martes, 18 de marzo de 2014

Más vale amigo en mano que ciento volando

A la familia no tenemos la suerte de elegirla, pero a los amigos sí, gracias a Dios, y eso que soy atea (o indecisa, según como se mire), así que si tienes un amigo que valga la pena, consérvalo, y no es un mensaje de la Dirección General de Tráfico, pero debería. 

Desconozco al listo que triunfó con lo de que "el perro es el mejor amigo del hombre" -y que conste que soy muy animal lover, sobre todo de los gatos- pero a mí los únicos que me escuchan cuando he tenido un día de perros, de esos en los que me pasearía por mi barrio con cuchillo jamonero en mano, o quienes me consuelan cuando lo veo todo negro, tienen pelo, pero no tanto. 

Y sí, los cuento con los dedos de una mano, cosa que, por otro lado, a mi coche y a mí nos viene de perlas cuando tenemos que llevarles a algún lado, pero más vale la calidad que la cantidad (sin malpensar, guarrillos). No obstante, cierto es que hay que tener amigos hasta en el infierno, pues multiplicar los contactos de Facebook puede sacarnos de algún que otro apuro en más de una ocasión. Supongo que de ahí viene mi renovado interés por conocer gente nueva, especialmente si son guiris, que tengo que mejorar mi spanglish. 

En cualquier caso, orgullosa y satisfecha me siento con los que tengo, que me valen tanto para hablar inglés como para pedir otra ronda de chupitos. A todos ellos les digo que hay un amigo en mí.



lunes, 17 de marzo de 2014

La historia de mi pelo

Durante una crisis existencial, profesional y/o personal, algunos acuden al abrigo de familiares y amigos, a los consejos de Yahoo o incluso a ayuda profesional y cualificada si el trauma se resiste al paso del tiempo y de los chupitos. Yo, en cambio, me corto el pelo. 

En consecuencia, la historia de mi vida  pelo es corta, pero intensa. A veces incluso cíclica como dicen los expertos en moda, y últimamente extremadamente rentable. Y es que recibir dinero a cambio de un nuevo corte y tinte es la mejor forma de llenar el suelo de mechones llorosos. Los echaré de menos, tal vez. Hoy no, aunque quizá mañana me despierte llorando, como alguna de las modelos que, ante la atónita mirada de los peluqueros, han abandonado el escenario hechas un mar de lágrimas por no haber podido darle la extremaunción a sus cabellos.

Al final, casi cambio más de peinado que de bragas. Llegaría a tal extremo si mi pelo creciese a suficiente velocidad, y eso que no me puedo quejar, para chasco de todos aquellos (y cuando digo todos, es literalmente todos) que dicen que estoy muchísimo más guapa con el pelo corto que largo. Pues ahora toca estar guapa de nuevo. 

domingo, 16 de marzo de 2014

Qué malo es hacerse mayor

Y qué de gente quiere pegarme por quejarme del paso del tiempo con veinte primaveras a mis espaldas, pero es indiscutible el irrefrenable proceso de cambios que han estado redecorando mi cerebro con el paso de los años. Como todo cambio, no es algo que se note día tras día, ni mucho menos, sino que te despiertas una mañana con más ojeras, más pelo y menos espinillas y con un recién adquirido gusto por todos esos sabores que siempre aborreciste. Ahora, que no falte un vinito por la noche, el cafetito después de comer, ni un par de cervecitas con el aperitivo. 

Te cambia la forma de vestir, de peinarte, incluso de caminar. Desfilas con más gracia y confianza por las pasarelas de Fuencarral y Malasaña. Dejas un poco más de lado esos garitos llenos hasta los topes en busca de cafés alternativos con gafapastas interesantes y libros de autor. Pero al final, mucho indie y pocas nueces. 

La gotita que colma el vaso llega cuando, de paseíto por el retiro, te dedicas a criticar a todo grupo de adolescentes (osea sé, todos los que tienen menos de veinte años, porque tú, con 20 o 21, ya no eres ni adulto ni adolescente, sino un ser incomprendido castigado por los roles arbitrariamente repartidos por la sociedad). Ahí si que te sientes viejo, que no mayor, y tu único consuelo es mezclarte entre los gafapastas de Malasaña pensando que aún te quedan 9 o 10 añitos para pedirte un orujo de hierbas después de comer.

Si te ha gustado, también te gustará La crisis de los 20

miércoles, 12 de marzo de 2014

Caos de vida

Efectivamente, como dicen los señores de Tuenti, este caos de vida agota, y la musiquilla de su último anuncio también, y mucho. Tanto que siento un magnetismo feroz hacia el mando de la televisión para cambiar rauda y veloz de cadena, o al menos, si el programa merece la espera, bajar el volumen de los anuncios que me gritan desde el plasma. ¿Qué les pasa a los anunciantes, que ya solo consiguen molestar (pero en el mal sentido, no como lo entiende el gurú Risto Mejide)? 

