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domingo, 2 de marzo de 2014

A propósito de "Olvídate de mí"

How happy is the blameless vestal's lot!
The world forgetting, by the world forgot.
Eternal sunshine of the spotless mind!
Each pray'r accepted, and each wish resign'd
Alexander Pope "Eloisa to Abelard"

Cuanto más duele un recuerdo, más intenso es el sabor de la comida, más fría la brisa marina, más cegadora, bella y durmiente la nieve sobre la colina. Olvidar es de débiles, como soñar y no despertar jamás. Los recuerdos escuecen, pican, lloran, pero vivimos sólo para recordar. Nietzsche ha muerto y lo superamos. Podremos vivir estando locos o cuerdos, pero jamás podremos dejar la música, la pintura, la comedia, el melodrama de la vida. Compadezcámonos de los que perdieron su último aliento, sin derrochar el nuestro. Subimos un día las escaleras del infierno y descendimos del paraíso para quedarnos justo en el medio. 

lunes, 4 de noviembre de 2013

El Retiro

Cuenta la leyenda que una vez hace no tanto tiempo, en la capital de nuestra tierra, un sabio erudito decidió compartir con el mundo todo su conocimiento. Para ello,  escondió 30.000 libros de su más preciada colección, que quedaron repartidos por los rincones más bellos de la ciudad. El mayor deseo del sabio anciano no era otro que dejar que la imaginación, la creatividad y la originalidad de aquellos libros inundaran los espíritus de sus afortunados lectores, los cuales deberían devolverlos a su escondite para que otro nuevo lector los encontrara. Todavía hoy son muchos los afortunados que se inspiran en esos retales de papel que deambulan por Madrid y yo, quiero ser una de ellos…

Sin más dilaciones y sin pensármelo dos veces, me puse en camino de la búsqueda de esos tesoros de papel escondidos en los rincones de la ciudad. Previamente ya había estado reflexionando sobre el lugar más propicio para encontrar alguna reliquia literaria. No me llevó mucho, apenas unas dos horas de cavilaciones y una de “Google Maps”, para escoger mi destino. A decir verdad, me dejé llevar por las recomendaciones de familiares y amigos, de esos que son “el amigo del amigo de mi amigo”, que afirmó encontrar una vez un libro escondido en tal o cual lugar.  Nunca he sido de dejarme llevar por habladurías , y mucho menos de fiarme de fuentes poco fidedignas, pero en esta ocasión la excepción se hizo regla y me aconsejó que tenía bastante más que ganar de lo que podía perder.

Como decía, las recomendaciones me sacaron el billete de ida (sin vuelta, para darle más emoción al asunto) hacia lo que parecía ser un blanco fácil, un trabajo de campo que sería capaz de despachar en, como mucho, un par de horas. El lugar de mis exploraciones literarias no era otro que el Parque de los Parques Madrileños, el preferido por hijos, padres, abuelos y veraneantes, el Retiro. Este idilio de senderos  teñidos de esmeralda y ocre prometía albergar en sus rincones, más o menos accesibles, las evidencias de que lo de los libros escondidos no era una mera leyenda urbana. Por ello, entusiasmada e ilusionada cual niña con zapatos nuevos, salí atropelladamente de casa en busca de los cálices de letras.

Tal fue el viaje que recorrió mi imaginación por las páginas de aquellos libros que estaban esperándome, que no fui consciente de los preparativos básicos que requería mi expedición. O lo que es lo mismo, que no conté con la previsión meteorológica que predice y predica el refrán: En abril, aguas mil. Y así marché, con sayo, pero sin paraguas, consciente únicamente de llevar conmigo el Metrobús y una bolsa para resguardar mis pequeños hallazgos. Por más que el cielo encapotado me advertía, ni mis oídos -entretenidos con canciones para la ocasión- ni mis ojos soñolientos, quisieron escuchar ni ver el furor de los millones de gotas que se estaban agolpando en las nubes, preparándose para precipitarse tras oír la señal.

Veinte minutos de metro y un transbordo me mantuvieron en la ignorancia de lo que se estaba cociendo afuera. Cuando el vagón me llevó a mi destino, la humedad que empezó a colarse por mi nariz  a la salida del metro anunciaba mi gran error. Millones de gotas suicidándose contra el frío suelo fue lo que me encontré en aquél inhóspito parque, que en otros tiempos fuera más agradable. Ni un alma quedaba en sus avenidas, y las pocas que había, acudían desesperadas al inframundo del que yo acababa de salir. Con ese panorama, tenía dos opciones: o me volvía con el rabo entre las piernas y aplazaba la expedición, o desperezaba a mis defensas y terminaba lo que no debería haber empezado un 28 de abril.


