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lunes, 3 de marzo de 2014

La máquina de escribir

Llevaba meses, años, una eternidad arrastrando los pies por las aceras grises, sucias y mojadas de su barrio. Siempre alrededor de las mismas manzanas, las mismas aceras, los mismos pasos de cebra desgastados por el incesante abucheo de la lluvia. Llovía y llovía y llovía, en sus ojos, en el cielo, en el baño. Las goteras de su cerebro le ensuciaban el pelo, dejando mechones lacios pegados a los lados de su pequeño rostro. Sólo los lunes se atrevía a recogérselos con un par de horquillas negras de los años en los que calzaba tutú y mallas sobre el escenario, dejando a la vista sus ojos vidriosos que intentaban sonreír, sin mucho éxito, en la consulta del Doctor Caligari. Como en la película, su mundo de luces y sombras se proyectaba sobre las paredes de aquél despacho. Jamás vio un diván ni cartulinas blancas con cuadros de Picasso, pero la  amenazante sensación  de estar perdiendo el tiempo allí sentada era ya familiar, algo que había sentido con todos y cada uno de los psicólogos de los últimos diez años. Caligari era despiadadamente inquisitivo, feroz y autoritario, pero le reconfortaba el repetitivo murmullo que escupía su lengua afilada. Hablaba más que escuchaba, perdiéndose en delirantes monólogos sobre el bien y el mal, orquestados por su lapicero de madera de pino y su libreta llena de garabatos.  Después de media hora de largas preguntas compuestas, yuxtapuestas y subordinadas cerradas con breves respuestas negativas, alargó su brazo huesudo y rasgó con sus largas uñas una hoja del recetario y, con una perfecta Lucida Caligraphy escribió su nombre y algún que otro apellido. Con cordialidad y una media sonrisa en su rostro chupado, le condujo hasta la puerta de su reino, deseándole una feliz semana libre de pensamientos incómodos, como a él le gustaba llamarlos. 

Al vigésimo tercer bote de ese nuevo y revolucionario antidepresivo de teletienda, se levantó con un ímpetu desconocido, dispuesta a ahorrarse hasta el último centavo en curar las heridas de su mente. Justo antes de quedarse sin blanca, aprovechó el primero de mes para dar un paseo hasta el abarrotado centro comercial en busca de una de esas modernas máquinas de escribir que ahora venían equipadas con más extras que su coche. Poco le preocupaba la pantalla retina, el wifi o el revolucionario USB 3.0, pues sólo buscaba un cacharro con teclado y un editor de texto que corrigiese sus faltas de ortografía. 

Al llegar a casa, corrió como una niña pequeña a por unas tijeras para cortar las protecciones de su nuevo amigo, nada de venas esta vez. Fuera las bolsitas de plástico, las bridas y los corchos anti-golpes, enchufó la máquina a la corriente y le dio vida. Su pequeño Frankenstein parpadeó, gruñó y abrió la boca enseñándole todos sus dientes, de la A a la Z. Con una sorprendente habilidad, fue golpeándolos uno a uno creando una amigable melodía que se traducía en palabras en los ojos del monstruito. Poco a poco, conforme iba cogiéndole el tranquillo, iba sintiéndose más animada, relajada. Abrió las persianas y las ventanas de par en par para ventilar su rencor y compró cubos nuevos para recoger el agua de su cabeza. Cuanto más escribía, más libre se sentía, libre de acuchillar a sus personajes con una coma. Amordazaba a su madre con una interrogación y aplastaba al Doctor Caligari  entre paréntesis. Historia tras historia, describía con infinito detalle los planes para deshacerse de sus frustraciones, miedos y temores, dejándolos aparte con un simple punto.

Reescribió la Biblia, se coronó protagonista de los molinos de viento y se condenó a la solitaria vida del escritor. No podía parar de escribir, pues temía que dejar su nueva terapia a medias la mataría definitivamente, irrevocablemente, indefinidamente. Fumaba día y noche, intercalando cada espacio con una calada de paz y amargura. Tras varios meses de colillas amontonadas en la esquina y decenas de libros escritos, empezó a chispear de nuevo. Había matado en sus historias a todos y cada uno de los esquizofrénicos que conocía, pero necesitaba seguir escribiendo, por el bien de sus cabellos casi secos. Así que dejó la máquina cargándose, arrastró sus viejas zapatillas de estar por casa hasta la cocina y cogió las tijeras de siempre para ir a dar un paseo, en busca de caras nuevas para ensangrentar sus historias. Punto final.

jueves, 20 de febrero de 2014

A cup of tea

Noche tras noche, acurrucada bajo la manta aterciopelada que se extendía con gracia sobre sus finas piernas como la cola de un infinito vestido de gala, se removía en el sofá hasta encontrar el hueco perfecto entre cojín y cojín. Agarraba firmemente con ambas manos una finísima taza de porcelana, fina como su autoestima, translúcida y frágil. La tacita, herencia de una bisabuela caduca, había sufrido el paso del tiempo y del té, pues cada noche una bolsita entraba y salía, entraba y salía, con el vaivén de sus dedos aferrados a la etiqueta que casi siempre acababa por esconderse en el fondo. Cucharas de plástico, desechables, sin glamour alguno, contrastaban con las flores del cerezo en primavera que algún artista había pintado con pulso de acero sobre la porcelana. Dos terrones de azúcar moreno, más morenos que los cabellos revueltos de la joven, se deshacían lentamente en lo más profundo de la diminuta taza, consumidos por el agua hirviendo y las especias de cada nueva bolsita de té. Cada diez minutos un pitido ensordecedor maullaba desde la cocina clamando auxilio. Entonces ella dejaba con delicadeza la tacita sobre una mesa de roble rescatada de la basura y corría de puntillas a por la tetera metálica, robusta y nueva que algún ser querido le había regalado por su último cumpleaños. De un cajón desastre sacaba una bolsita, o dos los días que se sentía estresada, y volvía por donde había venido para rellenar de nuevo la tacita. Después de sentarse en el hueco del sofá y arroparse con su vestido de terciopelo, se mojaba los labios con el suave aroma del té verde, el de jazmín o tal vez un nuevo sabor de eso que los entendidos llamaban rooibos. Con el carmín rosado en los bordes, la tacita volvía vacía a su sitio para descansar, hasta la noche siguiente. 

miércoles, 19 de febrero de 2014

Descripciones

A las tres y dos minutos entraron por la puerta Amanda y Mario. A la primera le lancé una mirada llena de odio y recelo, cuya respuesta fue la más absoluta indiferencia; al segundo le interrogué con la vista previo saludo mudo y gesticulado, a lo que hizo caso omiso. Ambos pasaron de largo a sus respectivos cuartos. Permanecí de pie en la entrada, al lado del ropero. Crucé el inmenso vestíbulo desnudo, prácticamente despoblado de vida salvo por el ficus que vigilaba la estancia desde la esquina. Tras dirigir una mirada al horizonte, coloreado con un tono celeste difuminado por trazos naranjas, fui a la cocina y saqué una bolsa de arroz congelado, de esos sofritos modernos que llevan verduras pasteurizadas y revenidas que se convierten en comestibles a los dos minutos de sartén. En realidad no tenía hambre, sólo la quería para ponérmela en la cabeza. 