Me da la amarga y desagradable sensación de que estamos faltos de ideas, y me incluyo no como anunciante, aunque en su día me planteé combinar periodismo con publicidad, sino como creadora, como portadora de un cerebro emprendedor que se ha quedado a medio camino. Últimamente sólo una idea ronda los bordes de mi cerebelo, y es la confusa sensación de que está todo inventado, por eso tenemos que ver los orígenes de 300, sufrir versiones en acústico de los hits que vomita la radio y recuperar la moda del año del pedo. 

Caos, efectivamente, es la palabra idónea que satura los mensajes publicitarios, los iconos, los símbolos y hasta las infinitas señales de tráfico de las que sólo hemos sido capaces de recordar el ceda y el stop (y algunos ni eso). En definitiva, estamos infoxicados, como le encanta gritar a mis profesores, trayendo a colación teorías que ni ellos mismos entienden para rellenar sus tres horas de monólogo universitario. 

Y como prueba, un botón: 


lunes, 10 de marzo de 2014

Reencuentro

Fuente: chuecashore

¿Quién dijo que el tiempo corre,
y nos quita la nostalgia,
y nos quita lo vivido
y nos borra la esperanza?

Después de seis meses compartiendo momentazos y depresiones de caballo veinticuatro horas al día y siete días a la semana, se hace verdaderamente difícil volver a acostumbrarse a la rutina de la vida real, pero una vez que aterrizas para no volver te das cuenta de que ese paréntesis que ha sido el Erasmus se ha acabado. Y comienzan los lloros, las pataletas y la ira contra el mundo cruel que te ha arrebatado los mejores meses de tu juventud. Aunque el Erasmus también quita cosas, años de vida concretamente, aporta muchas otras que no tienen precio. Las amistades son, sin duda, una de las más preciadas, pero a mi especialmente me gusta esa nueva visión del mundo, esa compuerta recién abierta que llena de luz mi cabeza. Esas ganas de conocer gente, de salir, de entrar, de viajar, de ver, escuchar y vivir, pero sobre todo, de reencontrar.

domingo, 9 de marzo de 2014

Mensaje en una botella para mi suegra

Una horrible jaqueca se había instalado en lo más profundo de mi olvidadizo cerebro, desde las seis y media de la mañana, tras el ensordecedor alarido del despertador. Con una fuerza sobrehumana arrastré mi cadáver hasta la ducha y lo empapé con agua gélida para borrar todo rastro de resaca ante el impertinente de mi jefe. Con la ayuda de un par de analgésicos las ocho horas de penitencia en mi minúsculo cubículo gris se pasaron más rápido de lo que  me esperaba, por lo que llegué a casa con la mayor de mis sonrisas improvisadas. Atravesé el porche con tres zancadas y me abandoné en los cojines del sofá, tras besar a María en la frente. “Estaba deleitándome con un vino de Navarra cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo: es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo”. Antes de que pudiera articular palabra, me encontré sujetando con pulso tembloroso el inalámbrico.

La noche anterior, tras un soporífero día encerrado en la oficina, me las arreglé para liar a Díaz y llevarle a tomar un par de vinitos. A la segunda botella llamé a Sara, la vecinita de mi suegra, pero no contestó. Ocho intentos fallidos más tarde, se me ocurrió la brillante idea de dejarle un detallito en la puerta, así que cogí una de las botellas recién descorchadas y escribí en una servilleta la declaración de intenciones más romántica e indecente que se me pudo ocurrir, con tal mala suerte de que al llegar al descansillo de su puerta, entre el traspiés del último escalón, la bombilla fundida y las copitas de más que llevaba, confundí A con B y dejé la botella en el felpudo de mi suegra.

Este es un microrrelato para el concurso que organiza www.turismodevino.com

jueves, 6 de marzo de 2014

Cuartito arriba

¡Ay, la gotita! La puñetera y placentera gotita que nace en tus cabellos despeinados, sin avisar, sin esperar al agua bendita del bidón, ni al reconfortante roce de la minúscula toalla que rescataste del cajón. Esa gotita que nace, crece y se reproduce al minuto ocho cuando rompes a sudar y sus amigas se acomodan en tus hombros, tu pecho, tu barbilla, tus pulgares y los huequecillos entre falange y falange. Las más débiles, las que no aguantan media vuelta arriba, acaban por suicidarse saltando del quinto piso de tu frente hasta empotrarse contra la bicicleta o el suelo. Las fuertes hacen piña en tus cabellos empapados, pegados al cerebro por la fuerza magnética que ejerce la música sobre tu cuerpo. Y tratas de espantarlas con la toalla, con la mano, con media vuelta abajo si hace falta, pero no hay manera. La gotita, esa que lo empezó todo, comienza su descenso infinito, de la nuca al sillín, pasando incómodamente por el surco de tu espalda, en una caída lenta y dolorosa que no termina nunca. Sube y baja, con cada pedaleo, con cada vuelta de rueda hasta que, ocho canciones más tarde, al fin logras deshacerte de ella. Disuelves el cuerpo con el agua ardiente de la ducha y desapareces de la escena del crimen, hasta el día siguiente. ¡Ay, la gotita!

