lunes, 10 de marzo de 2014

Reencuentro

Fuente: chuecashore

¿Quién dijo que el tiempo corre,
y nos quita la nostalgia,
y nos quita lo vivido
y nos borra la esperanza?

Después de seis meses compartiendo momentazos y depresiones de caballo veinticuatro horas al día y siete días a la semana, se hace verdaderamente difícil volver a acostumbrarse a la rutina de la vida real, pero una vez que aterrizas para no volver te das cuenta de que ese paréntesis que ha sido el Erasmus se ha acabado. Y comienzan los lloros, las pataletas y la ira contra el mundo cruel que te ha arrebatado los mejores meses de tu juventud. Aunque el Erasmus también quita cosas, años de vida concretamente, aporta muchas otras que no tienen precio. Las amistades son, sin duda, una de las más preciadas, pero a mi especialmente me gusta esa nueva visión del mundo, esa compuerta recién abierta que llena de luz mi cabeza. Esas ganas de conocer gente, de salir, de entrar, de viajar, de ver, escuchar y vivir, pero sobre todo, de reencontrar.

domingo, 9 de marzo de 2014

Mensaje en una botella para mi suegra

Una horrible jaqueca se había instalado en lo más profundo de mi olvidadizo cerebro, desde las seis y media de la mañana, tras el ensordecedor alarido del despertador. Con una fuerza sobrehumana arrastré mi cadáver hasta la ducha y lo empapé con agua gélida para borrar todo rastro de resaca ante el impertinente de mi jefe. Con la ayuda de un par de analgésicos las ocho horas de penitencia en mi minúsculo cubículo gris se pasaron más rápido de lo que  me esperaba, por lo que llegué a casa con la mayor de mis sonrisas improvisadas. Atravesé el porche con tres zancadas y me abandoné en los cojines del sofá, tras besar a María en la frente. “Estaba deleitándome con un vino de Navarra cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo: es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo”. Antes de que pudiera articular palabra, me encontré sujetando con pulso tembloroso el inalámbrico.

La noche anterior, tras un soporífero día encerrado en la oficina, me las arreglé para liar a Díaz y llevarle a tomar un par de vinitos. A la segunda botella llamé a Sara, la vecinita de mi suegra, pero no contestó. Ocho intentos fallidos más tarde, se me ocurrió la brillante idea de dejarle un detallito en la puerta, así que cogí una de las botellas recién descorchadas y escribí en una servilleta la declaración de intenciones más romántica e indecente que se me pudo ocurrir, con tal mala suerte de que al llegar al descansillo de su puerta, entre el traspiés del último escalón, la bombilla fundida y las copitas de más que llevaba, confundí A con B y dejé la botella en el felpudo de mi suegra.

Este es un microrrelato para el concurso que organiza www.turismodevino.com

jueves, 6 de marzo de 2014

Cuartito arriba

¡Ay, la gotita! La puñetera y placentera gotita que nace en tus cabellos despeinados, sin avisar, sin esperar al agua bendita del bidón, ni al reconfortante roce de la minúscula toalla que rescataste del cajón. Esa gotita que nace, crece y se reproduce al minuto ocho cuando rompes a sudar y sus amigas se acomodan en tus hombros, tu pecho, tu barbilla, tus pulgares y los huequecillos entre falange y falange. Las más débiles, las que no aguantan media vuelta arriba, acaban por suicidarse saltando del quinto piso de tu frente hasta empotrarse contra la bicicleta o el suelo. Las fuertes hacen piña en tus cabellos empapados, pegados al cerebro por la fuerza magnética que ejerce la música sobre tu cuerpo. Y tratas de espantarlas con la toalla, con la mano, con media vuelta abajo si hace falta, pero no hay manera. La gotita, esa que lo empezó todo, comienza su descenso infinito, de la nuca al sillín, pasando incómodamente por el surco de tu espalda, en una caída lenta y dolorosa que no termina nunca. Sube y baja, con cada pedaleo, con cada vuelta de rueda hasta que, ocho canciones más tarde, al fin logras deshacerte de ella. Disuelves el cuerpo con el agua ardiente de la ducha y desapareces de la escena del crimen, hasta el día siguiente. ¡Ay, la gotita!

miércoles, 5 de marzo de 2014

La vida perfecta

Desde que tenemos uso de razón, nos han estado lavando el cerebro con toallitas Kandoo para conducir al rebaño entero en la misma dirección. Con dibujos bien sencillos basados en el palo y el "redondo", han llenado nuestras cabezas de parvulario con imágenes de los deseos materiales, metas y aspiraciones que todos, como ciudadanos de la frontera, debemos tener. 

Por desgracia, ha sido bastante fácil; salvo algún pobre creativo etiquetado como edípico por los totalitaristas defensores de Freud, la mayoría aprendimos, dibujando, que la sagrada institución de la familia quedaba reducida al papá, la mamá y a "nosotros", con o sin hermano de penalti; que el sentido diario de la rutina era estudiar bajo el dominio de la LGE, la LOECE, la LODE, la LOGSE, la LOPEG, la LOCE, la LOE y la LOMCE para aspirar a un trabajo, una hipoteca y una casa de cuatro palos con tejado rojo y arbolito en la entrada; que debemos llenar la otra mitad de la cama con nuestra media naranja para exprimirla, amarla y conservarla hasta el final de sus días; que cada mochuelo a su olivo y sin rechistar, a ejercer el "derecho a permanecer en silencio".

Por suerte, en el mundo tiene que haber de todo, y lo hay. Tenemos todo un elenco de estereotipos que se pasan los prejuicios por el forro de la conciencia y saltan la valla no en busca de liberté, egalité y fraternité,  sino de dignidad, respeto y el derecho a ser dejado en paz, defendido en su día por Warren y Brandeis (los Wisin y Yandel del siglo XIX), dos que sabían que para ser democráticos, políticamente correctos y, al fin, felices, no hay que lamerle el culo a nadie.