Arrojé la bolsa sobre la encimera de mármol blanco con un saque de tenista, cerré la puerta de la nevera con el talón izquierdo y dirigí una instigadora mirada por cada rincón de la casa. Recorrí el segundo pasillo, el que daba al salón, sin poder evitar cruzarme con la asistenta amargada pero prudente, que me dirigió una mirada recelosa bajo dos arcos apenas perceptibles a los que hacía llamar cejas. Cuando ésta desapareció disimuladamente con el plumero entre las piernas, chorreando una hilera de polvo tras sus talones, me senté en el piano de cola y jugueteé con las teclas nerviosa, cual secretaria desquiciada con un portátil obsoleto y ruidoso, de esos que se calientan todo el rato y se ventilan poniendo un lapicerito en un lateral. A lo que escupía el piano no se le podía llamar música precisamente, pero igualmente enderecé la espalda y me comporté como una profesional estirando mis dedos al máximo como el cuello de una garza, golpeando con más y más fuerza cada tecla, mientras la bolsa de arroz se descongelaba en todas partes menos sobre mi cabeza.

Mario se asomó por el arco del salón y se acercó a mí con paso firme, mientras yo destrozaba las sinfonías que caprichosamente interpretaba, sin ton ni son. Se sentó a mi lado como bien pudo, pues no me moví ni un centímetro para hacerle hueco a ese culo de mentiroso que paseaba tan campante por mi casa. Al ritmo de mis notas suicidas, separó delicadamente un mechón deshilachado que colgaba de mi frente y deslizó sus dedos tras mi oreja, acercando al mismo tiempo su cabeza a la mía. Me besó en la frente con un orgullo fingido y se marchó sin articular palabra. Oí sus pasos al lo lejos, en el pasillo, en el descansillo de la escalera  de la entrada y luego, silencio. ¿Había cogido la pistola que tenía en su cuarto? La intriga me consumía lentamente por dentro, deshaciendo la cera de mis paredes estomacales consumidas por el fuego de la sorpresa. De cuatro en cuatro subí los peldaños de la escalera de caracol, perdiendo el aliento en cada escalón, pero mi prisa se esfumó en cuanto me encontré frente a su puerta. El pomo brillaba bajo la luz dorada de las lámparas que colgaban a cada lado de la puerta de roble. No se oía un alma, incluso dejé de escuchar mi propia respiración. Miré a mis espaldas con la mano agarrando firmemente el pomo helado. Los cuadros por delante de los que tantas veces había pasado me parecían nuevos, brillantes, vibrantes, con colores increíblemente vívidos y amenazantes. Unos tulipanes blancos y frescos, recién extirpados del suelo, descansaban en un jarrón de cristal de murano, que hacía de prisma ante la luz que se colaba por la ventana dibujando finas y puntiagudas formas de una belleza extrema, que señalaban descaradamente la puerta que se erguía frente a mis pies descalzos. Respiré, tragué el aire, lo expulsé, como si estuviese fumándome el ambiente de mentiras que se respiraba en mi casa y giré el pomo cuidadosamente. Cerré la puerta, abrí el cajón de la mesilla: la reluciente pistola negra no estaba.

martes, 18 de febrero de 2014

Lunes

Lunes. Se despierta inquieto, acelerado, con un sudor frío que empapa sus más oscuras pesadillas. Cada media hora, cada veinte minutos, cada diez. El goteo del reloj de arena descuenta sin piedad los minutos que le quedan antes de sacar un pie de sus sábanas mojadas. La noche avanza mientras se pelea con la almohada y, antes de que pueda darse cuenta, se acaba la paz de su oscuridad. Se levanta torpemente, a ciegas, cabizbajo, desnudo y tantea con la áspera palma de su mano derecha el gotelé en busca del interruptor. Con los ojos semicerrados y la luz encendida, brillante, dolorosa, se viste lo más rápido que puede. No se detiene a peinarse, no se lleva nada a la boca salvo una bocanada de aire gélido que termina por despertarle. 

Lunes. Sentado en el coche espera a que pasen las horas, sin prisa, vagabundeando por las aceras, las carreteras, las suelas de los idiotas que cruzan a la deriva. A lo lejos escucha unos tacones que apuñalan el asfalto con gracia, pero se desvanecen rápidamente en la niebla del ruido. Acaricia el volante con las yemas de los dedos, luego con la palma y después apoya ambos brazos sobre él, echando todo el peso del cuerpo hacia delante, descansando los ojos en el horizonte, en algún lugar en el que desearía estar pero al que nunca llega, no llega. 

Lunes. Se baja del coche con un portazo ensordecedor. No se ha movido, o tal vez sí, pero su cabeza se ha marchado llevándose todos los últimos pensamientos que había refugiados en ella. Pone los ojos en blanco, suspira, se sacude el cabello frenéticamente, se deja llevar por sus pasos frenéticos y descontrolados. Cinco, seis, siete vueltas a la manzana, pasea por delante de los mismos portales enrejados, encerrados, empotrados contra paredes gigantescas y heladas. La ciudad se le echa encima, pero está tan ciego que ni siquiera lo oye. 

Lunes.  Es de noche otra vez, pero ¿acaso se hizo de día? La persiana está bajada, las sábanas siguen mojadas y un montón de papeles desordenados se yergue amenazante sobre el escritorio de nogal. No ha derramado una sola gota de tinta ni ha escrito poemas ensangrentados que hablen de ella, pero sigue oyendo el vaivén de sus tacones que bailan el tango de sus recuerdos. Esconde su cabeza bajo la almohada, cubriéndose los oídos con fuerza, pero antes agarra el móvil para programar la alarma, cuando se da cuenta de que hoy es martes.

domingo, 2 de febrero de 2014

Desde Roma con Amor - XV

El nuevo año se me pasó realmente rápido, al menos la primera parte, hasta llegar al final de los exámenes y el comienzo de un nuevo largo verano.  Entre medias, nada cambió en mi vida. Seguía compartiéndola con él, recorriendo juntos Madrid, en busca de nuevos rincones de los que enamorarnos. Nuestras vidas siguieron el mismo camino durante todos los meses del invierno y la primavera, hasta que llegamos a los ardientes del verano. Siempre ha sido mi estación del año favorita, pero mucho más aún desde que salía con ojos negros. Sin ninguna preocupación, deber o trabajo pendiente, Izan y yo disponíamos de mucho más tiempo aún para estar juntos, hacer cosas nuevas, ver mundo o quedarnos entre las sábanas. 

El pasado verano fue considerablemente largo, pues aprobé todas las asignaturas a la primera, pudiendo disfrutar de tres meses de calor, diversión y total libertad. Muchas cosas fueron las que viví en la época estival, pero hay dos de ellas que quedarán para siempre grabadas en mi memoria. 

La primera de ellas fue mi viaje a Luarca con Izan, completamente solos. Sin pensárnoslo dos veces, nos subimos a mi coche con un par de maletas y cinco horas de viaje por delante. Se pasaron más rápido de lo que esperaba, por lo que llegamos con energía y ganas de deshacernos del equipaje, incluida nuestra ropa. 

 Los días pasaban con más prisa de la que habríamos deseado, pero los aprovechábamos al máximo con nuestras visitas a la playa, donde ojos negros se volvía loco cuando la marea estaba baja, ansioso por zambullirse en ella en busca de peces y tesoros ocultos olvidados junto a las rocas. Yo le seguía con cierta dificultad, hasta que finalmente me veía obligada a volverme a la orilla. Cuando no estábamos bañándonos, hacíamos alguna excursión o paseo por el pueblo y así, sin ninguna prisa pero con mucha ternura, pasó una semana fantástica en el norte de España.