miércoles, 5 de marzo de 2014

La vida perfecta

Desde que tenemos uso de razón, nos han estado lavando el cerebro con toallitas Kandoo para conducir al rebaño entero en la misma dirección. Con dibujos bien sencillos basados en el palo y el "redondo", han llenado nuestras cabezas de parvulario con imágenes de los deseos materiales, metas y aspiraciones que todos, como ciudadanos de la frontera, debemos tener. 

Por desgracia, ha sido bastante fácil; salvo algún pobre creativo etiquetado como edípico por los totalitaristas defensores de Freud, la mayoría aprendimos, dibujando, que la sagrada institución de la familia quedaba reducida al papá, la mamá y a "nosotros", con o sin hermano de penalti; que el sentido diario de la rutina era estudiar bajo el dominio de la LGE, la LOECE, la LODE, la LOGSE, la LOPEG, la LOCE, la LOE y la LOMCE para aspirar a un trabajo, una hipoteca y una casa de cuatro palos con tejado rojo y arbolito en la entrada; que debemos llenar la otra mitad de la cama con nuestra media naranja para exprimirla, amarla y conservarla hasta el final de sus días; que cada mochuelo a su olivo y sin rechistar, a ejercer el "derecho a permanecer en silencio".

Por suerte, en el mundo tiene que haber de todo, y lo hay. Tenemos todo un elenco de estereotipos que se pasan los prejuicios por el forro de la conciencia y saltan la valla no en busca de liberté, egalité y fraternité,  sino de dignidad, respeto y el derecho a ser dejado en paz, defendido en su día por Warren y Brandeis (los Wisin y Yandel del siglo XIX), dos que sabían que para ser democráticos, políticamente correctos y, al fin, felices, no hay que lamerle el culo a nadie. 

martes, 4 de marzo de 2014

Million Dollar Mother

Que madre no hay más que una es, además de un hecho, un estamento elevado a la categoría de mandamiento por alguna abuelilla con todo el derecho y deber de hacerse respetar. Ahora bien, los problemas comienzan a escaparse por debajo de la alfombra cuando, además de madre, se te planta como amiga, hermana, psicóloga y entrenadora personal, para terminar de colmar el vaso. Y es que, gotita a gotita, con tan polifacética compañera, llega un momento en que el intercambio de roles induce a una confusión tal que una ya no sabe si acatar sin rechistar como hija, mandar a la mierda, pero con cariño, como amiga, discutir a "grito pelao" como hermana, pasar de la terapia como clienta o saltarse la última serie de abdominales, en detrimento del culo y la propia autoestima.

Lo más difícil, diría, no es encontrar la respuesta acertada a la pregunta trampa, evitando con gracia un revés de colleja, sino saber en qué momento, lugar y calleja se dirige a mí como una cosa o la otra. Visto desde fuera, debe parecerse a una de esas películas de bajo presupuesto en las que los protagonistas desempeñan ocho papeles distintos, buscando a la vez un golpe de gracia y un ahorro considerable a la hucha. 

Orgullosa me siento, sin lugar a dudas, de ser la hija que soy y tener la madre que tengo, menos cuando me machaca en el gimnasio sin compasión alguna subida a una bici sin ruedas que a ella le lleva de paseíto por la pradera y a mi por el camino de la amargura; o cuando salimos de fiesta y se calza unos taconazos de infarto siete pisos más altos que los míos y se pasea con gracia como si llevase unas Nike cantosas; o cuando se enfada, me reprende y me recuerda que ya me lo dijo.

Físicamente es mi hermana, mentalmente mi mejor amiga, pero cuando se enfada combina lo peor de una madre con el temperamento de la teniente O'Neil. Madre no hay más que una, y menos mal, todo sea dicho, pero a la que hay, habrá que devolverle todo el respeto, paciencia, cariño y amor que nos entrega. 

