No pasó
mucho tiempo desde que el dolor provocado por sus afiladas caricias atravesó mi
cuerpo, hasta que me arrancó el último suspiro que le regalaron mis labios. El
suelo se convirtió en un rojizo mar de sueños rotos. Mi pulso se paró para
dejar de contar los años que cada golpe me había robado y el miedo huyó para
llevarse mi vida con él. Mis recuerdos se rindieron ante su violencia, pero sus
ojos perdieron toda su fuerza al comprender que acababa de devolverme mi libertad
y que mi alma jamás le había pertenecido.
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lunes, 7 de octubre de 2013
domingo, 26 de agosto de 2012
A veces, ocurre
Segundo a segundo la vida se descuenta, se escapa. Huye rodando por la carretera, burlándose de sus dueños, efímera como el calor de una llama. En su carrera hacia el final nos exige recuerdos, hazañas, aventuras, pero también errores y equivocaciones. Así es como trazamos el mapa en el que debe buscar su tesoro; se aprende los caminos cortados, memoriza los atajos y, cuanto más avanza, más rápido se desvanece.
Durante muchos años camina sin detenerse ni un sólo segundo, y sólo echa la vista atrás para repasar las huellas que le han llevado hasta donde está. Esta rutina se entrelaza con la monotonía del tiempo, y los surcos en la arena se convierten en arrugas imborrables. Sin embargo, a veces ocurre un cruce de caminos: ése instante en el que dos vidas se chocan levantando una densa polvareda. Se desorientan, están confusas y alteradas. Dura sólo un instante, los segundos que se mantienen la mirada. Por primera vez, el tiempo se detiene. Las luces de la carretera iluminan la oscuridad de la noche, y dibujan un sendero que nunca antes habían visto. No se hacen preguntas de las que ya saben la respuesta. Entrelazan sus dedos y caminan juntas por ese sendero hasta el fin de sus días.
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