La segunda cosa que dejó una huella imborrable en mi verano vino un poco después de nuestra escapada a Luarca, aunque esta vez no estaba con él. Me fui con mis amigas durante cinco días a un festival de música electrónica en Castellón. Nos alojamos en un camping, pero hacíamos vida en la playa y en el recinto de festivales. El último día de conciertos coincidía con mi cumpleaños, lo cual me hacía mucha ilusión por poder celebrarlo con mis amigas, aunque deseaba poder estar con Izan también. A las doce del día 17 de agosto, recibí una llamada suya felicitándome. Como estaba en el concierto no pude oírle bien y quedé en llamarle más tarde, pero como no me lo cogía, le escribí un sms cuando iba de camino al camping. Mi sorpresa fue al cruzar el paseo marítimo y levantar la cabeza, pues no podía creerme quién estaba plantado frente a mí.

miércoles, 29 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - XIV

El día 31 de Diciembre llegó con prisas, sin avisar y casi de improvisto, aunque no me pilló del todo por sorpresa, pues ya tenía casi todo preparado para que los acontecimientos siguieran el rumbo que les había planificado. Después de más de dos meses de agobiante búsqueda de locales, por fin mis amigos y yo habíamos dado con uno que nos convencía. Aún así, sentía sobre mis hombros todo el peso de unas grandes expectativas que se habían visto forzadas a pelearse con los invitados, el dueño del local, las cuentas del dinero recaudado e incluso el alcohol comprado. A ello había que sumarle, además, la presencia de Izan y todos sus amigos en la fiesta, lo que me presionaba aún más, si cabe, para que todo saliese bien y se llevaran una buena impresión.

Vestida, maquillada y con los tacones en el bolso, tras haber cenado con mi familia y haberme atragantado con las uvas, volví a toda prisa a mi barrio, donde había quedado con mis amigos para ir todos juntos al local. Creí que nunca llegaríamos, debido al insufrible atasco que había en pleno centro de Madrid, pero al final lo conseguimos, no sin hacer esperar a la gente para darles las entradas y dejarles pasar. Una vez dentro, recuerdo que lo primero que hice, tras saludar a algunos amigos y conocidos, fue pegarme a la barra del bar con el fin de pedir una relajante copa que me hiciera olvidarme del estrés y la tensión. No recuerdo cuántas copas me tomé ni lo que hice la más de la mitad de la noche, pero sí me quedé con la sensación de haber hecho un buen trabajo y, lo que es mejor, haber podido compartirlo con la mitad de mi vida. Al acabar la fiesta, Izan y yo nos despedimos de nuestros amigos y volvimos juntos a casa, para pasar el comienzo del nuevo año juntos, a la espera de que eso ayudara a nuestra suerte. Tan a gusto estábamos al despertar, que nos olvidamos por completo de la comida de año nuevo y dedicamos la primera mañana del 2013 a besarnos, acariciarnos y amarnos. 

lunes, 27 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - XIII

Del otoño pasamos al invierno en un suspiro helado que dibujó un halo de vaho pálido, débil, apenas perceptible, pero helado y latente. Al volver de París, Izan me aseguró que nuestro aniversario no se había acabado, que no había motivos aún por terminar de celebrar los fantásticos doce meses que habíamos pasado juntos. Así que, pasado un mes, cuando realmente cumplimos doce meses de amor inolvidables, me sacó de casa con una gran sonrisa de oreja a oreja y me llevó de paseo por Madrid, recorriendo los mismos lugares en los que habíamos deambulado un año antes, en un intento desesperado por conocernos el uno al otro. Así es como acabamos de nuevo en Colors. Una cachimba y un par de cócteles nos acompañaron durante un buen rato, mientras nos dejábamos llevar por una mezcla entre los recuerdos y el presente. Nos sentíamos tan bien en aquél pequeño rincón que no nos habríamos movido de ahí en toda la noche si no fuese porque Izan me tenía reservado algo más fuera de aquél lugar. 

Atravesamos con paso distraído la calle del Arenal, dejando a nuestras espaldas Opera y nos adentramos en Sol. Octubre recibía aún muchos visitantes, tanto locales como extranjeros, pese a que el frío ya podía sentirse más vívidamente. Unos cuantos pasos más adelante alcanzamos La Risueña, donde disfrutamos de cinco botellines de burbujitas doradas cayendo en picado por nuestras gargantas. Mis ojos, a cada trago más achispados, no podían dejar de mirar los suaves labios de Izan, humedecidos por la cerveza con la que estábamos brindando. El bullicio del bar camuflaba nuestros deseos, susurrados al oído con mucha delicadeza para esconderlos de los vecinos distraídos. Cuando dimos el último trago, nos alejamos tranquilamente del ruido de los botellines chocando en el aire y subimos por Huertas, de camino hacia Sevilla.

Sin darme cuenta, me encontré frente a un restaurante totalmente desconocido para mí, en pleno corazón de Madrid, rodeado por unas cuantas mesas y sillas de una terraza desierta y gobernada por una serie de luces y focos de distintas tonalidades e intensidades, jugando con las sombras del interior y los colores de las paredes. Nos sentamos en una mesita al lado de un gran cristal que nos dejaba cotillear los andares de los caminantes, a la espera de que el camarero nos atendiera. A los pocos minutos, nos encontramos brindando con un par de copas de champagne a la suave luz de una vela, degustando una fondue de queso y una ensalada. Devorábamos la comida como más tarde nos devoraríamos el uno al otro. Una copa de tinto para él, vino blanco para mí, y un par de chuletones para cada uno pusieron fin a esa magnífica cena a la que me había invitado el amor de mi vida.  Salimos del restaurante abrazados, tan cariñosos como de costumbre, pero no sabría decir si estábamos embriagados de amor o del suave alcohol que habíamos degustado durante toda la tarde y parte de la noche. Lo que sí sabía era lo que vendría justo después. 

jueves, 23 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - XII

Por desgracia, más pronto que tarde tuvimos que despedirnos del verano, pero nos adentramos cogidos de la mano en las grandes avenidas madrileñas, bañadas por un manto seco de hojas bailarinas que se movían de aquí para allá guiadas por el viento. Con el cambio de tiempo y de estación, cambiaron también nuestras ambiciones y deseos. Ambos esperábamos deseosos la llegada de nuestro aniversario, pero lo que no habríamos imaginado era que acabaríamos transformando las calles de nuestro Madrid por los grandes paseos llenos de luces de la ciudad del amor. 

Una mañana aún calurosa, me desperté con una brillante idea dando vueltas a mi cabeza, con la esperanza de encontrar un hueco por el que meterse hasta lo más profundo de ella y guiar mis pasos hasta conseguirla. Aquella mañana, me levanté de un salto de la cama y agarré con firmeza el portátil, con la esperanza de encontrar un acogedor hotel y un buen vuelo para viajar a la ciudad de las luces. 

Al día siguiente, tras haberlo consultado con Izan –muy a mi pesar, puesto que habría pagado mi peso en oro por ver su cara de sorpresa al arrastrarle de la cama por llevarle al aeropuerto- no dudamos un solo segundo en reservarlo. París, dos noches en un hotel a las afueras del tráfico y las incesantes mareas de transeúntes camuflados con turistas, en un barrio tranquilo, flanqueado por restaurantes italianos y balcones llenos de flores. Huiríamos del calor de Madrid para refugiarnos bajo los tejados parisinos.

Cuando llegó el momento de volver a casa, ninguno de los dos podíamos creer que nuestro pequeño y bucólico sueño francés se hubiese acabado. Ni los paseos por Monmatre, coronados por cientos y cientos de pequeñas luces flotantes como luciérnagas en el bosque, ni la visita a la Torre Eiffel, donde candamos nuestro amor a ese gran árbol de hierro que vigilaba la ciudad, podían haberse acabado. Recuerdos sonrientes que quedaron tallados en un sinfín de fotografías de noche y de día, se convirtieron en los testigos de un año entero de amor. Y los que nos quedaban. 

miércoles, 22 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - XI

Entre los largos paseos por las abrasadoras calles de Madrid, los húmedos escalofríos del césped recién cortado de nuestros parques favoritos y las mañanas inagotables del verano, parecía que éste nunca iba a llegar a su fin, pero se acercaba a él inevitablemente, con paso trémulo y torcido. Sin embargo, no me importaba en absoluto, porque sabía que tras los días apilados en el calendario se escondía el gran esperado cuatro de agosto. Mi cumpleaños prometía y mucho, más aún cuando me acompañaría en él el gran amor de verano que comenzó en invierno. 