lunes, 3 de marzo de 2014

La máquina de escribir

Llevaba meses, años, una eternidad arrastrando los pies por las aceras grises, sucias y mojadas de su barrio. Siempre alrededor de las mismas manzanas, las mismas aceras, los mismos pasos de cebra desgastados por el incesante abucheo de la lluvia. Llovía y llovía y llovía, en sus ojos, en el cielo, en el baño. Las goteras de su cerebro le ensuciaban el pelo, dejando mechones lacios pegados a los lados de su pequeño rostro. Sólo los lunes se atrevía a recogérselos con un par de horquillas negras de los años en los que calzaba tutú y mallas sobre el escenario, dejando a la vista sus ojos vidriosos que intentaban sonreír, sin mucho éxito, en la consulta del Doctor Caligari. Como en la película, su mundo de luces y sombras se proyectaba sobre las paredes de aquél despacho. Jamás vio un diván ni cartulinas blancas con cuadros de Picasso, pero la  amenazante sensación  de estar perdiendo el tiempo allí sentada era ya familiar, algo que había sentido con todos y cada uno de los psicólogos de los últimos diez años. Caligari era despiadadamente inquisitivo, feroz y autoritario, pero le reconfortaba el repetitivo murmullo que escupía su lengua afilada. Hablaba más que escuchaba, perdiéndose en delirantes monólogos sobre el bien y el mal, orquestados por su lapicero de madera de pino y su libreta llena de garabatos.  Después de media hora de largas preguntas compuestas, yuxtapuestas y subordinadas cerradas con breves respuestas negativas, alargó su brazo huesudo y rasgó con sus largas uñas una hoja del recetario y, con una perfecta Lucida Caligraphy escribió su nombre y algún que otro apellido. Con cordialidad y una media sonrisa en su rostro chupado, le condujo hasta la puerta de su reino, deseándole una feliz semana libre de pensamientos incómodos, como a él le gustaba llamarlos. 

Al vigésimo tercer bote de ese nuevo y revolucionario antidepresivo de teletienda, se levantó con un ímpetu desconocido, dispuesta a ahorrarse hasta el último centavo en curar las heridas de su mente. Justo antes de quedarse sin blanca, aprovechó el primero de mes para dar un paseo hasta el abarrotado centro comercial en busca de una de esas modernas máquinas de escribir que ahora venían equipadas con más extras que su coche. Poco le preocupaba la pantalla retina, el wifi o el revolucionario USB 3.0, pues sólo buscaba un cacharro con teclado y un editor de texto que corrigiese sus faltas de ortografía. 

Al llegar a casa, corrió como una niña pequeña a por unas tijeras para cortar las protecciones de su nuevo amigo, nada de venas esta vez. Fuera las bolsitas de plástico, las bridas y los corchos anti-golpes, enchufó la máquina a la corriente y le dio vida. Su pequeño Frankenstein parpadeó, gruñó y abrió la boca enseñándole todos sus dientes, de la A a la Z. Con una sorprendente habilidad, fue golpeándolos uno a uno creando una amigable melodía que se traducía en palabras en los ojos del monstruito. Poco a poco, conforme iba cogiéndole el tranquillo, iba sintiéndose más animada, relajada. Abrió las persianas y las ventanas de par en par para ventilar su rencor y compró cubos nuevos para recoger el agua de su cabeza. Cuanto más escribía, más libre se sentía, libre de acuchillar a sus personajes con una coma. Amordazaba a su madre con una interrogación y aplastaba al Doctor Caligari  entre paréntesis. Historia tras historia, describía con infinito detalle los planes para deshacerse de sus frustraciones, miedos y temores, dejándolos aparte con un simple punto.

Reescribió la Biblia, se coronó protagonista de los molinos de viento y se condenó a la solitaria vida del escritor. No podía parar de escribir, pues temía que dejar su nueva terapia a medias la mataría definitivamente, irrevocablemente, indefinidamente. Fumaba día y noche, intercalando cada espacio con una calada de paz y amargura. Tras varios meses de colillas amontonadas en la esquina y decenas de libros escritos, empezó a chispear de nuevo. Había matado en sus historias a todos y cada uno de los esquizofrénicos que conocía, pero necesitaba seguir escribiendo, por el bien de sus cabellos casi secos. Así que dejó la máquina cargándose, arrastró sus viejas zapatillas de estar por casa hasta la cocina y cogió las tijeras de siempre para ir a dar un paseo, en busca de caras nuevas para ensangrentar sus historias. Punto final.

domingo, 2 de marzo de 2014

A propósito de "Olvídate de mí"

How happy is the blameless vestal's lot!
The world forgetting, by the world forgot.
Eternal sunshine of the spotless mind!
Each pray'r accepted, and each wish resign'd
Alexander Pope "Eloisa to Abelard"

Cuanto más duele un recuerdo, más intenso es el sabor de la comida, más fría la brisa marina, más cegadora, bella y durmiente la nieve sobre la colina. Olvidar es de débiles, como soñar y no despertar jamás. Los recuerdos escuecen, pican, lloran, pero vivimos sólo para recordar. Nietzsche ha muerto y lo superamos. Podremos vivir estando locos o cuerdos, pero jamás podremos dejar la música, la pintura, la comedia, el melodrama de la vida. Compadezcámonos de los que perdieron su último aliento, sin derrochar el nuestro. Subimos un día las escaleras del infierno y descendimos del paraíso para quedarnos justo en el medio. 

