 

La belleza puede presentarse en todo tipo de formas, colores y tamaños. Está bien, alegra la vista y crea principales en Facebook, pero hay un tipo de belleza intangible que estamos descuidando, muy a mi pesar, y que no aparece en revistas ni en televisión. Propongo que desempolvemos la conciencia guardada en el desván y le devolvamos el brillo que tenía cuando la compramos, si es que aún estamos a tiempo. 

martes, 22 de octubre de 2013

3, 2, 1, acción

Es impresionante el papel que puede llegar a protagonizar la música en las películas co-dirigidas por el subconsciente y la conciencia del aburrimiento, que asoma descontroladamente en los fines de semana antuerpienses. En un intento de mitigar el quejido chirriante de las agujas del reloj, adormecidas por el compás insonoro de la lluvia, dos amigas deciden salir con lo puesto a atropellar peatones con sus bicis recién estrenadas o, mejor dicho, prestadas. 

Mi escena favorita es un plano-secuencia del paseo pedaleado por la Meir, la gran avenida de galerías comerciales y extravagantes maniquís que custodian las puertas de la ciudad cuando cae la noche, es decir, desde las seis de la tarde. A medida que avanzan por ella, se escucha una suave melodía desafinada en la boca de cuatro músicos callejeros que deslizan sus pies por las baldosas, contoneándose al ritmo de los Beatles. Es el clímax del corto, cuando las dos dibujan los trazos de su camino con la rueda trasera de las bicis, el pelo apartado de la cara gracias a la amabilidad del viento y los oídos deleitados con las notas de Misery. No es, ni mucho menos, la banda sonora de su película, sino esa canción que despega los dedos del suelo y les hace martillearlo. Minutos después, la melodía se apaga suavemente. Despedida por la distancia, será recordada siempre por una sonrisa fotografiada.

jueves, 17 de octubre de 2013

Mi musa

La historia que voy a relataros se la robé a Sibley, una joven de la veintena de los desamparados, los marginados por el trabajo imaginario de una sociedad futurista que un día construyó sus cimientos por encima de las nubes, allá donde desaparecen las estrellas. Tras ese mismo cielo grisáceo cuyos amaneceres y anocheceres fueron robados por el tiempo, esconde Sibley las ambiciones que, siendo aún una niña que construía fuertes con sus peluches para protegerse del frío del mundo, dibujó con ceras de colores en las paredes de su habitación. Ahora están demasiado altas como para devolverlas a la caja de las que salieron; me aventuro a imaginar que habrá pasado con ellas lo mismo que les sucede a aquellos globos que, en un reclamo de su libertad, huyen coloreados hasta un horizonte que acabará reventando sus ilusiones. En una ocasión, Sibley me confesó que el presunto culpable no era otro que el tiempo, y he de admitir que aún la creo; él mismo, el señor tiempo, es el que ahora me niega las horas, e incluso los años, que me permitan enmarcar la historia de Sibley. Así es como, para evitar ecuaciones temporales del tipo x días + y horas – z minutos =t años, me he burlado de él robándole un saco entero de números que pertenecen a un pasado aún por conocer.

Para presentaros a Sibley, primero he de reconocer que no la conozco en absoluto. Ella se convirtió en mi musa por puro azar, la tarde de un anaranjado domingo recubierto de hojarasca seca. Al ritmo que los árboles iban desnudándose, el sol iba apagando su brillo cegador para inaugurar el baile de las luciérnagas veloces. Vi a Sibley por primera vez cuando detuvo su camino a ninguna parte frente a una inmensa cristalera que reflejaba toda la calle, toda la vida de los niños que saltaban sobre los pequeños charcos entre baldosa y baldosa, toda la muerte escondida bajo una manta hecha de cartón. Por un efímero instante, su pequeño mundo quiso pararse, pero los empujones de la marea de transeúntes que navegaban hacia su propio naufragio se lo impidieron. Ella subió el volumen de las notas que estaban golpeando sus pequeñas orejas, en un vano intento por silenciar el quejido incesable de aquellos a los que había cortado el paso. Inmutable, como el mármol de una estatua enterrada bajo el mar, se detuvo, clavando las plantas de sus pies al suelo, mientras saboreaba cada bocanada de aire que se escondía en su garganta. El blanco de su mirada no se encontraba tras esa inmensa cristalera que reflejaba la vida de la ciudad, sino mucho más atrás, proyectada con violencia sobre la barandilla de la entrada a un subterráneo, donde estaba el destino de su viaje, en unos ojos que  vigilaban pacientemente sus pasos.


