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martes, 11 de febrero de 2014

El señor Estereotipo

En una asignatura de la carrera, de cuyo nombre no quiero acordarme, leí algo que escribió alguien acerca de los estereotipos. Ignoro completamente a qué fin respondía tal escrito y las razones por las cuales se me obligó a leerlo, pero las palabras que encontré entre esas páginas desordenadas y caóticas, escritas en la lengua de Shakespeare, me hicieron reflexionar sobre el mundo que me rodea y la visión que tenemos todos de él. 

Decía algo así como que los estereotipos son una construcción mental necesaria para entender el mundo, pues nuestro aprendizaje se reduce a la categorización de los objetos que percibimos. Dicho de otro modo, el estereotipo no es sino otro invento más del hombre, quizá del catálogo infinito de Thomas Alva Edison o de algún piltrafilla sin nombre que firmó con la A de anárquico y anónimo. Como casi todos los inventos humanos, se ha convertido en un instrumento social totalmente necesario y útil, según el autor del texto cuya cara y nombre desconozco. Así es como se explicaría porqué todos los niños pintan las casas con tejado triangular o porqué se piensa que todos los negros tienen un gran asunto entre las piernas, aunque quizás aquí más que de estereptipos se trate de una mera cuestión de estadística y matemática. 

Pongámonos en lo peor: si el estereotipo fuera una persona, sería el primo feo de Don Monopoly. Un señor gordo, con bigote también, gafas de pasta, corto de mente y sobrado del bajo del pantalón. Tosco, rudo, maleducado e ignorante, que ve la vida a través de sus anteojos con una mirada tan reducida y simplificadora como su conocimiento del mundo. Los chinos amarillos, los negros atléticos, los americanos ignorantes, las rubias tontas, las morenas malas, los hombres simples y las mujeres complicadas; así es cómo el señor Estereotipo nos vende la moto. Una vespino destartalada que tuvo sus días de gloria algún tiempo atrás, pero que se ha quedado obsoleta con el paso del tiempo, el florecimiento de la tecnología, el uso masivo de Internet y el acceso democrático a una conciencia colectiva que se alimenta de lo que ve, lo que oye, lo que vive y lo que siente, y un poco menos de lo que pretenden imponerle.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Cómo hacer información

El escritor, periodista y político italiano Furio Colombo nos ofrece una reflexión sobre las causas y consecuencias de la actual configuración del sistema de medios, que ha determinado la transformación del periodismo y también cómo se hace información. Este capítulo es un interesante punto de partida, pero también de retorno al marco teórico que explica y detalla los parámetros que ordenan la estructura de los medios de comunicación, la forma de hacer periodismo y los métodos para conseguir la información. 

La Disneylandia de las noticias

Colombo nos presenta la definición de periodismo, en relación con los “adversarios” que limitan los campos de la profesión, es decir, “la escasez de fuentes, la fuerza del poder, el riesgo de censura y el estado de ánimo de la opinión pública”. Los roles de estos actores del Sistema Rector actúan en comunión condicionando, refutando y reorganizando las actuales prácticas periodísticas que tienen por hábito y por costumbre los profesionales de la información. Define muy bien la “Disneylandia de las noticias” en la que se ha transformado el mundo de la comunicación. Dichos cambios se deben sin duda a todas las posibilidades que ha ofrecido, ofrece, y seguirá ofreciendo la revolución de las TIC. El abaratamiento de los servicios y la mejora y mayor accesibilidad de las aplicaciones y aparatos tecnológicos han propiciado la eliminación de los mediadores. Ahora, los proveedores interesados de información (empresas, instituciones, entidades financieras, partidos políticos, ONGs, etc.) pueden lanzar sus noticias de forma directa al consumidor sin necesidad de recurrir a los periodistas para que transcriban la información. Los gatekeepers ya no son los profesionales del medio, sino que son parte de la plantilla de todos esos nuevos actores que ejercen poderosas influencias en el mundo de la comunicación. No obstante, el cáncer que padece el periodismo se extiende más allá de las presiones y agentes externos; se ha agravado también por las malas prácticas o rutinas periodísticas en el newsmaking.
Nos encontramos, por tanto, ante un frágil y debilitado sistema informativo, que se traduce en la “espectacularización” de la información y de la noticia. La confusión realidad-ficción se proyecta claramente en la televisión, donde los espacios dedicados a los informativos se convierten en una pantalla de cine que muestra de forma espectacular la realidad para ganar así la mayor audiencia. Este fenómeno se traslada al resto de las programaciones, pues el objetivo último siempre es la lucha por el consumidor, la mayor audiencia y, en consecuencia, la adscripción de anunciantes publicitarios a sus cadenas. Todo ello es fruto de la mercantilización salvaje de los medios de comunicación. 