miércoles, 26 de febrero de 2014

Mentiras piadosas

Se conocieron al estilo americano, con el típico choque despistado y de improvisto, sólo que ella iba al volante conduciendo hacia el final de un estresante día, y él cruzaba el paso legalmente, con semáforo en verde y abuelilla de testigo. El cuasiatropello empezó con insultos, proseguidos de un par de cortes de mangas simultáneos, pero el cabreo inicial acabó por esfumarse, sustituido en su lugar por un continuo goteo de súplicas y disculpas. Ella estaba tan avergonzada y aturdida que confundió izquierda con derecha, el intermitente con el limpia y su propio nombre por el de alguna que otra chica de revista. Él aceptó con gusto sus disculpas y su número de teléfono, añadiéndolo hábilmente con un sólo dedo a su lista de contactos. Donde debería haber tecleado María escribió Sofía, y, por alguna razón desconocida por los designios del universo, en vez de corregirle, le invitó a subir al coche, que había alquilado para pasar unos días en Madrid, pero que, por algún motivo, se convirtió en su propio coche, desde hacía tres años. Mentira tras mentira, la vieja María, nueva Sofía, se veía enredada en una espiral viciosa que veía incapaz de controlar.

 Mentirosa y enamoradiza compulsiva, besaba por donde él pisaba, cubierta por un velo de engaños tejidos cariñosamente por el paso del tiempo. Sofía María nunca le invitó a su piso, por estar presuntamente hecho un desastre por las llamas que lo consumieron, fruto de un despiste de su compañera de piso con la sandwichera. Ni tenía tal aparato de teletienda ni alquilado un estudio en Moratalaz, pero él, embebido con sus cálidos ojos y sus inocentes sonrisas, se lo creía todo sin problemas. Pasó tanto tiempo que ella tuvo que abandonar el hotel por falta de liquidez e instalarse en su casa, a la espera de que el falso seguro y el falso perito determinaran la causa y la indemnización del falso incendio. Él, un niño pijo, resabiado y consentido, vivía aún en el lecho materno, pero el chalet era lo suficientemente espacioso como para dejar aire fresco a la parejita. Un mes, dos, tres meses de felicidad incontenible y maquillada, Sofía María se había acomodado tan bien a la vida de mentiras que había construido que, cuando él le propuso matrimonio, se le escapó sin pensarlo un no tan grande como el chalet de tres plantas. 

lunes, 24 de febrero de 2014

Amor platónico

Si se tratase del físico, sin duda alguna el lumbreras que le dio nombre a este bello sentimiento habría cambiado al filósofo griego por algún ser con mayor atractivo, como por ejemplo amor "georgeclooniano", sin ánimo de ofender al señor de la caverna. Aunque el mío es mucho menos comercial, representa más fielmente los principios del amor a primera vista, del flechazo, basado en la atracción física pero, ¿desde cuándo el concepto original del amor platónico se ha basado en la apariencia, en la cubierta, en la primera capa de la cebolla? 

El amor platónico le debe su nombre al filósofo ni más ni menos que por su transcendental teoría de las ideas, en la cual no es necesario profundizar para entender este hermoso y confuso sentimiento abstracto. Complejo y difícil como el arte expuesto en ARCO, este particular amor es espiritual, idílico y onírico. Es la admiración de una persona que a nuestros ojos es más valiente que el Cid Campeador, listo y, sobre todo, inalcanzable. Un aura de pureza y romanticismo les rodea y separa horas luz de nosotros y sólo nos los acerca en nuestras ensoñaciones. 

La teoría, como casi siempre, es fácil, sencilla y, en mayor o menor grado, comprensible. No obstante, en el arduo y polvoriento terreno de la práctica, ¿qué sucede cuando el escritor de x libro, el profesor de gimnasia o el cantante de rock descienden del mundo de las ideas platónico y se desean, se comparten, se consumen? ¿Se pervierte el amor platónico, perdiéndose la gracia, la inocencia, el cosquilleo involuntario, a la deriva de un pecado carnal y sediento? ¿Se pierde la admiración por nuestro Platón o nuestro Clooney una vez que lo hemos conquistado?