Y así llegó, de pronto, sin darme cuenta, uno de los días más bonitos de mi vida, repleto de sonrisas, caricias, abrazos, besos, mordiscos, cosquillas, arrumacos, juegos y carcajadas adornando dos bellos rostros llenos de amor el uno por el otro. Pero ese día acudieron a mí muchos más invitados. Recuerdos de unos meses intensos, vívidos, suaves como los pétalos de una flor, pero firmes y consistentes como las raíces del árbol enredado entre la tierra, como los brazos de  Izan alrededor de mi tronco. Suelen decirnos que tendemos a recordar con mayor facilidad los malos recuerdos pero, ¿qué hace nuestro cerebro cuando no los hay, cuando lo único que has vivido ha sido una historia de amor por empezar sacada de una película, de esas que jamás creíste que ibas a protagonizar? Te diré una cosa: cuando eso pasa, se dibujan dos tiernas arrugas en la comisura de los labios, marcando un amplio paréntesis que se abre cada vez que sonríes. 

Dicen que aceptamos el amor que creemos merecer, pero con Izan yo sentía que no merecía todo su amor. Y cuando desenvolví uno a uno todos los paquetes que había traído para celebrar mi cumpleaños, me hizo darme aún más cuenta de ello. Uno por uno, aquellos regalos me hincharon el pecho de felicidad. Mi sonrisa y mi piel irradiaban luz por todos los poros, al tiempo que se me erizaba el vello de todo el cuerpo. Montañas de papel de regalo esparcidas por el suelo contemplaban con recelo como desenvolvía los pequeños detalles que Izan había cuidado tanto. Cuando creí que había terminado de abrirlos todos, me pidió un pequeño favor y cerró suavemente mis ojos. Cumplí su petición con lágrimas en los ojos, escuchando atentamente mi último regalo: su canción.

domingo, 19 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - X

Al fin llegó el verano y, con él, la deseada sensación de libertad, de paz, de calma, de tiempo. Un tiempo que sólo queríamos emplear en nosotros mismos, en cuidar el uno del otro, en querernos, jugar y aprender cosas el uno del otro sin más preocupaciones que las relativas a nuestros próximos planes. Como decía, con el verano llegó el calor y, con el calor, la playa. La playa de Trengandín, la espuma burbujeante de Noja, que se acercaba a nuestros pies reptando por la arena, serpenteando entre las rocas negras que con el vaivén de la marea describían paisajes lunares. 

Partimos desde Madrid, en autocar, los dos solos, apalancados sobre nuestros asientos. Al cabo de un rato los ojos negros se cerraron plácidamente, pero yo no pude conciliar el sueño. Me entretuve con el precioso paisaje verde, cubierto por un cielo gris neblinoso que apenas dejaba entrever las figuras del horizonte. Paramos en Burgos, para estirar las piernas y contribuir al sostenimiento del negocio de la cafetería de la estación. Un par de bocatas de tortilla después, regresamos al autobús y recorrimos unos cientos de kilómetros más. En la última parada nos esperaban sus padres y unas pequeñas vacaciones maravillosas.

Paseamos por Santander, por el puerto y comimos en una marisquería de la zona antes de partir hacia Noja. Media hora de camino después, llegamos a un pequeño pueblo típicamente turístico, frecuentado por bilbaínos. Muchos edificios de segundas residencias, dos playas y una plaza comercial. Eso es Noja, descrita a grandes rasgos. Leyéndola entre líneas pude descubrir los acantilados franqueados por una densa y verde vegetación, los bosques de secuoyas a pocos kilómetros; las rutas perdidas en la montaña y los secretos del Norte que rezumaban en la tierra siempre húmeda y mojada.

Con ellos saboreé las riquísimas anchoas de Santoña, acompañadas de queso azul y pan, o las originales tapas de la plaza central, bañadas por cañas bien frías. Hicimos cientos de excursiones, visitamos miles de sitios. Izan y yo siempre nos quedábamos rezagados por atrás, con la excusa de darle uso a la cámara. Buscábamos siempre momentos para darnos un beso o un largo abrazo en la intimidad del bosque. Y, por la noche, nos dejábamos llevar entre la suavidad de las sábanas. Nuestras noches de amor y días de sol y playa se acabaron pronto, pero aún teníamos mucho verano por delante.

jueves, 16 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - IX

Las semanas siguientes se desenvolvieron lentamente entre horas y horas de biblioteca. Izan y yo quedábamos para ir juntos a la del Reina Sofía. A mi no me gustaba demasiado, pero tanto mis amigas como los de Izan se dejaban ver por ahí de cuando en cuando, por lo que aquella jaula franqueada por inmensas cristaleras se convertía en lugar de reunión. No me gustaban ni las hordas de gente pegando sus caras al cristal para ver lo que se cocía abajo, ni las maderas oscuras que tenían las paredes con un inevitable sentimiento de amargura y condena a muerte. 

Tras haber superado los ordinarios de junio, me enfrentaría a la primera convocatoria extraordinaria deeconomía. Una asignatura que, para más inri, me gustaba y, pese a mi sobrehumano esfuerzo durante el curso cada  lunes con los malditos test online y ejercicios prácticos, tuve la suerte de suspender en todas y cada una de las pruebas prácticas, más la traca final. Y así, ahogada entre resúmenes con centenares de folios y esquemas mentales, Izan me rescataba con su eterna sonrisa y sus bromas descabelladas para recuperar la mía. Realmente hacíamos un buen equipo, pues nos consolábamos mutuamente y nos servíamos de punto de apoyo para coger carrerilla antes de saltar el precipicio, sin saber si nuestros pies tocarían tierra o se quedarían en el intento.

Con algo de suerte y mucho esfuerzo, ambos conseguimos nuestros objetivos. Yo saqué economía con más nota de la que me esperaba y él consiguió entrar en la carrera que quería: Biología en la Universidad Autónoma de Madrid. Aunque he de reconocer que me hubiera gustado cruzar con él un par de besos furtivos por los pasillos de mi universidad y espiar sus maniobras con la Sony HDV y el trípode. Pero, quién sabe, quizá en un futuro no muy lejano nos encontremos estudiando lo mismo o realizando un proyecto común. He de reconocer que innumerables veces he fantaseado con la idea de vernos muy lejos de aquí, reportajeando otras realidades muy diferentes a las que conocemos. Él con la foto, yo con el vídeo. Aunque lo mío es escribir, la filosofía de la cámara es algo que me interesa y me da una insaciable curiosidad.


miércoles, 15 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - VIII

Por desgracia, nuestro fin de semana se acabó pronto, como la arena de un diminuto reloj de juguete.  Nos vimos obligados de volver a la realidad, al estrés de Madrid, al tráfico incesante de personas dormidas en su vaivén rutinario. Tuvimos que retomar la mala costumbre de no despertarnos a besos sobre una blanca cama mullida. En lugar de eso, habíamos de conformarnos con vernos una vez a la semana, dos si teníamos suerte; apalancados en un banco de madera recogiendo retales del amor que íbamos desperdigando sobre las aceras sin ton ni son. Otras semanas no teníamos tanta suerte, y simplemente esperábamos ansiosos la llegada del finde, del abrazo esperado, de la caricia juguetona, de la sonrisa de siempre.