Mordiendo la mano que les da de comer

La principal consecuencia -y la más preocupante- no es otra que la progresiva decadencia que sufre el periodismo y la fabricación de noticias. Son muchos los factores que influyen en este proceso de involución mediática y periodística, pero sobre todo se debe a la reconfiguración que ha sufrido el sistema de medios, a las potencialidades que ofrece la revolución de las TIC, y a los nuevos agentes que toman el poder en la Sociedad de la Información o Sociedad Red. Los nodos, esto es, dichos agentes, han contribuido a la configuración del periodismo como un producto y no como un servicio. Así, hemos visto sucumbir el periodismo de investigación por otras formas más rentables y atractivas como el periodismo de fuentes o de declaraciones, un escaparate para que los agentes económicos, políticos y sociales puedan camuflar sus intereses y llevarse el mayor pedazo de la tarta. Ahora, anunciantes, agencias y medios cabalgan de la mano de la publicidad, prácticamente la única mano que les da de comer. 

martes, 5 de noviembre de 2013

Manipulación lingüística

La manipulación lingüística es la lacra del periodismo. Se presupone la búsqueda de la objetividad, la imparcialidad, y la veracidad de los hechos, basadas en la consulta de fuentes fiables. Sin embargo, los criterios de rigor y rectitud informativa han sido desmantelados por los medios de comunicación tradicionales. Si bien es cierto que la ideología es un patrón influyente en todos los mass media, los medios impresos son los mejores ejemplos en los que podemos observar cómo el manejo del lenguaje puede darle la vuelta a la información.

En consecuencia, los receptores de la información, esto es, los lectores de prensa, recurren a ampliar el abanico de información (o deberían), consultando varios periódicos opuestos para extraer sus propias conclusiones y forjar una opinión independiente. Ahora los medios online se presentan como una nueva solución. No nos referimos a los periódicos digitales ni a las ediciones de papel que ofrecen también sus versiones en red, sino que hablamos del papel protagonista que están adquiriendo las redes sociales en el siglo XXI. En el espacio virtual, el feedback comunicacional se refuerza más que en cualquier otra forma de comunicación, ya que los usuarios de Internet interpretan sendos papeles, el de receptor y emisor. Sin embargo, esto no quiere decir que la manipulación lingüística se abstenga de aparecer en escena, pues, al fin y al cabo, somos las personas quienes manejamos el lenguaje, y, de nosotros depende que hagamos un buen uso de él o no. 

domingo, 27 de octubre de 2013

Periodismo imposible

"La destitución. Historia de un periodismo imposible" (2010), titula el periodista bilbaíno que corona este artículo. Una obra que, en 176 páginas, incita a la reflexión sobre la deprimente situación actual en la que se encuentra el periodismo español en particular, aunque bien sabemos que la crisis mediática se ha expandido, por ese fenómeno al que los expertos han denominado globalización, hasta el último diario del planeta. José Antonio Zarzalejos nos obliga, como decía, a reconsiderar la desaparición de los principios éticos, morales y periodísticos que regulaban la profesión, con la consecuente reconfiguración de un “periodismo imposible”. Los poderes políticos han desarrollado una extraordinaria capacidad para subvertir los Códigos Deontológicos de los medios de comunicación. Sin embargo, los actores políticos no actúan en solitario, sino que aúnan fuerzas con otros sectores emergentes del Sistema Rector, tales como las instituciones, las empresas privadas, las entidades financieras o las agencias publicitarias, en detrimento de los derechos de los ciudadanos, simples marionetas del escenario mediático. 