Amor. What else?

jueves, 20 de febrero de 2014

A cup of tea

Noche tras noche, acurrucada bajo la manta aterciopelada que se extendía con gracia sobre sus finas piernas como la cola de un infinito vestido de gala, se removía en el sofá hasta encontrar el hueco perfecto entre cojín y cojín. Agarraba firmemente con ambas manos una finísima taza de porcelana, fina como su autoestima, translúcida y frágil. La tacita, herencia de una bisabuela caduca, había sufrido el paso del tiempo y del té, pues cada noche una bolsita entraba y salía, entraba y salía, con el vaivén de sus dedos aferrados a la etiqueta que casi siempre acababa por esconderse en el fondo. Cucharas de plástico, desechables, sin glamour alguno, contrastaban con las flores del cerezo en primavera que algún artista había pintado con pulso de acero sobre la porcelana. Dos terrones de azúcar moreno, más morenos que los cabellos revueltos de la joven, se deshacían lentamente en lo más profundo de la diminuta taza, consumidos por el agua hirviendo y las especias de cada nueva bolsita de té. Cada diez minutos un pitido ensordecedor maullaba desde la cocina clamando auxilio. Entonces ella dejaba con delicadeza la tacita sobre una mesa de roble rescatada de la basura y corría de puntillas a por la tetera metálica, robusta y nueva que algún ser querido le había regalado por su último cumpleaños. De un cajón desastre sacaba una bolsita, o dos los días que se sentía estresada, y volvía por donde había venido para rellenar de nuevo la tacita. Después de sentarse en el hueco del sofá y arroparse con su vestido de terciopelo, se mojaba los labios con el suave aroma del té verde, el de jazmín o tal vez un nuevo sabor de eso que los entendidos llamaban rooibos. Con el carmín rosado en los bordes, la tacita volvía vacía a su sitio para descansar, hasta la noche siguiente. 

miércoles, 19 de febrero de 2014

Descripciones

A las tres y dos minutos entraron por la puerta Amanda y Mario. A la primera le lancé una mirada llena de odio y recelo, cuya respuesta fue la más absoluta indiferencia; al segundo le interrogué con la vista previo saludo mudo y gesticulado, a lo que hizo caso omiso. Ambos pasaron de largo a sus respectivos cuartos. Permanecí de pie en la entrada, al lado del ropero. Crucé el inmenso vestíbulo desnudo, prácticamente despoblado de vida salvo por el ficus que vigilaba la estancia desde la esquina. Tras dirigir una mirada al horizonte, coloreado con un tono celeste difuminado por trazos naranjas, fui a la cocina y saqué una bolsa de arroz congelado, de esos sofritos modernos que llevan verduras pasteurizadas y revenidas que se convierten en comestibles a los dos minutos de sartén. En realidad no tenía hambre, sólo la quería para ponérmela en la cabeza. 

Arrojé la bolsa sobre la encimera de mármol blanco con un saque de tenista, cerré la puerta de la nevera con el talón izquierdo y dirigí una instigadora mirada por cada rincón de la casa. Recorrí el segundo pasillo, el que daba al salón, sin poder evitar cruzarme con la asistenta amargada pero prudente, que me dirigió una mirada recelosa bajo dos arcos apenas perceptibles a los que hacía llamar cejas. Cuando ésta desapareció disimuladamente con el plumero entre las piernas, chorreando una hilera de polvo tras sus talones, me senté en el piano de cola y jugueteé con las teclas nerviosa, cual secretaria desquiciada con un portátil obsoleto y ruidoso, de esos que se calientan todo el rato y se ventilan poniendo un lapicerito en un lateral. A lo que escupía el piano no se le podía llamar música precisamente, pero igualmente enderecé la espalda y me comporté como una profesional estirando mis dedos al máximo como el cuello de una garza, golpeando con más y más fuerza cada tecla, mientras la bolsa de arroz se descongelaba en todas partes menos sobre mi cabeza.

Mario se asomó por el arco del salón y se acercó a mí con paso firme, mientras yo destrozaba las sinfonías que caprichosamente interpretaba, sin ton ni son. Se sentó a mi lado como bien pudo, pues no me moví ni un centímetro para hacerle hueco a ese culo de mentiroso que paseaba tan campante por mi casa. Al ritmo de mis notas suicidas, separó delicadamente un mechón deshilachado que colgaba de mi frente y deslizó sus dedos tras mi oreja, acercando al mismo tiempo su cabeza a la mía. Me besó en la frente con un orgullo fingido y se marchó sin articular palabra. Oí sus pasos al lo lejos, en el pasillo, en el descansillo de la escalera  de la entrada y luego, silencio. ¿Había cogido la pistola que tenía en su cuarto? La intriga me consumía lentamente por dentro, deshaciendo la cera de mis paredes estomacales consumidas por el fuego de la sorpresa. De cuatro en cuatro subí los peldaños de la escalera de caracol, perdiendo el aliento en cada escalón, pero mi prisa se esfumó en cuanto me encontré frente a su puerta. El pomo brillaba bajo la luz dorada de las lámparas que colgaban a cada lado de la puerta de roble. No se oía un alma, incluso dejé de escuchar mi propia respiración. Miré a mis espaldas con la mano agarrando firmemente el pomo helado. Los cuadros por delante de los que tantas veces había pasado me parecían nuevos, brillantes, vibrantes, con colores increíblemente vívidos y amenazantes. Unos tulipanes blancos y frescos, recién extirpados del suelo, descansaban en un jarrón de cristal de murano, que hacía de prisma ante la luz que se colaba por la ventana dibujando finas y puntiagudas formas de una belleza extrema, que señalaban descaradamente la puerta que se erguía frente a mis pies descalzos. Respiré, tragué el aire, lo expulsé, como si estuviese fumándome el ambiente de mentiras que se respiraba en mi casa y giré el pomo cuidadosamente. Cerré la puerta, abrí el cajón de la mesilla: la reluciente pistola negra no estaba.

