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domingo, 2 de marzo de 2014

A propósito de "Olvídate de mí"

How happy is the blameless vestal's lot!
The world forgetting, by the world forgot.
Eternal sunshine of the spotless mind!
Each pray'r accepted, and each wish resign'd
Alexander Pope "Eloisa to Abelard"

Cuanto más duele un recuerdo, más intenso es el sabor de la comida, más fría la brisa marina, más cegadora, bella y durmiente la nieve sobre la colina. Olvidar es de débiles, como soñar y no despertar jamás. Los recuerdos escuecen, pican, lloran, pero vivimos sólo para recordar. Nietzsche ha muerto y lo superamos. Podremos vivir estando locos o cuerdos, pero jamás podremos dejar la música, la pintura, la comedia, el melodrama de la vida. Compadezcámonos de los que perdieron su último aliento, sin derrochar el nuestro. Subimos un día las escaleras del infierno y descendimos del paraíso para quedarnos justo en el medio. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

Mi forma de tocar las nubes

Hace un par de años aproximadamente, cuando mis padres decidieron abandonar nuestro  mullido y confortable nido por una casa más grande, más luminosa más lejos de mis amigos, más todo, en definitiva, me guardé una bonita manía en el bolsillo cerrado con cremallera, para no perderla nunca. 

Cuando la cuento, todo el mundo me mira con cara de póker y me regala una mueca de incredulidad, cuestionando abiertamente y sin ningún tipo de miramiento, si aquella rutina a la que yo llamo manía se le puede llamar realmente manía o, si por el contrario, se trata de un desvarío adolescente fruto del estrés que provoca una nueva mudanza, una nueva vida.

A decir verdad, tampoco es algo que vaya contando a cada desconocido que se me para en las narices y se me presenta, bien sea con dos menos o con un fuerte apretón de manos, pues sólo los más cercanos son los privilegiados que conocen la rutina matutina a la que me he acostumbrado con el paso de las horas, los días y los meses en una nueva celda más gris y sucia que la anterior. 

Al principio no me di cuenta de las posibilidades que la nueva casa, o mejor dicho, mi nuevo cuarto, me ofrecía. Por el contrario, me pasaba los días caminando lánguidamente por los oscuros pasillos, que se cernían sobre mi cabeza en los días lluviosos, amenazándome para que no saliera de esas cuatro paredes y me protegiese de la tormenta que azotaba tejados, árboles y almas sin piedad. 

No obstante, cuando por fin me acostumbré a los sonidos del crujiente parquet que se dibujaba bajo mis pies, mis sentidos volvieron a recolocarse en los poros de mi piel y, una buena mañana, me desperté en mi cama de sábanas nuevas y cabecero de hierro con una sensación distinta. Los nuevos sentidos de los que os hablo me dejaron soñar despierta, mirar por la ventana que se erguía a mis pies y salir volando de mi pequeña jaula a dar un paseo por el cielo, incluso en aquellos días grises y lluviosos que tanto odiaba, para acariciar con la yema de los dedos los algodones esponjosos que penden de un hilo en el firmamento. Esa es mi pequeña manía, es mi forma de tocar las nubes. 

lunes, 4 de noviembre de 2013

El Retiro

Cuenta la leyenda que una vez hace no tanto tiempo, en la capital de nuestra tierra, un sabio erudito decidió compartir con el mundo todo su conocimiento. Para ello,  escondió 30.000 libros de su más preciada colección, que quedaron repartidos por los rincones más bellos de la ciudad. El mayor deseo del sabio anciano no era otro que dejar que la imaginación, la creatividad y la originalidad de aquellos libros inundaran los espíritus de sus afortunados lectores, los cuales deberían devolverlos a su escondite para que otro nuevo lector los encontrara. Todavía hoy son muchos los afortunados que se inspiran en esos retales de papel que deambulan por Madrid y yo, quiero ser una de ellos…

Sin más dilaciones y sin pensármelo dos veces, me puse en camino de la búsqueda de esos tesoros de papel escondidos en los rincones de la ciudad. Previamente ya había estado reflexionando sobre el lugar más propicio para encontrar alguna reliquia literaria. No me llevó mucho, apenas unas dos horas de cavilaciones y una de “Google Maps”, para escoger mi destino. A decir verdad, me dejé llevar por las recomendaciones de familiares y amigos, de esos que son “el amigo del amigo de mi amigo”, que afirmó encontrar una vez un libro escondido en tal o cual lugar.  Nunca he sido de dejarme llevar por habladurías , y mucho menos de fiarme de fuentes poco fidedignas, pero en esta ocasión la excepción se hizo regla y me aconsejó que tenía bastante más que ganar de lo que podía perder.