El libro de Zarzalejos constituye, por tanto, una crítica a las relaciones actuales entre la prensa y el poder, basada en el propio ejemplo del autor. Como recoge la Editorial Península, “este relato constituye un alegato de carácter moral que reivindica la solvencia y la dignidad del oficio periodístico”, que se ve condicionado desde hace años por agentes externos a la profesión que no sólo escogen a dedo a los directores de los medios, sino que además pre-configuran las noticias de la agenda. Es decir, los contenidos introducidos en la agenda por iniciativa propia del medio se reducen a un 7,5% (datos del 2008),  frente a un abrumador 92,5% configurado por la agenda política, institucional y económica. Por otro lado, la mayoría de los directores de medios de comunicación afirmaron (90%), en una encuesta realizada en el año 2004, que habían recibido presiones por parte de agentes externos. Dichas presiones se radicalizan cuando los dirigentes políticos son capaces de destituir a uno de esos directores con una simple llamada. Eso es lo que denuncia Zarzalejos, exdirector del diario ABC (2005-2008), que fue sustituido por Ángel Expósito (2008-2010), cuando la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, se percató del cambio en la línea editorial del periódico, más próximo a la política de Alberto Ruiz Gallardón. Las discrepancias entre estos dos gobernantes llevaron a Aguirre a ordenar a Isabel Gallego (responsable de relaciones de los medios de comunicación con la capital) la destitución del periodista bilbaíno.

El ejemplo de Zarzalejo es una gota más que añadir al vaso. Las relaciones entre la prensa y el poder son completamente corruptas, pero no sólo en España. Sabemos de buena tinta el doble juego de intereses que envuelve a medios y poderes políticos, como en el caso del magnate Rupert Murdoch, cuyos “affaires” con Thatcher, Blair o Cameron son bien conocidos. Por otro lado, la decadencia del actual sistema de medios, con frágiles estructuras empresariales, pérdidas que se cuentan por millones y la mercantilización salvaje de éstos han hecho que se conviertan en empresas dependientes las unas de las otras. En consecuencia, el periodismo ofrece productos vendidos al mejor postor, expuestos en los escaparates que ahora representan los medios de comunicación. Por desgracia, los consumidores se han acostumbrado a esta configuración de los roles del espacio mediático, en donde unos agentes se pelean con otros por conseguir el mejor pedazo del pastel o, en su defecto, el medio más fiel. 

jueves, 24 de octubre de 2013

Good night, and good luck

Las palabras del periodista Edward R. Murrow lanzaron sus críticas contra el sistema mediático que se cernía sobre la sociedad americana, indefensa frente a los dardos televisivos lanzados al centro de la diana. El discurso de Murrow censuró el tejido industrial de los mass media, en especial de la caja ante la que cada día los consumidores, que no ciudadanos, se postraban para rezar sus discursos ideológicos. La televisión consiguió más que ningún otro medio el embebecimiento de los espectadores. Poseía una habilidad hipnotizadora, que sumía a los consumidores mediáticos en un balanceo de distracción, diversión, engaño –en palabras de Murrow- y así sucesivamente, siguiendo un ritmo melódico y armonioso regulado por las sintonías de cada programa televisivo. Aún hoy, la televisión ejerce ese mágico poder sobre la masa de consumidores, incluso lo ha desarrollado estrechando sus alianzas con medios como la publicidad, cuyo lenguaje viperino encauza los deseos de los consumidores hasta convertirlos en necesidades. Puede que más allá de los esfuerzos de la televisión por controlar su dominio sobre los espectadores, sean éstos quienes no habrían sofocado las preocupaciones de Murrow por transformar los consumidores objeto en ciudadanos sujeto. Por ende, el imperialismo televisivo continúa expandiendo los territorios que comenzó a conquistar en la industria cultural.