martes, 18 de febrero de 2014

Lunes

Lunes. Se despierta inquieto, acelerado, con un sudor frío que empapa sus más oscuras pesadillas. Cada media hora, cada veinte minutos, cada diez. El goteo del reloj de arena descuenta sin piedad los minutos que le quedan antes de sacar un pie de sus sábanas mojadas. La noche avanza mientras se pelea con la almohada y, antes de que pueda darse cuenta, se acaba la paz de su oscuridad. Se levanta torpemente, a ciegas, cabizbajo, desnudo y tantea con la áspera palma de su mano derecha el gotelé en busca del interruptor. Con los ojos semicerrados y la luz encendida, brillante, dolorosa, se viste lo más rápido que puede. No se detiene a peinarse, no se lleva nada a la boca salvo una bocanada de aire gélido que termina por despertarle. 

Lunes. Sentado en el coche espera a que pasen las horas, sin prisa, vagabundeando por las aceras, las carreteras, las suelas de los idiotas que cruzan a la deriva. A lo lejos escucha unos tacones que apuñalan el asfalto con gracia, pero se desvanecen rápidamente en la niebla del ruido. Acaricia el volante con las yemas de los dedos, luego con la palma y después apoya ambos brazos sobre él, echando todo el peso del cuerpo hacia delante, descansando los ojos en el horizonte, en algún lugar en el que desearía estar pero al que nunca llega, no llega. 

Lunes. Se baja del coche con un portazo ensordecedor. No se ha movido, o tal vez sí, pero su cabeza se ha marchado llevándose todos los últimos pensamientos que había refugiados en ella. Pone los ojos en blanco, suspira, se sacude el cabello frenéticamente, se deja llevar por sus pasos frenéticos y descontrolados. Cinco, seis, siete vueltas a la manzana, pasea por delante de los mismos portales enrejados, encerrados, empotrados contra paredes gigantescas y heladas. La ciudad se le echa encima, pero está tan ciego que ni siquiera lo oye. 

Lunes.  Es de noche otra vez, pero ¿acaso se hizo de día? La persiana está bajada, las sábanas siguen mojadas y un montón de papeles desordenados se yergue amenazante sobre el escritorio de nogal. No ha derramado una sola gota de tinta ni ha escrito poemas ensangrentados que hablen de ella, pero sigue oyendo el vaivén de sus tacones que bailan el tango de sus recuerdos. Esconde su cabeza bajo la almohada, cubriéndose los oídos con fuerza, pero antes agarra el móvil para programar la alarma, cuando se da cuenta de que hoy es martes.

lunes, 17 de febrero de 2014

Desconexión

Hay veces que uno siente un repiqueteo en la espalda, un repentino dolor de cabeza, alguna vocecilla interna que pide un poco de calma, algo que ni unos minutos de sauna ni un par de velas parecen conseguir. A veces, la saturación es tal que nos vemos obligados a huir de la rutina, de las clases, de los coches, de la gente, de la vida y llenamos la maleta y el depósito con la esperanza de dejar nuestros demonios por el camino. Pero no se van, parece que se conocen el camino y nos siguen allá donde nos escondamos, en la montaña, en la nieve, en el agua. Subimos, bajamos, bebemos, pero nunca olvidamos y cuando nuestra escapada de fin de semana se esfuma, todo vuelve a la normalidad. 

Tres días más tarde, con la barba un poco más larga y el depósito vacío de nuevo, nada ha cambiado. La rutina sigue siendo igual de pesada y las fuerzas para combatirla cada vez menores. ¿Para qué sirven las escapadas de fin de semana si detrás siempre vendrá el lunes? 

miércoles, 12 de febrero de 2014

Madrid Maravilla

Nunca me he sentido del todo a gusto en esta España famélica y agonizante que nos toca vivir  en estos últimos tiempos, por lo que mi decisión y oportunidad de marcharme sacudió mis ideas y mi pelo con un soplo de aire fresco y un poquito más frío. Una bocanada de aire belga inundó mis pulmones cuando supe que mi destino erasmus sería Amberes. Hice la maleta en un santiamén y me marché a bailar flamenco, para chiste de muchos, y a mejorar el inglés, aunque a los ojos de nuestro maravilloso ministro José Ignacio Wert sólo quisiese pasarme belgas por la piedra y colocarme. 