Así pasó el curso sin darnos cuenta, entre tardes de biblioteca, besos de despedida y llamadas todas o casi todas las noches. Llamadas que acariciaban el aire, con dedos que jugueteaban indecisos con el botón de colgar, haciéndonos retroceder en el tiempo y bailar con las ganas de vernos. Y los malditos exámenes, cada vez más cerca.

No obstante, hubo un día que pareció congelarse en el calendario. El esperado 20 de mayo, el día más feliz de mi vida desde que aquél par de océanos negros se cruzaron en mi camino. El día elegido para celebrar el nacimiento de la criatura más bonita del universo, del hombre que cambiaría mis días para siempre. Me gusta echar la vista atrás para recordar el brillo de sus ojos cuando vio los paquetitos envueltos en papel de regalo esparcidos por la cama de su habitación: una carta que espero aun guarde, un pendiente de coco negro, una dilatación como la que tenía en aquella foto en la que sale tan sexy, varias fotografías de los rincones más especiales de nuestra primera cita: Colors, la plaza donde me besó, la esquina donde me cogió la mano por primera vez… y, por último, algo a lo que hemos dado buen uso: una sugerente crema de chocolate blanco diseñada para hacer caricias y dibujos corporales. He de reconocer que para sacar a flote nuestras dotes artísticas en la cama habría venido mejor la de frutos del bosque o la de chocolate negro, pero nuestro gusto común por el blanco (otra cosa más de las mil y una que compartimos), me hizo decantarme por él. Qué recuerdos y qué sabores. Su piel, mi piel y, entre medias, la suave y empalagosa textura del chocolate derritiéndose por nuestras curvas.

lunes, 13 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - VII

Tras los besos acalorados escondidos en un pequeño rincón, llegaron los abrazos eternos; las caricias traviesas, juguetonas, tranquilas; los mordiscos a altas horas de la madrugada en el cuello y el lóbulo de la oreja; los susurros nerviosos, suaves y cariñosos. Palabras llenas de vida, de amor, de pasión, tremendamente sensuales y también sexuales. Nos comíamos con la mirada mientras se devoraban nuestras lenguas. En su casa, en la mía, en el coche. Cualquier lugar era bueno si estábamos los dos juntos. Sentíamos, reíamos, vivíamos. Cada día descubríamos secretos de nuestro cuerpo, palmo a palmo, a cada segundo. Ardíamos por dentro y sudábamos sin cesar por fuera. Nos amábamos como si no hubiese mañana, como si el hoy fuese nuestra única pertenencia, nuestra perdición.

Un día, sumida en el silencio de mi habitación, pensando en él y nada más que él, quien se encontraba a kilómetros de distancia, encontré un anuncio que se llevó toda mi atención. Un gran hotel en un acogedor pueblo de Portugal. Una noche bajo las estrellas, entre algodones, sumergida en las aguas del spa y la tranquilidad del paisaje portugués espiado desde unos grandes ventanales. No me lo pensé dos veces. Le llamé, le conté lo que se me había ocurrido y escuché atenta un rotundo sí que me llenó de alegría, emoción, ilusión y un nuevo impulso. De inmediato, reservé una noche de hotel en aquel lugar de cuento, sin saber cómo llegaríamos hasta allí. Sólo sabíamos el cuándo: después de los exámenes.

Meses más tarde, por fin llegó la fecha señalada a fuego en el calendario. De Madrid a Lisboa, de Lisboa a al viaje de nuestros sueños, nuestro primer viaje. Viajamos en avión hasta el lugar más cercano al pueblecito. Sucumbí a mis nervios, que no se relajaron hasta que nos subimos al primer autobús, y luego al segundo, y más tarde, a una tartana de taxi con los asientos roídos y sin cinturones. En lo alto de la colina se erguía un majestuoso hotel de piedra blanca rodeado por listones de roble. Arquitectura moderna, rectángulos recortando el cielo, una piscina bañando el paisaje y una habitación blanca y azul, espaciosa, cómoda, preciosa. De pronto, nos sentimos atrapados en un sueño que nos llevaba de la cama al restaurante, del restaurante a la cama, de la cama al spa, del spa al bosque surcado por caminos de tierra y del camino a la cama. Subimos, bajamos, nos arropamos, nos destapamos. Nos adentramos en un paraíso efímero, blanco, desconocido, perdido, a 700 kilómetros de nuestros hogares. Nos sentíamos libres, maduros, solos, adultos e increíblemente felices. 

domingo, 12 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - VI

La Navidad avanzaba con paso firme, contemplando el ir y venir de las vacaciones, las quedadas, el papel de regalo, la lluvia y la fría luna. Pasó por mi casa sin un solo árbol con su guirnalda, sus bolas, sus papás noeles y renos. Ni tan siquiera un belén con cagané. Pero lo que si hubo fueron regalos, para no perder la costumbre ni el poco espíritu navideño que se colaba por debajo de la puerta. Mientras tanto, Izan y yo nos comíamos a besos por teléfono y rellenábamos con palabras bonitas centenares de mensajes. Si había algo que había cambiado el ambiente navideño de Madrid era nuestro entusiasmo y ganas de pasar nuestra primera Navidad juntos, aunque no tanto como nos hubiese gustado. 

El último día del año llegó y, con él, la tradicional y recomendada lista de las buenas acciones para compensar los abusos de los 364 días anteriores. Un ajuste de cuentas con el karma que plasmé en un post-it custodiado por mi cartera: Dejar de decir tacos, intentar ser un poco menos nerviosa, convertirme en una férrea ahorradora, aprobarlas todas y, la última y la más importante con diferencia, hacer de Izan el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra. Sin duda, era el mejor cometido que podía afrontar, el más satisfactorio y divertido. Los demás los intenté con mayor o menor ahínco; si los logré o no, es otra historia que no viene al caso.

Según iba cayendo la noche, mis ganas de música y mi sed de gintonics iban en aumento. Puse la radio a todo volumen para ir sintonizando con las canciones que sonarían un poco más tarde, para entrar en el vestido a tono. Después de una larga y relajante ducha, saqué del armario el vestido de seda rosa y caída negra en falda de tubo que me había comprado unas cuantas tardes atrás con mi tío. Cuando me vio salir del probador con él le pareció un poco soso, hasta que me di la vuelta y vio mi espalda al aire en forma de media luna coronada por cuatro botones dorados y una sugerente cremallera en la parte baja de mi espalda, del mismo tono. Salí de la tienda una sola bolsa, pues no necesitaba nada más. El resto ya lo tenía en casa: los botines negros heredados de mi madre, un par de perlas en las orejas y la pulsera de mi amigo invisible en la muñeca derecha. Una larga raya rasgada en mis párpados, rimmel, colorete, un suave tono rosado en los labios, mucha colonia y un par de pasadas de plancha por el pelo.