Escogí el segundo plato, con la esperanza de que las nubes tuviesen compasión y me dejasen hacer. Sin rumbo aparente, comencé a hundir mis pies en la tierra mojada, en busca de un camino asfaltado cuyos senderos me condujeran lo antes posible a los libros perdidos. Aunque mis esperanzas no decaían, mi ánimo sí que lo hacía, y a una velocidad estrepitosa. Por fortuna, mis rezos al Dios Gota fueron escuchados y, aunque continuó gris como el cabello de una anciana, el cielo decidió darme una tregua, eso sí, de media hora. Sin embargo, ello no ayudo a mi fortuna, pues tras una nueva hora de búsqueda por bancos, raíces y monumentos mojados, volví a casa con las manos tan vacías como cuando salí, solo que un poco más húmedas. 

martes, 22 de octubre de 2013

3, 2, 1, acción

Es impresionante el papel que puede llegar a protagonizar la música en las películas co-dirigidas por el subconsciente y la conciencia del aburrimiento, que asoma descontroladamente en los fines de semana antuerpienses. En un intento de mitigar el quejido chirriante de las agujas del reloj, adormecidas por el compás insonoro de la lluvia, dos amigas deciden salir con lo puesto a atropellar peatones con sus bicis recién estrenadas o, mejor dicho, prestadas. 

Mi escena favorita es un plano-secuencia del paseo pedaleado por la Meir, la gran avenida de galerías comerciales y extravagantes maniquís que custodian las puertas de la ciudad cuando cae la noche, es decir, desde las seis de la tarde. A medida que avanzan por ella, se escucha una suave melodía desafinada en la boca de cuatro músicos callejeros que deslizan sus pies por las baldosas, contoneándose al ritmo de los Beatles. Es el clímax del corto, cuando las dos dibujan los trazos de su camino con la rueda trasera de las bicis, el pelo apartado de la cara gracias a la amabilidad del viento y los oídos deleitados con las notas de Misery. No es, ni mucho menos, la banda sonora de su película, sino esa canción que despega los dedos del suelo y les hace martillearlo. Minutos después, la melodía se apaga suavemente. Despedida por la distancia, será recordada siempre por una sonrisa fotografiada.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Conciencia de segunda mano


Ahí estás tú, sola frente al mundo, luchando contra los monstruos del armario que tu cabeza visita noche tras noche. Mascullas algo ininteligible, fingiendo una sonrisa prefabricada para simular que todo está como siempre ha estado, pero ya no puedes mentirte más, has alcanzado tu tope. Aprieta con más fuerza tus manos sobre tus sienes; quiero saber cuánto eres capaz de soportar la imaginaria soledad de la que te has rodeado. Construyes tu escudo a base de problemas y, encima, el sexo te ha dejado tan ciega que ya no ves que, a su lado, no tienes ninguno. Salta sobre los charcos de tus ojos, deja que salga todo, y nunca más le abras la puerta al miedo.

lunes, 13 de agosto de 2012

Drugs

Las mejores drogas que el ser humano puede consumir son ciertas personas; ácidas como la ponzoña de una serpiente, abrasadoras como el deseo de experimentar sus efectos, nos atraen con su envoltorio adornado por una mirada desafiante y sonrisas que constituyen todo un auténtico reto.

Se trata de seres enigmáticos, con una personalidad hipnótica y grandes dotes carismáticas. Sus secretos son nuestro límite, y sus besos tienen el sabor de una calada a medianoche. El eco de sus voces resuena en nuestras mentes como el giro del mechero sobre la mesa. Somos adictos a sus movimientos, como el tiempo lo es al baile de las manecillas del reloj. 

Sus rostros permanecen anclados en nuestras memorias, siendo una dosis letal, un coma empírico, una romántica alucinación, un recuerdo, en definitiva, imborrable. 

miércoles, 18 de julio de 2012

Reflejos

Los recuerdos son reflejos de la memoria, que se proyectan a gran velocidad sobre un escaparate adornado por los ojos. Son percepciones efímeras de un pasado más o menos reciente, pero latente. Tal es su presencia, que en más de una ocasión nos aferramos a ellos, revolviendo en el cajón desordenado e inexplorado que mantenemos con polvo, para después seleccionar uno a dedo y contemplarlo por unos instantes antes de que vuelva a su escondrijo. Sin embargo, no siempre los rescatamos de forma consciente, sino que la mayor parte de esos reflejos proviene de un olor, un objeto especial, una persona, e incluso, un sueño, pero como dijo Calderón, los sueños, sueños son.