Tras casi medio año fuera, mis recuerdos de la patria habían empezado a emborronarse, pero una inquietante y molesta nostalgia se había colado por debajo de la puerta de la residencia y, sin saber muy bien cómo, había encontrado un pequeño hueco entre las bragas colgando del corcho, el tocho de apuntes y el mocho del vecino. Y no sólo se había asentado en mi nueva vida, sino que se vino conmigo en la maleta de ochocientos mil kilos que casi no me entra en el avión. El resultado fue una alegría descomunal, que hacía mucho tiempo que no sentía, al llegar a mi ciudad favorita. Está sucia, descuidada y más mojada, pero el metro me recibió con las puertas abiertas y todos mis paisanos parecían sonreírme cuando me cruzaba en sus despistados caminos. 

Sentí mucha pena al volver y dejar atrás tantos momentazos y la gente con quienes los compartí, pero mi regreso era algo que tenía que ocurrir más tarde o más temprano, sobre todo ahora que los belgas nos echan de una patada en el culo si no encontramos curro. Deportaciones aparte, mi estancia allí no la cambio por nada, pero tampoco Madrid.

PD: Pincha en la imagen para ver a qué me refiero 


martes, 11 de febrero de 2014

El señor Estereotipo

En una asignatura de la carrera, de cuyo nombre no quiero acordarme, leí algo que escribió alguien acerca de los estereotipos. Ignoro completamente a qué fin respondía tal escrito y las razones por las cuales se me obligó a leerlo, pero las palabras que encontré entre esas páginas desordenadas y caóticas, escritas en la lengua de Shakespeare, me hicieron reflexionar sobre el mundo que me rodea y la visión que tenemos todos de él. 

Decía algo así como que los estereotipos son una construcción mental necesaria para entender el mundo, pues nuestro aprendizaje se reduce a la categorización de los objetos que percibimos. Dicho de otro modo, el estereotipo no es sino otro invento más del hombre, quizá del catálogo infinito de Thomas Alva Edison o de algún piltrafilla sin nombre que firmó con la A de anárquico y anónimo. Como casi todos los inventos humanos, se ha convertido en un instrumento social totalmente necesario y útil, según el autor del texto cuya cara y nombre desconozco. Así es como se explicaría porqué todos los niños pintan las casas con tejado triangular o porqué se piensa que todos los negros tienen un gran asunto entre las piernas, aunque quizás aquí más que de estereptipos se trate de una mera cuestión de estadística y matemática. 

Pongámonos en lo peor: si el estereotipo fuera una persona, sería el primo feo de Don Monopoly. Un señor gordo, con bigote también, gafas de pasta, corto de mente y sobrado del bajo del pantalón. Tosco, rudo, maleducado e ignorante, que ve la vida a través de sus anteojos con una mirada tan reducida y simplificadora como su conocimiento del mundo. Los chinos amarillos, los negros atléticos, los americanos ignorantes, las rubias tontas, las morenas malas, los hombres simples y las mujeres complicadas; así es cómo el señor Estereotipo nos vende la moto. Una vespino destartalada que tuvo sus días de gloria algún tiempo atrás, pero que se ha quedado obsoleta con el paso del tiempo, el florecimiento de la tecnología, el uso masivo de Internet y el acceso democrático a una conciencia colectiva que se alimenta de lo que ve, lo que oye, lo que vive y lo que siente, y un poco menos de lo que pretenden imponerle.

domingo, 9 de febrero de 2014

Veranito

Cuando de alguna boca despistada se escapa la palabra verano, los ojos prácticamente se nos salen de las cuencas y nuestros propios labios comienzan un baile frenético e incontenible, al tiempo que salivamos y relamemos hasta la última letra. Algunos hasta se remueven inquietos en sus asientos, como si un interruptor mágico escondido en la nuca acabase de hacer clic automáticamente; otros incluso rompen a sudar imaginándose bajo el abrigo del sol, achicharrados en la arena o meciéndose en la tumbona con un alcohol ligerito en la copa. 

El veranito se ha convertido en la única de razón de ser, actuar, trabajar y estudiar para todas y cada una de las personas que conozco, incluyéndome yo misma. En los días grises y lluviosos como hoy, mi mente se va a la deriva de la imaginación y la memoria, una mezcla fatal cuando tengo cosas pendientes que hacer, pues soy muy dada a los ejercicios mentales de visualización: un bikini nuevo, otro corte de pelo, una "jartá" de cervecitas en la terraza, una noche de tapas, días sin horarios, y sol, sobre todo, mucho sol.  

Normalmente es una especie de terapia, pero el problema llega cuando se convierte en nuestro único objetivo, herramienta de supervivencia anual y justificante de todas y cada una de nuestras acciones. ¿No estaremos dejando atrás grandes momentos en nuestra precipitada carrera hacia el verano?