Sibley era una adolescente y una mujer. A veces, incluso llegaba a ser una niña, cuando estaba a solas con sus viejos recuerdos de recortes fotográficos y peluches empolvados. Todo en ella parecía normal, corriente, común. Sin embargo, en cada pequeño gesto que se le escapaba, se apreciaba todo lo contrario. Ni su forma de andar, arrastrando quedamente los talones de sus fríos pies -incluso en verano, bajo la arena ardiente recalentada por el mediodía, las yemas de sus dedos continuaban siendo como esas gotitas que tras años de insistencia, forman carámbanos en los más profundo de las cuevas-, ni su dulce forma de hablar con la mirada, ni su enloquecida, martilleante e incisiva forma de pensar. Nada en ella era normal y, por ello, se convirtió en la musa de mi anormal escritura. 

miércoles, 16 de octubre de 2013

NO estoy loca

La gran mayoría de nosotros estamos locos, pero bien locos. Por suerte para nosotros, somos tantos que, más que un diagnóstico, se ha generalizado un estado mental compartido, como si de un álbum de Facebook se tratara, con el fin de dejarnos campar a nuestras anchas por los prados de la insensatez y de la inmoralidad. Andamos siempre en manada, guiados por el tintineo de un suave cencerro que a lo lejos nos dice a dónde ir, cómo vestir, qué decir y con quién relacionarlos. Somos una cadena de productos descerebrados fabricados en masa, modificados en el laboratorio para arrebatarnos la opinión y la presunta democrática libertad de la que gozamos por el simple y privilegiado hecho de ser humanos. Hemos perdido el criterio, si es que algún día lo tuvimos, y el espíritu crítico que nos animaba a cuestionarnos lo que nos vendían los periódicos. Nuestras decisiones se han reducido pragmáticamente a un botón de "Me gusta" y nuestros pensamientos han de ser cómodamente leídos, como máximo en 140 caracteres, ahorrándonos hasta los puntos. 

Puntos es lo que deberían darnos en la cabeza la Seguridad Social, para cerrar la  brecha que ha separado (in)evitablemente nuestro cuerpo de nuestra mente, que se ha ido volando por tonto descuido nuestro, al dejarla mal aparcada. Como bien dijo McLuhan, "entramos en el futuro retrocediendo", pero sin mirar ni tan siquiera por los espejos. Si me viera Albertito, mi profesor de autoescuela, me arrancaría de un guantazo la licencia de pensar. 

Por fortuna para Descartes, hace mucho que dejamos de existir. Desde el momento en que adoptamos esta conducta reduccionista, politizada, eurocentrista y censuradora que ha recortado del diccionario la definición de ser humano. 

Por suerte para nosotros, contamos con una gran habitación acolchada subvencionada por el gobierno, pública y de fácil acceso: una simple dirección de correo electrónico y una contraseña que contenga al menos 6 dígitos, mayúsculas y números. 

domingo, 13 de octubre de 2013

Reencuentro

Apoyada en la barandilla, interrogaba con los ojos entrecerrados los orígenes y los destinos de los viajeros que desfilaban airosamente sus maletas por la única terminal de aquél reputado aeropuerto. De cuando en cuando, ella se alejaba de la multitud de carteles y rostros expectantes para comprobar, por enésima vez, los horarios previstos de llegada de cada vuelo parpadeante en las pantallas planas. 

Veinte minutos más de insoportable espera, mientras se entretenía con las historias de un grupo de jóvenes próximos a ella, se encontró de pronto con su sonriente rostro. Totalmente desprevenida y aburrida por la tardanza, no fue capaz de articular palabra ni de torcer la fina línea de sus labios hacia arriba. Una simple mueca de sorpresa precedió a un abrazo interminable, lleno de todos los besos y caricias que no cabían en un sobre. 