De la fiesta poco recuerdo, salvo el olor a alcohol impregnado en aquél pequeño bar cercano a Argüelles Muchas caras conocidas, casi todas, y una larga espera en la barra pidiendo rondas de chupitos y cubatas con el alcohol que les quedara, cualquiera que fuese. Lo que sí recuerdo perfectamente fue el final de la fiesta. Un par de amigos me acompañaron hasta el metro, donde me esperaba Izan, rodeado de los suyos. Tras pasear por las calles alborotadas de Madrid regresamos a mi barrio. Era el momento de presentárselo a los demás. En la churrería de siempre, tras unos cuantos besos en la mejilla y un par de sorbos a un vaso de chocolate, nuestros labios se cruzaron fervientemente, ansiosos, deseosos, embriagados por el alcohol y sedientos por el ardor del chocolate. Cerramos el año con la puerta de los baños y saludamos al nuevo año siendo uno. 

miércoles, 8 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - V

Hablábamos todos los días y quedábamos todas las semanas, al menos un día. Jamás me había sentido tan feliz, tan libre, tan yo. Me hacía sentir tan a gusto conmigo misma que necesitaba estar con él a todas horas. Cuando no era así, sentía que me faltaba algo, una pequeña e incómoda parte de mí que no me dejaba tranquila, y algo en mi interior me decía que a él le pasaba exactamente lo mismo. Salíamos por Madrid a tomar algo, a calentar el invierno juntos, a cenar, a encender las luces de la ciudad, a despertarla con nuestras risas. Salíamos a comer y beber, salíamos por salir, por estar juntos. Al Starbucks, a aquella terraza en la Plaza de Santa Ana, al Vips, al Ginos, al Rincón de Extremadura, al Retiro, al Parque del Capricho, al T.G.I. Fridays, al Foster’s Hollywood, a su casa, a la mía, al restaurante chino, a Los Amigos, a la Risueña, al 100 Montaditos. Nunca antes me había divertido tanto.  

Recuerdo perfectamente el 25 de Diciembre que quedamos para ir al cine. La nueva de Misión Imposible, una de tantas películas que a ambos nos gustaban. Todo un lujo era compartir los mismos gustos en cuanto cine, videojuegos, comida y bebida. Había tantos lazos que nos unían y cada vez íbamos creando más y apretándolos fuerte contra nosotros. Mientras la cola avanzaba lentamente, nos abrazábamos y nos contábamos cositas de nuestro día a día. Me encanta recordar la cara que puso cuando, a punto de entrar a la sala de los cines de Callao, le dije que tenía una sorpresita para él. Yo también me dijo él y nuestras sonrisas se cruzaron furtivamente. Las sorpresas: un spa por mi parte, y una preciosa pulsera por la suya. Me quedé boquiabierta cuando a la salida del cine me la enseñó y la abrochó en torno a mi pequeña muñeca. Brillante, reluciente como mis ojos cada vez que le miraba.

Días más tarde, fuimos al spa y le vi disfrutar como a un niño. Se sentía como pez en el agua y, pasada la vergüenza inicial por vernos semi-desnudos y con esos ridículos gorros de baño, nos sumergimos en todas las piscinas de hidromasaje, nos ahogamos en la sauna y pasamos un rato muy agradable jugando en las camas de agua. 


martes, 7 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - IV

¿Cómo era su voz?, ¿cuál era el perfume que emanaba de su cuello?, ¿cómo eran sus manos? y otros tantos cómos y cuáles me preguntaba con cada paso que él daba hacia mí. Poco a poco los fui respondiendo, sin mucho esfuerzo, pues afortunadamente él había secuestrado el gato que se había comido mi lengua. Anduvimos por la Gran Vía, Hortaleza, Fuencarral, callejuelas próximas a Malasaña sin rumbo fijo, como cuerpos errantes a la deriva de una noche fría pero tranquila. Él hablaba y hablaba y yo reía de vez en cuando, le miraba y me ruborizaba. Pensaba estar quedando como una idiota sin tema de conversación, pero lo cierto es que me gustaba escucharle, dejarle compartir su vida conmigo. 

Reemprendimos el rumbo al lugar de nuestra cita, pero antes de llegar a Colors nos paramos en la plaza San Martín, al refugio de un banco de piedra donde seguimos contándonos nuestras vidas, conociéndonos un poquito mejor, disfrutando de la compañía del otro. Nuestros hombros juntos, acariciándose; nuestras manos jugando sobre las piernas, inquietas, traviesas; nuestros ojos perdidos en el horizonte, en la gente, en la calle; nuestros labios, deseando rozarse. Y, sin darme cuenta, me encontré de pie, entre sus brazos, besándole tímidamente, despacio, avergonzada y nerviosa, con una sonrisa de idiota en la cara. Entonces él me agarró de la mano cogiéndome por sorpresa, una grata y satisfactoria sorpresa, y yo me dejé llevar aferrada a sus dedos, disfrutando de aquella noche construida para nosotros y de la suavidad de la palma de sus manos. 

Unos pasos más tarde entramos en Colors, un pub en el que yo ya había estado, pero que me pareció un lugar totalmente diferente aquella noche. Nos acomodamos en un sofá negro aterciopelado, resguardados tras una mesa coronada por una gran cachimba de sabor manzana y un par de cócteles de colores neón. Y nos dejamos llevar. Pasaron las horas acurrucadas entre besos, caricias, risas y charlas alegres y divertidas, de esas que sólo se tienen con alguien a quien conoces de toda la vida, o casi. Me sentía como si llevase meses saliendo con él y al mismo tiempo notaba las mariposas revoloteando en mi estómago, típicas de la primera vez. Podía sentir que él pensaba lo mismo que yo. Habíamos conectado desde el primer mensaje que nos enviamos, pero allí encajamos como las dos únicas piezas de un puzzle inmenso. 

Cuatro horas más tarde abandonamos aquél lugar para vagar por las calles de Madrid. Nos dejamos llevar por Ópera. Me invitó a una hamburguesa que devoré sin que él probara bocado y más tarde caminamos de nuevo hasta Callao. Ninguno de los dos queríamos hacerlo, pero nos despedimos. Un largo, profundo y tierno beso, acompañado de un cálido abrazo y la promesa de volver a vernos muy pronto. La miel en los labios, el corazón encogido y  el estómago dolorido por culpa de las mariposas. Aquella noche me di cuenta de que mi vida acababa de cambiar por completo. 

lunes, 6 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - III

Tristeza, desatino y decepción, una profunda e incomprensible decepción que había encontrado un refugio acolchado entre mis pensamientos. Y, a partir de entonces, los millones de preguntas que entraban descaradamente sin llamar, de día, de noche, a la hora de la siesta o del desayuno. Un sinfín de por qués adornados con interrogaciones, seguidos de constantes vistazos a los mensajes que nos habíamos mandado y nos seguíamos mandando. Sus dulces palabras se enfrentaban fervientemente con sus actos, pues su manera de dirigirse a mí, de alabarme, de complacerme, se contradecía con su negativa a querer verme. Todo me parecían burdas excusas, mentiras piadosas cuyo fin no llegaba a comprender.

Pasaron las semanas por el calendario con sus siete perezosos días, aguantando la respiración al caer la noche, a la espera de una nueva respuesta. Otra oportunidad decían a gritos mis palabras entre líneas. Un miedo al rechazo que nunca me habían presentado se convirtió en mi fiel confesor. Medía las palabras con cuentagotas, escrutaba cada respuesta y releía una vez tras otra los mensajes que nos mandábamos, a la espera de encontrar la pista perdida que demostrase que me estaba equivocando. ¿Jugaba conmigo? No quería ni pensarlo. Sólo quería enredarme en sus brazos a toda costa. 

Tantas veces lo pensé y ninguna lo intenté. Miraba una vez tras otra todas las fotos de su perfil. Me embobaba mientras las horas corrían ajenas a mis vueltas en la cama, pero seguía sin atreverme. No podía volver a leer un no por respuesta, pues me veía incapaz de conformarme con él. No obstante, sabía que quien no arriesga no gana y que poco tenía que perder, no más que una intensa conversación continuada noche tras noche. Así que, tres semanas después, me olvidé de mi confesor, de mis dudas y de las incómodas preguntas sin responder y volví a pedírselo. Quedemos este fin de semana me apresuré a escribir, antes de embolarnos en otra conversación sobre  cualquier otro asunto. Y la respuesta provocó en mis labios la sonrisa más grande que el espejo me había visto en meses. 