Como decía, las recomendaciones me sacaron el billete de ida (sin vuelta, para darle más emoción al asunto) hacia lo que parecía ser un blanco fácil, un trabajo de campo que sería capaz de despachar en, como mucho, un par de horas. El lugar de mis exploraciones literarias no era otro que el Parque de los Parques Madrileños, el preferido por hijos, padres, abuelos y veraneantes, el Retiro. Este idilio de senderos  teñidos de esmeralda y ocre prometía albergar en sus rincones, más o menos accesibles, las evidencias de que lo de los libros escondidos no era una mera leyenda urbana. Por ello, entusiasmada e ilusionada cual niña con zapatos nuevos, salí atropelladamente de casa en busca de los cálices de letras.

Tal fue el viaje que recorrió mi imaginación por las páginas de aquellos libros que estaban esperándome, que no fui consciente de los preparativos básicos que requería mi expedición. O lo que es lo mismo, que no conté con la previsión meteorológica que predice y predica el refrán: En abril, aguas mil. Y así marché, con sayo, pero sin paraguas, consciente únicamente de llevar conmigo el Metrobús y una bolsa para resguardar mis pequeños hallazgos. Por más que el cielo encapotado me advertía, ni mis oídos -entretenidos con canciones para la ocasión- ni mis ojos soñolientos, quisieron escuchar ni ver el furor de los millones de gotas que se estaban agolpando en las nubes, preparándose para precipitarse tras oír la señal.

Veinte minutos de metro y un transbordo me mantuvieron en la ignorancia de lo que se estaba cociendo afuera. Cuando el vagón me llevó a mi destino, la humedad que empezó a colarse por mi nariz  a la salida del metro anunciaba mi gran error. Millones de gotas suicidándose contra el frío suelo fue lo que me encontré en aquél inhóspito parque, que en otros tiempos fuera más agradable. Ni un alma quedaba en sus avenidas, y las pocas que había, acudían desesperadas al inframundo del que yo acababa de salir. Con ese panorama, tenía dos opciones: o me volvía con el rabo entre las piernas y aplazaba la expedición, o desperezaba a mis defensas y terminaba lo que no debería haber empezado un 28 de abril.


Escogí el segundo plato, con la esperanza de que las nubes tuviesen compasión y me dejasen hacer. Sin rumbo aparente, comencé a hundir mis pies en la tierra mojada, en busca de un camino asfaltado cuyos senderos me condujeran lo antes posible a los libros perdidos. Aunque mis esperanzas no decaían, mi ánimo sí que lo hacía, y a una velocidad estrepitosa. Por fortuna, mis rezos al Dios Gota fueron escuchados y, aunque continuó gris como el cabello de una anciana, el cielo decidió darme una tregua, eso sí, de media hora. Sin embargo, ello no ayudo a mi fortuna, pues tras una nueva hora de búsqueda por bancos, raíces y monumentos mojados, volví a casa con las manos tan vacías como cuando salí, solo que un poco más húmedas. 

martes, 29 de octubre de 2013

Recién casada

Los últimos rayos de Sol se cernían sobre la pálida arena de la playa y sus pisadas se hundían en ella dibujando diminutas dudas. Caminaba sin rumbo, serpenteando entre las altas palmeras, escondiéndose bajo las puntiagudas sombras de mi mirada curiosa. Le llamé varias veces, pero ninguna obtuve respuesta. Se limitó a sonreír y hacerme gestos para que le siguiera. Cuando le alcancé, agarró mi mano firmemente y me susurró al oído un secreto ininteligible que se guardó bajo llave la playa. Dos pasos después, me encontré bailando sobre la suave espuma que la noche bañaba con gusto. Una melodía compuesta por los recuerdos sonaba bajita, casi imperceptible, en nuestras cabezas.

A la mañana siguiente, me despertó con vagas lagunas merodeando a mi alrededor sobre los almohadones de la cama. Mis manos jugueteaban suavemente con el anillo que rodeaba mi dedo anular, mientras mi cabeza y mis labios adormecidos se deleitaban con los besos de mi recién estrenado marido. 

martes, 22 de octubre de 2013

3, 2, 1, acción

Es impresionante el papel que puede llegar a protagonizar la música en las películas co-dirigidas por el subconsciente y la conciencia del aburrimiento, que asoma descontroladamente en los fines de semana antuerpienses. En un intento de mitigar el quejido chirriante de las agujas del reloj, adormecidas por el compás insonoro de la lluvia, dos amigas deciden salir con lo puesto a atropellar peatones con sus bicis recién estrenadas o, mejor dicho, prestadas. 