Dos días más tarde, ninguno de los dos podía creer la prisa que se había dado el tiempo por desaparecer. Ambos, unidos en el mismo cálido abrazo que se habían dado nada más verse, contemplaban apenados las horas de vuelta del vuelo en las pantallas planas. Sus recuerdos saboreaban todos los momentos que en tan sólo dos días habían vivido, con un suave regusto a cariño y una pizca de melancolía. 

Apoyado en la barandilla de las escaleras mecánicas, guardaba en su retina su pequeña silueta junto al andén helado y desierto. Ella le despedía dulcemente con la mano, con ojos vidriosos llenos de promesas que habría de cumplir a la vuelta, cuando le devolvería todos los besos y caricias que no le habrían entrado en la maleta. 

lunes, 7 de octubre de 2013

Con puño cerrado

No pasó mucho tiempo desde que el dolor provocado por sus afiladas caricias atravesó mi cuerpo, hasta que me arrancó el último suspiro que le regalaron mis labios. El suelo se convirtió en un rojizo mar de sueños rotos. Mi pulso se paró para dejar de contar los años que cada golpe me había robado y el miedo huyó para llevarse mi vida con él. Mis recuerdos se rindieron ante su violencia, pero sus ojos perdieron toda su fuerza al comprender que acababa de devolverme mi libertad y que mi alma jamás le había pertenecido. 

domingo, 6 de octubre de 2013

En el medio de ninguna parte

Las luces de la ciudad se alejaban de mí lo más rápido que podían, convirtiéndose en destellos intermitentes, cientos de estrellas fugaces lanzándose al vacío a medida que pisaba el acelerador. Ya no podía empujar más el pedal y yo quería correr más, más rápido que el sonido de sus palabras. Resonaban en mi cabeza sin cesar, atravesando mis tímpanos hasta lo más profundo de mi cerebro, que no podía parar de llorar. Las líneas de la carretera se iban difuminando lentamente, volviéndose cada vez más borrosas, más lejanas. El aire quería entrar por las ventanillas y llegar a mis pulmones para darme un respiro, pero sólo conseguía enredar mi cabello, mientras un zumbido constante bailaba en mis sienes para recordarme todo lo que había hecho mal. Dejaba atrás una casa tras otra y, con ellas, cientos de historias que jamás protagonizaría. Sin darme cuenta, el Jeep fue perdiendo velocidad poco a poco, como esa luz que se había apagado en mi interior. Me enjugué las lágrimas y le cedí un espacio al aire que se agolpaba dentro del coche, para que ocupara el hueco desamueblado en mi pecho. Inspira, espira, inspira, espira, me repetía mentalmente a mí misma, tratando de hablar más alto que él, pero su voz aterciopelada no se cansaba de repetirme que yo era una mujer maravillosa y que no le merecía. Mi corazón sólo gritaba disparates, palabras atropelladas, vomitadas, desesperadas, que ni él ni yo éramos capaces de digerir. Se fue, se esfumó de mi vida. Jugó como las olas del mar con la playa y me dejó la boca llena de arena, llorando sal y ahogando gritos bajo el agua.

Un destello de lucidez iluminó mis ojos vidriosos durante unos segundos, para darme cuenta de que me había parado por completo en el arcén. Me bajé del coche de un salto y me detuve en la oscuridad bañada por la tenue luz ocre de las farolas. El aire enfurecido que atravesaba el Jeep hacía escasos minutos se transformó en una suave brisa que acompañaba el vaivén del mar bajo mis pies. El puente se me antojó un lugar tranquilo, seguro. El vals de las olas tenía un efecto calmante sobre mí, como sus caricias por las mañanas; Sus recuerdos volvían paso a paso sobre mí, abrazándome en la oscuridad. Me quedé ahí parada, con los pies clavados en el asfalto, susurrando palabras que nunca más escucharía. Me había olvidado del dolor, pero a medida que la noche se cernía sobre mí, su ausencia escocía más. Las mariposas se habían largado, dejando a sus larvas arrastrándose por mi estómago. Los pinchazos se intensificaron, provocándome arcadas cada vez más profundas. Me sentía desgarrada, agotada, malherida. Sólo quería volver a recuperar esa paz que parecía reinar en la noche, protegida por la brisa y la espuma de las olas. Di un paso hacia la barandilla de hierro y me agarré a ella con todas mis fuerzas. Bajo mis pies, el agua parecía llamarme con suaves susurros llenos de sal que no lograba entender. Subí una pierna por encima de la fría barra y extendí las yemas de mis dedos hacia el abismo. Incliné mi cuerpo para acercarme un poco más hacia la oscuridad, para saciar mi sed y dejar que mis lágrimas murieran en el lugar donde habían nacido. Me sentía cada vez más cerca de mi destino, capaz de curarme si conseguía llegar hasta abajo. Mis dedos se estiraron todo lo que pudieron, mis piernas resbalaron furtivamente de la barandilla de hierro, pero cuando parecía a punto de conseguirlo, de separarme de mis magullados recuerdos, sentí una presión en el estómago mucho más fuerte que sus abrazos, y súbitamente me alejé de la oscuridad.