La televisión se ha consolidado frente a otros medios estancados o en decadencia, como la prensa o la radio. Se ayuda de nuevas herramientas que adornan su fachada desgastada por el paso del tiempo –y del buen periodismo, que se ha ido alejando para dejar paso al amarillismo y al show informativo del prime time- como Internet, en donde amplían sus fronteras coronándolas con las etiquetas de interactividad, hipertextualidad y multimedialidad. Simples florituras que tratan de suplir las cadencias de su rigor informativo. La excepción de la regla se confirma en las televisiones públicas, que cuentan con un mayor grado de independencia frente a las privadas, sometidas a las exigencias publicitarias y a corrientes ideológicas que marcan las decisiones editoriales. En cualquier caso, la “independencia” de un medio de comunicación es un término sustentado por alfileres cuyos límites están delimitados por una línea de puntos.

Por otro lado, existen alternativas a la televisión cuyos adeptos deberían probar al menos una vez en la vida. La peregrinación hacia estos medios es un camino tortuoso hacia una meta indeterminada, pues en la actualidad es una ardua tarea escoger un medio cuyo rigor informativo esté a la altura; la crisis no se remite únicamente a los aspectos económicos, sino que también está muy extendida en los mass media. Las últimas alternativas han venido de la mano de las redes sociales, suspendidas virtualmente en ese abrumador espacio que es Internet. Su proliferación ha contribuido al desarrollo de fenómenos como el periodismo ciudadano, que, hoy por hoy, no es sino otra forma de intrusión en el mundo del periodismo al alcance de cualquiera. La cantidad es mayor, pero la calidad es peor. La interactividad es casi una exigencia a los medios tradicionales, que deben adaptar sus estrategias informativas para captar nuevos followers. Sin embargo, este número de participación periodística aún es reducido, ya que el modelo del consumidor objeto sigue siendo el ideal para el periodismo, especialmente para el televisivo.

A pesar de la tormenta, la reputación de algunos medios sigue cantando bajo la lluvia. Algunos medios impresos, pese a encontrarse en números rojos, poseen aún la vara mágica de la credibilidad, obviando los tintes ideológicos que cubren cada periódico. Las publicaciones online son una de mis herramientas predilectas, tanto por razones económicas como de tiempo y comodidad. ¡Benditos sean los smartphones! El premio de consolación, a pesar del disgusto que le supondría a Edward R. Murrow, es para las televisiones. Su decadencia no ha hecho sino ir en aumento, apoyándose en el sincretismo para aumentar audiencia, recurriendo al fenómeno de la suplantación para darle a los espectadores los finales felices que no pueden protagonizar, tiñéndose con el amarillismo y combinando realidad-ficción en un cóctel difícil de digerir en la noche. El show informativo y la ciencia ficción hiperrealista son dos sucesos que se alejan mucho del ideal que denunciaba el periodista. En efecto, nos hemos percatado del error demasiado tarde.





miércoles, 9 de octubre de 2013

Periodismo mortal

El mundo en que vivimos, por Mario Vargas Llosa 
(http://elpais.com/diario/2009/08/23/opinion/1250978412_850215.html)

Interesante, crítico, esquemático y sugestivo es el artículo del novelista y ensayista contemporáneo, que reflejó en la Cuarta Página de EL PAÍS la triste mirada de una sociedad televisada, un paisaje mediático empobrecido y una política paternalista mal disimulada, que arranca una a una las flores de la ética y pisotea la moral de los consumidores. Las preocupaciones del escritor latinoamericano son el fruto de años de desarrollo tecnológico e involución mediática. Vargas Llosa, escandalizado con el caso de Wallace Souza, reflexionó en cuatro columnas sobre la decadencia del sistema de medios, enfocado desde el punto de vista de la televisión. El programa policíaco que emitía el Canal Livre dio lugar, por desgracia, a una nueva modalidad de periodismo, muy alejada de las fórmulas basadas en el Open Data o la investigación como hilo conductor de la profesión. Me refiero al periodismo mortal, una corriente que, bajo el mando del exdiputado, prescindió de la ética, el raciocinio y el sentido común. Apostó, en su lugar, por el navajazo y la “espectacularización” del crimen. Souza sustituyó el micrófono o la grabadora por el cañón de la pistola, con el objetivo de entretener a la masa de consumidores y conseguir, en primicia, las imágenes más brutales e impactantes que ninguna otra cadena era capaz de conseguir. Esta competencia encarnizada con el resto de medios es el reflejo de la mercantilización salvaje, que caracteriza la esfera mediática, llevada al extremo del precipicio. Es más, estas aberrantes prácticas periodísticas hacen que las de Murdoch se reduzcan a una mera chiquillada. Sus reflexiones sobre la visión que la sociedad contemporánea tiene de la realidad son, por ende, un espejo colocado de forma acertada, que reflecta la luz directamente a los ojos de unos consumidores que han permanecido –y permanecen, lamentablemente- en una oscuridad total, dormitando frente a la pantalla plana.