Mi escena favorita es un plano-secuencia del paseo pedaleado por la Meir, la gran avenida de galerías comerciales y extravagantes maniquís que custodian las puertas de la ciudad cuando cae la noche, es decir, desde las seis de la tarde. A medida que avanzan por ella, se escucha una suave melodía desafinada en la boca de cuatro músicos callejeros que deslizan sus pies por las baldosas, contoneándose al ritmo de los Beatles. Es el clímax del corto, cuando las dos dibujan los trazos de su camino con la rueda trasera de las bicis, el pelo apartado de la cara gracias a la amabilidad del viento y los oídos deleitados con las notas de Misery. No es, ni mucho menos, la banda sonora de su película, sino esa canción que despega los dedos del suelo y les hace martillearlo. Minutos después, la melodía se apaga suavemente. Despedida por la distancia, será recordada siempre por una sonrisa fotografiada.

jueves, 17 de octubre de 2013

Mi musa

La historia que voy a relataros se la robé a Sibley, una joven de la veintena de los desamparados, los marginados por el trabajo imaginario de una sociedad futurista que un día construyó sus cimientos por encima de las nubes, allá donde desaparecen las estrellas. Tras ese mismo cielo grisáceo cuyos amaneceres y anocheceres fueron robados por el tiempo, esconde Sibley las ambiciones que, siendo aún una niña que construía fuertes con sus peluches para protegerse del frío del mundo, dibujó con ceras de colores en las paredes de su habitación. Ahora están demasiado altas como para devolverlas a la caja de las que salieron; me aventuro a imaginar que habrá pasado con ellas lo mismo que les sucede a aquellos globos que, en un reclamo de su libertad, huyen coloreados hasta un horizonte que acabará reventando sus ilusiones. En una ocasión, Sibley me confesó que el presunto culpable no era otro que el tiempo, y he de admitir que aún la creo; él mismo, el señor tiempo, es el que ahora me niega las horas, e incluso los años, que me permitan enmarcar la historia de Sibley. Así es como, para evitar ecuaciones temporales del tipo x días + y horas – z minutos =t años, me he burlado de él robándole un saco entero de números que pertenecen a un pasado aún por conocer.

Para presentaros a Sibley, primero he de reconocer que no la conozco en absoluto. Ella se convirtió en mi musa por puro azar, la tarde de un anaranjado domingo recubierto de hojarasca seca. Al ritmo que los árboles iban desnudándose, el sol iba apagando su brillo cegador para inaugurar el baile de las luciérnagas veloces. Vi a Sibley por primera vez cuando detuvo su camino a ninguna parte frente a una inmensa cristalera que reflejaba toda la calle, toda la vida de los niños que saltaban sobre los pequeños charcos entre baldosa y baldosa, toda la muerte escondida bajo una manta hecha de cartón. Por un efímero instante, su pequeño mundo quiso pararse, pero los empujones de la marea de transeúntes que navegaban hacia su propio naufragio se lo impidieron. Ella subió el volumen de las notas que estaban golpeando sus pequeñas orejas, en un vano intento por silenciar el quejido incesable de aquellos a los que había cortado el paso. Inmutable, como el mármol de una estatua enterrada bajo el mar, se detuvo, clavando las plantas de sus pies al suelo, mientras saboreaba cada bocanada de aire que se escondía en su garganta. El blanco de su mirada no se encontraba tras esa inmensa cristalera que reflejaba la vida de la ciudad, sino mucho más atrás, proyectada con violencia sobre la barandilla de la entrada a un subterráneo, donde estaba el destino de su viaje, en unos ojos que  vigilaban pacientemente sus pasos.


Sibley era una adolescente y una mujer. A veces, incluso llegaba a ser una niña, cuando estaba a solas con sus viejos recuerdos de recortes fotográficos y peluches empolvados. Todo en ella parecía normal, corriente, común. Sin embargo, en cada pequeño gesto que se le escapaba, se apreciaba todo lo contrario. Ni su forma de andar, arrastrando quedamente los talones de sus fríos pies -incluso en verano, bajo la arena ardiente recalentada por el mediodía, las yemas de sus dedos continuaban siendo como esas gotitas que tras años de insistencia, forman carámbanos en los más profundo de las cuevas-, ni su dulce forma de hablar con la mirada, ni su enloquecida, martilleante e incisiva forma de pensar. Nada en ella era normal y, por ello, se convirtió en la musa de mi anormal escritura. 

domingo, 13 de octubre de 2013

Reencuentro

Apoyada en la barandilla, interrogaba con los ojos entrecerrados los orígenes y los destinos de los viajeros que desfilaban airosamente sus maletas por la única terminal de aquél reputado aeropuerto. De cuando en cuando, ella se alejaba de la multitud de carteles y rostros expectantes para comprobar, por enésima vez, los horarios previstos de llegada de cada vuelo parpadeante en las pantallas planas. 

Veinte minutos más de insoportable espera, mientras se entretenía con las historias de un grupo de jóvenes próximos a ella, se encontró de pronto con su sonriente rostro. Totalmente desprevenida y aburrida por la tardanza, no fue capaz de articular palabra ni de torcer la fina línea de sus labios hacia arriba. Una simple mueca de sorpresa precedió a un abrazo interminable, lleno de todos los besos y caricias que no cabían en un sobre. 