Caí al suelo, golpeándome fuertemente en el costado. Me sentí aturdida y confundida al no abrigar los fríos pellizcos que el lecho espumoso del mar reservaba para mis huesos. Yacía, por el contrario, sobre el asfalto gris que había recorrido kilómetro a kilómetro durante quien sabe cuánto tiempo. Un suave zarandeo espantó mis ensoñaciones, devolviéndome cruelmente a la realidad. Palabras suaves como el aliento del viento entraban y salían de mi mente, conviviendo escasos segundos con las de él, hasta que, finalmente, se apagaron.

Unas manos grandes y firmes me sujetaban por los hombros, mientras dos ojos negros se clavaban en los míos, en busca de alguna señal, de una respuesta que confirmase que había rescatado un cuerpo del abismo. Una sonrisa afable se dibujó en las comisuras de sus labios cuando me escuchó pronunciar mi nombre.
Horas, minutos o quizá segundos después, nos sentamos en un par de bancos de madera revestidos con una capa de cuero desgastada y roída. Una camarera bien entrada en años con escasos modales nos sirvió un par de tazas del café de mediodía. Jugueteando con la cucharita y el azucarero entre mis manos, me preguntaba qué hacía con un completo desconocido en un bar de carretera, en el medio de ninguna parte, riéndome por primera vez desde hacía meses. Aquél tipo había conseguido con dos cafés fríos y una canción de Boney M lo que ninguno de los psicólogos que me había pagado mi hermana: hacerme olvidar, aunque sólo fuese por un instante, por qué me dejó, y sin pedir nada a cambio, salvo un baile al lado de aquélla máquina de Juke Box, una auténtica joya de los años 50 que milagrosamente todavía funcionaba. Y si esa maraña de cables pelados aún era capaz de darle energía para cantar el estribillo de Daddy cool, ¿quién era yo para apagar el propio ritmo de mis pisadas?

Riendo de nada, hablando de nada, aquél tipo cuyo nombre ni me molesté en aprenderme me había hecho ver que las cosas más viejas, feas e inservibles aún son capaces de salir adelante y que las personas son como canciones; algunas nos hacen reír y otras llorar. Bailamos con ellas, cantamos con ellas, las repetimos una y otra vez hasta que nos aprendemos sus letras. Unas vienen a nosotros para acompañarnos siempre, otras simplemente se apagan y no vuelven a sonar. Pero siempre somos nosotros quienes pulsamos el botón del play o stop, rebobinamos o las obligamos a avanzar hasta el estribillo. Para mí, había llegado el momento de cambiar de disco.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Conciencia de segunda mano


Ahí estás tú, sola frente al mundo, luchando contra los monstruos del armario que tu cabeza visita noche tras noche. Mascullas algo ininteligible, fingiendo una sonrisa prefabricada para simular que todo está como siempre ha estado, pero ya no puedes mentirte más, has alcanzado tu tope. Aprieta con más fuerza tus manos sobre tus sienes; quiero saber cuánto eres capaz de soportar la imaginaria soledad de la que te has rodeado. Construyes tu escudo a base de problemas y, encima, el sexo te ha dejado tan ciega que ya no ves que, a su lado, no tienes ninguno. Salta sobre los charcos de tus ojos, deja que salga todo, y nunca más le abras la puerta al miedo.