Dos horas encerrada en el baño, con los focos alumbrando la cara de una actriz nominada a los Oscar. Llevaba una semana planeándolo todo, imaginando como sería el encuentro. Mis vaqueros favoritos, una camisola color perla y una chaquetilla de lana, escondidas bajo mi gran gabardina negra y un pañuelo de satén con dibujos y formas emulando Las Mil y Una Noches. El pelo alisado, las uñas azul eléctrico, la raya dibujada en mis ojos y rimmel, todo el rimmel que mis pestañas fueran capaces de soportar. Jean Paul Gaultier en el cuello, muñecas y lóbulos de mis pequeñas orejas. Un caramelo de fresa para saborear en el metro de camino a Sol y el toque final: mi búho dorado colgando del cuello. Me metí de un salto en las botas, cogí el bolso y desaparecí por la puerta a toda prisa. Recuerdo mirar constantemente el móvil, atenta a la hora, al whatsapp, o cualquier aplicación que pudiese emitir una notificación. Repasé la vaselina de mis labios, hice desaparecer el poco caramelo que quedaba y me despedí de mi seguridad y mi energía arrolladora. Subí los últimos peldaños de las escaleras y me coloqué frente al pez de Sol. Diez minutos más tarde, una tremenda sonrisa se dibujó en una barba dorada.

domingo, 5 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - II

Pasaron algunos días con sus noches, rápidos, despiertos, coquetos, repletos de palabras bonitas, zalameras.  Recuerdo vívidamente el momento en que recibí su petición de amistad. Una sonrisilla tonta que no pude reprimir acudió a mis labios nerviosos, entreabiertos y contentos. Él había movido la primera ficha; era mi turno. Tras largas sesiones deslizando el ratón por su perfil, encontré algo que me dejó boquiabierta e incrementó tanto mi interés que no dudé un solo segundo en crearme una cuenta en una nueva red social sólo para poder comentar aquellas maravillosas fotos. Paisajes del norte, carreteras sinuosas perdidas entre los altos árboles, retratos de caras desnudas ante la cámara. Verdes, grises, azules, morados, componían cuadros bellísimos y tan reales como lo que estaba empezando a sentir dentro de mí. 

Cosquilleo, emoción, nerviosismo e impaciencia cuando se demoraba más de lo necesario la respuesta al último mensaje. Hablábamos de nosotros, de lo que nos gustaba y lo que no, de lo que nos gustaría llegar a ser y lo que hasta entonces habíamos conseguido. A cada mensaje me parecía estar descubriendo un tesoro mayor. Sentía desenterrar con las yemas de mis dedos un increíble mundo desconocido encerrado en una sola persona. Jamás pensé conocer a alguien tan joven y tan interesante, como esos personajes esculpidos por un guionista para una ficción hollywoodiense. Y además, si todo lo que estaba mostrándome lo hacía a través de unas palabras tecleadas sobre una pantalla, ¿qué me enseñaría directamente a través de sus labios, sus manos o incluso sus ojos? Era asombrosa su forma de pensar, de ver el mundo. Tras haber hablado con él, sentía como si hubiese estado toda mi vida en una pequeña jaula de hierro de la que sólo él tenía la llave. Me había sacado de mi burbuja para enseñarme cuan equivocada estaba al respecto de mis propias convicciones. Me había enseñado a volar.

Y así, alzando mis alas, batiendo el aire con ellas, me lancé y le pedí volver a vernos, solos los dos. Una cita con el destino, con la magia, con un lugar plagado de mariposas. Quería volver a escuchar su voz tranquila, profunda, grave, tan reconfortante. Quería memorizar el olor de su cuello, disfrutar de la textura de su pelo y guardar en lo más profundo de mí el sabor de sus suaves labios. Tenía que conocer el tacto de sus manos sobre las mías. Madrid de noche con él no sería la misma. Ardía en deseos de comprobar cómo de diferente podía llegar a ser eso que llamamos mundo si lo pisaba junto a él. Necesitaba hacerle reír hasta dolerle, dejarle un sendero de miguitas hasta mi casa. Sabía que nos comeríamos la noche y nos desayunaríamos el día, y sabía que todo eso iba a ser muy fácil. Nosotros seríamos la aguja del pajar, una diminuta mota de polvo en el firmamento que encontraría su sitio. Sí, sabía todo eso desde que empezamos a hablar, pero lo que jamás habría imaginado fue su respuesta a mi petición de vernos: No.

sábado, 4 de enero de 2014

Desde Roma con Amor - I

Un día 7 rodeado en el calendario, muy avanzado, cálido, tranquilo, tocando a su fin. El sol hacía ya rato que se había puesto. Una brisa calmada se deslizaba por los recovecos de la ciudad y me hacía compañía mientras esperaba apoyada contra la marquesina de una parada desconocida. Sobre mi cabeza un sinfín de bombillas que, alineadas a los lados de la carretera, se preparaban para dar forma a la noche. Entretanto, las manecillas del reloj seguían su recorrido incesantes, y mi constante consulta de la hora no hacía otra cosa que ponerme nerviosa, revolverme en mi improvisado asiento y dejarme las manos húmedas y temblorosas. Al rato, por fin una novedad: dos caras conocidas y una nueva. Saludos, presentaciones, algún que otro comentario en el aire y de nuevo a esperar, pero no allí. Cruzamos unas pocas calles, doblamos algunas esquinas y enfilamos hacia un portal reluciente, con una gran puerta de hierro. Tal vez, si hubiese sabido lo que me esperaría al otro lado de esa simple puerta, me habría abalanzado sobre ella sin esperar a los demás; habría averiguado el modo de encontrarla y cruzar los pasillos de aquél portal para darme de bruces con mi destino. Pero no lo sabía, y no lo supe hasta mucho después.

Un timbrazo, una voz suave y agradable al otro lado del telefonillo y una puerta abierta. Unos pasos más tarde, subíamos en un ascensor un tanto incómodo. Miradas de complicidad se cruzaban con mis ojos mientras yo me preguntaba qué hacía ahí. Llegamos a un piso cuyo número no soy capaz de recordar, a una puerta cuya letra he olvidado, pero que guardaba unas caras que ahora puedo reconocer perfectamente, una en especial. Más saludos, más besos, palabras amables, alguna que otra risilla de complicidad, completos desconocidos abriéndonos las puertas de su casa y entre todos ellos, dos ojos que se grabaron a fuego en mi retina. De entre todos ellos, altos, bajos, gordos, flacos, hubo dos soles negros, de esos que sólo pueden existir en una galaxia muy lejana que quizás nunca descubramos, que se llevaron toda mi atención y mi curiosidad mal disimulada bajo una capa de timidez y algún que otro rubor. Danzaban de un lado a otro del salón, parpadeaban con gracia, espiaban con disimulo y miraban con recelo, muy atentos y despiertos, asombrosamente observadores. Yo les seguía como podía, a escondidas, de reojo, tratando de no ser vista por el miedo al miedo, a la vergüenza, al no saber responder. 

Así pasaba sosegada la noche. La luna cerniéndose sobre nuestras cabezas mientras nosotros cenábamos y bebíamos, envueltos en risas, comentarios y bromas de una pandilla de amigos que acababa de adoptar a un par de caras desconocidas. Algunos se levantaban y danzaban por habitaciones que de sobra conocían. Yo apenas me moví; clavada en el sofá, entre las dos únicas caras conocidas, escuchaba desde la distancia la conversación de los pocos que se habían rezagado en el salón. De tantas que cosas hablaron nada recuerdo, salvo una pregunta cuya respuesta torció las comisuras de mis labios en una diminuta, privada y reservada sonrisa: “¿Qué tal con Ana?” dijo ella, a lo que los avispados ojos negros respondieron entrecerrados que lo habían dejado. Y esos ojos tenían un nombre que podría escribir en el cielo con los míos cerrados: Izan.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Entrevista del concurso "Mi forma de tocar las nubes"

Tábata, la creadora de Nenna Unocuatro me entrevistó tras ser elegido mi texto ganador de uno de los concursos que organiza. Aquí podéis leer mi texto y encontrar las respuestas a todas sus preguntas. 