Dos días más tarde, ninguno de los dos podía creer la prisa que se había dado el tiempo por desaparecer. Ambos, unidos en el mismo cálido abrazo que se habían dado nada más verse, contemplaban apenados las horas de vuelta del vuelo en las pantallas planas. Sus recuerdos saboreaban todos los momentos que en tan sólo dos días habían vivido, con un suave regusto a cariño y una pizca de melancolía. 

Apoyado en la barandilla de las escaleras mecánicas, guardaba en su retina su pequeña silueta junto al andén helado y desierto. Ella le despedía dulcemente con la mano, con ojos vidriosos llenos de promesas que habría de cumplir a la vuelta, cuando le devolvería todos los besos y caricias que no le habrían entrado en la maleta. 

lunes, 7 de octubre de 2013

Con puño cerrado

No pasó mucho tiempo desde que el dolor provocado por sus afiladas caricias atravesó mi cuerpo, hasta que me arrancó el último suspiro que le regalaron mis labios. El suelo se convirtió en un rojizo mar de sueños rotos. Mi pulso se paró para dejar de contar los años que cada golpe me había robado y el miedo huyó para llevarse mi vida con él. Mis recuerdos se rindieron ante su violencia, pero sus ojos perdieron toda su fuerza al comprender que acababa de devolverme mi libertad y que mi alma jamás le había pertenecido. 

domingo, 29 de septiembre de 2013

Nos esperan días de lluvia, lluvia y más lluvia

El cielo, teñido por un manto gris, anunció su veredicto, pero ni él ni ella le escucharon. Las gotas comenzaron a contarse por segundos y, después, por milésimas de segundos, hasta que el agua deshizo el tiempo y la tormenta se les echó encima. Todos huyeron del orgullo mojado, aunque para ellos nadie se movió, porque siempre estaban solos.

domingo, 26 de agosto de 2012

A veces, ocurre

Segundo a segundo la vida se descuenta, se escapa. Huye rodando por la carretera, burlándose de sus dueños, efímera como el calor de una llama. En su carrera hacia el final nos exige recuerdos, hazañas, aventuras, pero también errores y equivocaciones. Así es como trazamos el mapa en el que debe buscar su tesoro; se aprende los caminos cortados, memoriza los atajos y, cuanto más avanza, más rápido se desvanece.

Durante muchos años camina sin detenerse ni un sólo segundo, y sólo echa la vista atrás para repasar las huellas que le han llevado hasta donde está. Esta rutina se entrelaza con la monotonía del tiempo, y los surcos en la arena se convierten en arrugas imborrables. Sin embargo, a veces ocurre un cruce de caminos: ése instante en el que dos vidas se chocan levantando una densa polvareda. Se desorientan, están confusas y alteradas. Dura sólo un instante, los segundos que se mantienen la mirada. Por primera vez, el tiempo se detiene. Las luces de la carretera iluminan la oscuridad de la noche, y dibujan un sendero que nunca antes habían visto.  No se hacen preguntas de las que ya saben la respuesta. Entrelazan sus dedos y caminan juntas por ese sendero hasta el fin de sus días.

lunes, 13 de agosto de 2012

Drugs

Las mejores drogas que el ser humano puede consumir son ciertas personas; ácidas como la ponzoña de una serpiente, abrasadoras como el deseo de experimentar sus efectos, nos atraen con su envoltorio adornado por una mirada desafiante y sonrisas que constituyen todo un auténtico reto.

Se trata de seres enigmáticos, con una personalidad hipnótica y grandes dotes carismáticas. Sus secretos son nuestro límite, y sus besos tienen el sabor de una calada a medianoche. El eco de sus voces resuena en nuestras mentes como el giro del mechero sobre la mesa. Somos adictos a sus movimientos, como el tiempo lo es al baile de las manecillas del reloj. 

Sus rostros permanecen anclados en nuestras memorias, siendo una dosis letal, un coma empírico, una romántica alucinación, un recuerdo, en definitiva, imborrable. 

miércoles, 18 de julio de 2012

Reflejos

Los recuerdos son reflejos de la memoria, que se proyectan a gran velocidad sobre un escaparate adornado por los ojos. Son percepciones efímeras de un pasado más o menos reciente, pero latente. Tal es su presencia, que en más de una ocasión nos aferramos a ellos, revolviendo en el cajón desordenado e inexplorado que mantenemos con polvo, para después seleccionar uno a dedo y contemplarlo por unos instantes antes de que vuelva a su escondrijo. Sin embargo, no siempre los rescatamos de forma consciente, sino que la mayor parte de esos reflejos proviene de un olor, un objeto especial, una persona, e incluso, un sueño, pero como dijo Calderón, los sueños, sueños son.