Vivimos en una iconosfera mediática, donde cada imagen es un producto y responde a unos intereses. El máximo exponente de esta sociedad icónica, mediatizada y digitalizada es el negocio publicitario, que maneja los hilos de la estructura de los grandes mass media, pero también de los trémulos nuevos medios que navegan por la red. Aunque Vargas Llosa alude a la contaminación de la televisión, el resto de medios son también náufragos agitados por una marea de consumidores con necesidades de entretenimiento y distracción. Ello explica el fenómeno de la información-espectáculo, que mezcla realidad y ficción de tal forma que es muy difícil diferenciarlas. Esto se debe a la actual configuración de los procesos de creación de contenidos simbólicos, es decir, de “creación de la realidad”, como el sincretismo y la suplantación; todo tipo de contenidos para todos los públicos y al mejor precio, gracias al abaratamiento de las tecnologías de la información y de la comunicación. 

Por fortuna, aún queda espacio –aunque sea en unas cuantas líneas en este trabajo-, para modelos de periodismo alternativo, de reciente creación, cuyo objetivo es el de posicionarse como contrapoder social. Sin embargo, sus fórmulas son ineficientes, debido a que las necesidades de entretenimiento del gran público ya están cubiertas. La “infoxicación” de los espectadores es tal que éstos sienten una especie de adormecimiento informativo. Es difícil identificar una solución viable y sostenible a largo plazo que permita cambiar la forma en que explotamos nuestra cultura de la imagen (y de la información). Y no parece que las soluciones ecológicas sean la mejor arma, como tampoco lo es la rebelión de los consumidores que propuso Hamelink. Tendremos que seguir trabajando e investigando para evitar que el informativo de las nueve se proyecte sólo en los mejores cines.

martes, 28 de mayo de 2013

Puterismo

Bienvenidos a la Sociedad de la Des-Información, al espectacular mundo de luces y sombras de la comunicación del siglo XXI. Nos hemos dejado arrastrar por una espiral de corrupción, decadencia y contaminación informativa. Estamos infoxicados por este maremágnum de palabras descontroladas que van y vienen, imágenes que bailan y se desnudan en las pequeñas pantallas, sonidos de bombo y platillo que cierran los informativos. Desde el momento que pagamos por una entrevista, servimos canutazos sacados de contexto y contamos medias-verdades, estamos prostituyendo la información. Y los periodistas (o practicantes, como es mi caso) somos sus chulos. Estamos perfeccionando una nueva vertiente de la profesión: el puterismo.

Nos hemos convertido en unos vendidos. Desconectamos nuestros valores y alquilamos nuestras ideas para mentefacturar productos atractivos, llamativos y bonitos que ayuden a marear los ojos de ese gran monstruo al que llamamos masa. Nos aterroriza cuestionar a una audiencia alimentada con espectáculo, que ha olvidado lo que significa la palabra calidad. Algo de lo que sólo nosotros somos culpables.

Quizá el futuro del periodismo se aclare cuando quiebren los grandes mass media, los dueños de la agenda social de la información, comprada al mejor ofertante. No tienen dinero, no tienen principios, pero nos tienen cogidos por dónde más duele. Pero nosotros no olvidamos que la información es poder, el poder es del dinero y el dinero, no es más que papel. Mientras tanto, mejor consumir mentiras vestidas de ficciones que mentiras vendidas con la etiqueta de actualidad.