-¿Por qué empezaste tu blog?

Esa es una de las preguntas que me temía, y no sin motivos, pues no sé muy bien cómo responderla. Hace tanto tiempo que lo creé, que he olvidado incluso los motivos que me llevaron a ocupar un pequeño pedacito de la red. Así, mi blog nació ya hace unos cuantos años, en mi plena adolescencia, sin una temática definida ni un público objetivo demasiado claro. De hecho, el público era yo misma, pues me servía a modo de diario personal que poder llevar a todas partes, aunque sigo siendo una amante del papel. Tanto que incluso tengo que llevar conmigo una libreta para apuntar a toda prisa las ideas que me atropellan la cabeza antes de que se esfumen tan rápido como vinieron.

Con el tiempo, empecé a cogerle cariño al blog, pues me servía como una vía de escape del agobio rutinario de mi vida, un lugar en el que imaginar mundos, personas y recuerdos nuevos, tan fácil de crear como teclear unas letras detrás de otras. No obstante, mi blog ya no es lo que solía ser. Ha madurado conmigo y el pequeño retal de recuerdos que lo conformaban se ha ido transformando en un baúl de sueños y ambiciones que aspiro a cumplir.

-¿Razones por las que piensas que no perdería nadie el tiempo en pasarse por tu pequeño espacio? 

No creo que mi blog sea apto para todos los públicos, pues es un espacio pensado sólo para los amantes de la lectura, los aficionados al cuidado de la imaginación y los que disfruten de una sutil mezcla entre realidad y ficción. Y esto no es algo malo, sino todo lo contrario, pues debido a la intangible cantidad de pequeños, medianos y grandes blogs que pueblan la red, es bueno crearse un espacio diferenciado, abrir un hueco entre esa nube de blogueros para que las ideas de cada uno puedan asomar el hocico y reclamar su espacio correspondiente.

-¿Estás estudiando o trabajas? ¿En qué?

Ahora mismo estoy estudiando el Doble Grado de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid. Voy por mi tercer curso, el cuál estoy disfrutando ahora mismo en mi destino Erasmus: Amberes (Bélgica). No obstante, no pierdo oportunidad de apuntarme a cursos o talleres, bien dentro de la oferta de mi universidad o fuera de ella, pues me encanta seguir aprendiendo cosas nuevas.

He de reconocer que he acabado un poco desencantada con el periodismo y, por ello, me alegro de estar complementándolo con el grado de comunicación audiovisual, pues me apasiona todo lo relacionado con la creatividad y el desarrollo de ficciones, especialmente si son escritas. Aunque el mundo audiovisual tiene todo un abanico de posibilidades que ofrecer.

También saco tiempo para realizar trabajos de carácter temporal, para sacarme un dinero extra a fin de mes. Ya siento ganas de independizarme, más aún después de haber vivido lo que es el Erasmus. Por ello, meto el pie en cualquier trabajillo que puedo, desde el mundo de la publicidad y la belleza hasta el sector de ventas y consumo.

-¿Alguna vez pensaste antes de hacerte el blog que habría tanta gente en este pequeño mundo?

Lo cierto es que cuando empecé el blog no pensé que se pudiese llegar a recolectar una audiencia más o menos modesta que siguiese al día los contenidos que actualizo, pues, como ya he dicho, lo creé con la intención de que fuese un diario personal. No obstante, estos últimos meses he estado trabajando en él con el fin de darlo a conocer y ganarme un sitio en la red de escritores y lectores blogueros poco a poco. Ése fue uno de los motivos por los que participé en tu concurso…

-¿En qué piensas o te inspiras a la hora de escribir un texto?

Normalmente siempre recupero vivencias personales, recuerdos y experiencias de todo tipo que han tenido cierta relevancia en mi vida para escribir mis textos, por lo que todos y cada uno de ellos llevan un pedacito de mí que puede leerse entre líneas. No obstante, prefiero no desvelar qué aspectos pertenecen a mi vida, pues me gusta jugar con la ambigüedad entre realidad y ficción de forma casi arbitraria. De esta forma, concibo todo lo que ocupa un espacio en mi memoria de forma poética y, a veces, incluso metafórica.

-¿Tienes alguna meta en el campo de la escritura?

Mi mayor meta, desde que tenía alrededor de doce años, ha sido ser escritora. Aunque ya considero que lo sea, me encantaría poder dedicarme profesionalmente a ello y ganar dinero con lo que piensa mi mente y transcriben mis dedos. No obstante, aunque no lo consiga, el camino que estoy recorriendo mientras persigo ese sueño puede llegar a ser incluso mucho más bonito que el fin.

-¿Has escrito algún libro, publicado (aunque sea en tu propio blog) alguna novela?

Escribí mi primer libro con catorce años y comencé a publicarlo por capítulos en un blog que, por desgracia, dejé abandonado y más tarde lo eliminé. No he vuelto a publicarlo, pues no me siento muy satisfecha con el resultado. No obstante, le tengo cierto cariño al ser mi primera aventura a lo grande con la escritura y, además, en él se puede apreciar cómo ha mejorado y evolucionado mi forma de escribir.

Se titula Con el dedo en el gatillo, y es una novela de aventura y suspense, sobre una chica de familia acomodad que descubre los problemas en los que está metido su hermano mayor por culpa de las drogas. Un día, en un intento por descubrir la verdad y poder ayudarle, le sigue a una reunión con quien parece ser su camello, cuando es descubierta y retenida por él y los de su banda. Para ayudar a su hermano, primero tendrá que ayudarse a sí misma.

-¿Cambió tu vida o empezaste a ver tu vida diferente desde que entraste a este pequeño mundo?

Quizá no mi vida, pero sí mi forma de ser. Lo cierto es que desde siempre me he visto a mi misma de una forma especial, con una sensibilidad especial para la escritura y, en general, el arte. Me considero suficientemente honesta como para no llamarlo un don, pero sí una bonita afición que me gustaría transformar en una profesión.

Empecé a escribir cuentos siendo aún una niña, inspirada por las historias de dragones, brujas y princesas que veía en las películas o que me contaban antes de dormir. Me gusta pensar en ello como una divertida habilidad para transformar el bolígrafo en una especie de barita mágica que hace mis deseos realidad, al menos sobre el papel.

-¿Qué piensas del blog del concurso -Nenna Unocuatro-?

Pienso que es una iniciativa estupenda para dar a conocer nuevos blogueros y blogueras que comparten todos una misma afición: la escritura. Estoy muy contenta de haber podido participar en él, y ganar ha sido toda una alegría, pero también me alegra mucho encontrarme con tanta gente que cuida y mima su blog con bonitas historias cada día. Me encantaría participar en más concursos pues, ganando o no, es una forma estupenda de pasar el rato creando. Por ello, te doy las gracias por la oportunidad que nos das a todos en tu bonito blog.

-¿Algo que decir a los lectores?

Lo primero de todo, las gracias por dedicar un trocito de su tiempo a leer todo lo que sale de nuestras cabecitas y queremos compartir con ellos en nuestros blogs. Esté pensado para nosotros mismos o para ellos, siempre es un placer recibir comentarios y críticas en el blog, pues de eso se alimentan estos pequeños espacios de la red.

En segundo lugar, os invito a seguir viniendo a mi blog y a todos los de los participantes del concurso, pues todos tenemos grandes historias que ofreceros y sólo son valiosas cuando las compartimos con vosotros.